Tema
para meditar
Elogio de los
Nacimientos
Luis
Fernández Cuervo*
En estos días navideños,
tengan, si no lo tienen ya, un Nacimiento en su
casa. Y no necesariamente una cosa complicada,
aparatosa, sino un Nacimiento sencillo, ingenuo,
con sus montañas de corcho o de papel y
sus figuritas de barro sobre el musgo, el
aserrín o la arena.
Trataré de explicarme por
qué.
Nadie puede ponerle puertas al campo. Por lo
tanto es imposible tratar de impedir que, en
estas fiestas entrañables, un
montón de slogans manoseados, objetos y
personajes admitidos como representativos -un
arbolito con luces, un vejete vestido de rojo
que dice jo, jo, etc.- recubran y casi oculten
lo que la Navidad es en realidad..
Se puede creer o no creer, pero esta fiesta
celebra esencialmente un hecho prodigioso, que
nadie, por mucha imaginación que tuviera,
podría haber inventado. Nos recuerda y
celebra que Dios se hizo hombre y habitó
entre nosotros. Nos propone, pues, un aparente
disparate lógico, una "contradictio in
términis", al presentarnos un niño
recién nacido en la más humilde de
las cunas -un pesebre- y nos dice que es Rey y
que creamos que ese todo necesitado es el
Todopoderoso; que el que cabe entre los brazos
amorosos de su madre es el Inmenso; que el que
acaba de nacer es el Eterno; que es perfecto
hombre y perfecto Dios al mismo tiempo; que
genéticamente no tiene padre humano y que
su madre que era virgen sigue siendo virgen
después del parto. Toda una serie de
"disparates", ¿no es cierto?. Pues no, no
es cierto, no son disparates.
Para el racionalista, para el
ultra-lógico, para el que está
orgulloso de su cultura, de su sabiduría,
de ser progresista e intelectualmente maduro,
todo eso es problemático, imposible, no
puede ser realidad.. Pero no es a ese tipo de
gente a la que se les anunció primero,
sino a unos simples pastores de ovejas, que
sí que creyeron. Y de alguna manera, eso
nos está dando la clave para que se
disuelva el problema y sus aparentes
contradicciones: es un Misterio. Es cosa de fe.
Y podremos creerlo si tenemos la fe grande y
fuerte, sin vacilaciones con que la gente
sencilla sabe creer. Ese indefenso Niño
lo confirmará más tarde, ya
Hombre, cuando diga: &emdash;Te doy gracias,
Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque ocultaste estas cosas a los sabios y
prudentes y las revelaste a los pequeños.
Sí, Padre, pues así fue tu
beneplácito (Lucas, 10,21).
Por eso yo no tengo nada en contra del
árbol de Navidad -en mi casa se pone uno
todos los años- ni contra un
mítico Santa Claus, Viejito Pascuero o
simplemente Santa, del cual yo mismo tengo
antecedentes penales de haberme disfrazado
algún año, con gran regocijo de
grandes y pequeños. No tengo nada en
contra, porque son parte del folklore, la
costumbre y el adorno humano y familiar de la
fiesta. Pero no creo en ellos.
No pienso igual de los Nacimientos, que
tienen una clara labor pedagógica para
los niños
y para los mayores. Los
humildes Nacimientos nos ponen en el centro de
la fiesta, delante del Misterio: el Niño
Dios. Y cuanto más ingenua e infantil sea
la hechura de ese Belén, mayormente
cumplirá su función, porque
así nos invita a mirarlo con ojos de
niño, a creer como creen los
niños, y a que nos demos cuenta de que
ante Dios, todos somos niños, por muchos
años, honores o títulos
académicos que pudiéramos
tener.
¿A quién se le podría
haber ocurrido celebrar la Navidad "inventando"
un Nacimiento, poniendo un Belén, sino al
"poverello" de Asís"? -A un
campeón de la humildad, de la sencillez y
de la pobreza como fue San Francisco de
Asís. ¡Tenía que ser a
él!, a quien Dios le inspirase esa idea
que creció y se extendió a lo
largo de la cristiandad y de los siglos hasta
nuestros días.
Ponga un Nacimiento en su hogar.
Móntelo con sus hijos y déjelos
que jueguen con él y le pregunten todo lo
que se les ocurra. Y cuando quiera descansar del
ajetreo, prisas y problemas de estas fechas,
trate de quedarse, a solas y en silencio, frente
al ingenuo Portal de Belén.
Contémplelo. Rece, si sabe rezar, y si
no, por lo menos reflexione ante el Niño
y las humildes figuras que le rodean, a ver
qué le dicen. No me confunda "problema"
con "misterio", son cosas muy distintas. Y no me
venga conque no es propio de hombres, o de gente
ilustrada, o de un cristianismo "adulto" creer
en estas cosas. Escuche lo que nos dice un
hombre santo de nuestro tiempo: Devoción
de Navidad. -No me sonrío cuando te veo
componer las montañas de corcho del
Nacimiento y colocar las ingenuas figuras de
barro alrededor del Portal. -Nunca me has
parecido más hombre que ahora, que
pareces un niño (Josemaría
Escrivá de Balaguer, "Camino", n.
557).
Han pasado los siglos y ya no es cosa
sólo de rudos pastores. Después de
los magos, muchos sabios, de Oriente y de
Occidente, del Norte y del Sur, han
creído y creen en esta misteriosa
realidad del Dios hecho hombre. Juan Pablo II,
sabio y niño, es un buen ejemplo de ellos
y hace que un Nacimiento esté bien
presente en estos días en la plaza del
Vaticano.
Ponga un Nacimiento en su casa y
mírelo. Contémplelo. Está
usted, siendo niño, muy niño, ante
un Misterio. Ante el Misterio más grande
que existe, un misterio que excede nuestra
capacidad de comprender, pero no de creer. Es un
Misterio de Amor, de Amor Eterno para nosotros
los hombres. Eso es la esencia, la
entraña de la Navidad.
E-mail: lfcuervo@tutopia.com
*Médico, profesor universitario y
columnista de El Diario de Hoy.