Lunes 18 de diciembre 2000


Opinando
¿Silbadores de tragedia o felicidad?
Rodolfo Chang Peña*

Desde principios de noviembre se empiezan a escuchar los cohetes, morteros y silbadores, que por cierto ya se convirtieron en el estigma de una nueva época del año, que huele a finalización de labores escolares, vacaciones, cursos de refuerzo académico, Navidad y Año Nuevo.

En las caras inocentes de los niños de 4 a 8 años se refleja la alegría y el candor cuando sus padres, tal vez de buena fe o para "quitárselos de encima", los llevan a comprar pólvora para "divertirse". Lástima grande que muchos de ellos terminan en los hospitales con quemaduras (27 quemados de enero a octubre, faltan los de noviembre y diciembre), algunas de ellas graves que les dejan secuelas para toda la vida. También son lamentables los incendios de coheterías, mercados y viviendas a causa de la pólvora, por más de advertencias que hagan los organismos humanitarios como la Cruz Roja. ¡Y es que al igual que con el dengue, cada quien interpreta las recomendaciones a su libre antojo!

Es obvio que como a los niños, por su edad y natural forma de ser, no se les puede exigir, toda la responsabilidad de las tragedias recae en la gente "grande" (padres, tíos, hermanos, abuelos, etc.). ¿Pero quién garantiza que la gente "grande" se comporta con ponderación mesura y están aptos para proteger, orientar y guiar a los niños en una sociedad alcohólica y violenta del post conflicto?

Es evidente que por ahora, el mal ya está hecho. La gente "grande" a base de malos ejemplos y conductas determinadas, ya introdujeron en las mentes de los niños toda una cultura caracterizada por conceptos que casi todo mundo considera una verdad absoluta o que no tienen ninguna discusión, tales como: "La alegría no está en la mente y corazón sino reside en el estrépito y el desorden", "el riesgo de quemarse es lo bonito de quemar pólvora", "el que no se arriesga es marica", "celebrar es hacer relajo" y "Navidad y Año Nuevo significan despedidas, ruido, humo, playas, burucas y comer y beber a lo loco".

Las "fiestas" de fin de año cobran invariablemente cada doce meses aproximadamente una macabra cuota de fallecidos y lesionados a causa principalmente de los accidentes de tránsito (la mayoría de los motoristas actúan como si enloqueciera y se sumergen en un corre corre sin precedentes), atracos y asaltos a mano armada, incendios, quemaduras por pólvora, intoxicaciones alimenticias y violencia intrafamiliar contra los niños y la mujer.

Nadie comprende por qué tiene que repetirse cada año este sacrificio innecesario de cientos de salvadoreños. Algunos hasta viajan de Los Ángeles a El Salvador para poder "gozar" con su familia, ya que en los Estados Unidos no les permiten hacer relajo y quemar pólvora. ¿Estarán perdiendo los salvadoreños el instinto natural de la conservación de la vida?

* Dr. en Medicina


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