Lunes 18 de diciembre 2000


Tema para meditar

Elogio de los Nacimientos

Luis Fernández Cuervo*

En estos días navideños, tengan, si no lo tienen ya, un Nacimiento en su casa. Y no necesariamente una cosa complicada, aparatosa, sino un Nacimiento sencillo, ingenuo, con sus montañas de corcho o de papel y sus figuritas de barro sobre el musgo, el aserrín o la arena.

Trataré de explicarme por qué.

Nadie puede ponerle puertas al campo. Por lo tanto es imposible tratar de impedir que, en estas fiestas entrañables, un montón de slogans manoseados, objetos y personajes admitidos como representativos -un arbolito con luces, un vejete vestido de rojo que dice jo, jo, etc.- recubran y casi oculten lo que la Navidad es en realidad..

Se puede creer o no creer, pero esta fiesta celebra esencialmente un hecho prodigioso, que nadie, por mucha imaginación que tuviera, podría haber inventado. Nos recuerda y celebra que Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Nos propone, pues, un aparente disparate lógico, una "contradictio in términis", al presentarnos un niño recién nacido en la más humilde de las cunas -un pesebre- y nos dice que es Rey y que creamos que ese todo necesitado es el Todopoderoso; que el que cabe entre los brazos amorosos de su madre es el Inmenso; que el que acaba de nacer es el Eterno; que es perfecto hombre y perfecto Dios al mismo tiempo; que genéticamente no tiene padre humano y que su madre que era virgen sigue siendo virgen después del parto. Toda una serie de "disparates", ¿no es cierto?. Pues no, no es cierto, no son disparates.

Para el racionalista, para el ultra-lógico, para el que está orgulloso de su cultura, de su sabiduría, de ser progresista e intelectualmente maduro, todo eso es problemático, imposible, no puede ser realidad.. Pero no es a ese tipo de gente a la que se les anunció primero, sino a unos simples pastores de ovejas, que sí que creyeron. Y de alguna manera, eso nos está dando la clave para que se disuelva el problema y sus aparentes contradicciones: es un Misterio. Es cosa de fe. Y podremos creerlo si tenemos la fe grande y fuerte, sin vacilaciones con que la gente sencilla sabe creer. Ese indefenso Niño lo confirmará más tarde, ya Hombre, cuando diga: &emdash;Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito (Lucas, 10,21).

Por eso yo no tengo nada en contra del árbol de Navidad -en mi casa se pone uno todos los años- ni contra un mítico Santa Claus, Viejito Pascuero o simplemente Santa, del cual yo mismo tengo antecedentes penales de haberme disfrazado algún año, con gran regocijo de grandes y pequeños. No tengo nada en contra, porque son parte del folklore, la costumbre y el adorno humano y familiar de la fiesta. Pero no creo en ellos.

No pienso igual de los Nacimientos, que tienen una clara labor pedagógica para los niños… y para los mayores. Los humildes Nacimientos nos ponen en el centro de la fiesta, delante del Misterio: el Niño Dios. Y cuanto más ingenua e infantil sea la hechura de ese Belén, mayormente cumplirá su función, porque así nos invita a mirarlo con ojos de niño, a creer como creen los niños, y a que nos demos cuenta de que ante Dios, todos somos niños, por muchos años, honores o títulos académicos que pudiéramos tener.

¿A quién se le podría haber ocurrido celebrar la Navidad "inventando" un Nacimiento, poniendo un Belén, sino al "poverello" de Asís"? -A un campeón de la humildad, de la sencillez y de la pobreza como fue San Francisco de Asís. ¡Tenía que ser a él!, a quien Dios le inspirase esa idea que creció y se extendió a lo largo de la cristiandad y de los siglos hasta nuestros días.

Ponga un Nacimiento en su hogar. Móntelo con sus hijos y déjelos que jueguen con él y le pregunten todo lo que se les ocurra. Y cuando quiera descansar del ajetreo, prisas y problemas de estas fechas, trate de quedarse, a solas y en silencio, frente al ingenuo Portal de Belén. Contémplelo. Rece, si sabe rezar, y si no, por lo menos reflexione ante el Niño y las humildes figuras que le rodean, a ver qué le dicen. No me confunda "problema" con "misterio", son cosas muy distintas. Y no me venga conque no es propio de hombres, o de gente ilustrada, o de un cristianismo "adulto" creer en estas cosas. Escuche lo que nos dice un hombre santo de nuestro tiempo: Devoción de Navidad. -No me sonrío cuando te veo componer las montañas de corcho del Nacimiento y colocar las ingenuas figuras de barro alrededor del Portal. -Nunca me has parecido más hombre que ahora, que pareces un niño (Josemaría Escrivá de Balaguer, "Camino", n. 557).

Han pasado los siglos y ya no es cosa sólo de rudos pastores. Después de los magos, muchos sabios, de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur, han creído y creen en esta misteriosa realidad del Dios hecho hombre. Juan Pablo II, sabio y niño, es un buen ejemplo de ellos y hace que un Nacimiento esté bien presente en estos días en la plaza del Vaticano.

Ponga un Nacimiento en su casa y mírelo. Contémplelo. Está usted, siendo niño, muy niño, ante un Misterio. Ante el Misterio más grande que existe, un misterio que excede nuestra capacidad de comprender, pero no de creer. Es un Misterio de Amor, de Amor Eterno para nosotros los hombres. Eso es la esencia, la entraña de la Navidad.

E-mail: lfcuervo@tutopia.com

*Médico, profesor universitario y columnista de El Diario de Hoy.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Escenarios] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'00] [Portada] [Planeta Alternativo]

Copyright 1995 - 2000. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o
parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com