- Analizando
- El hombre que
escribe
- Carlos
Adalberto Fonseca
Estamos
en la época de muchos escribidores o
malos escritores. Los que sin más
razón que la sinrazón de poder
hilvanar unas cuantas frases, se dedican a
embarronar vaguedades, tras vaguedades. Sin ton
ni son. Opinando sobre los más
disímiles tópicos; opinando sobre
todas las ciencias y pontificando acerca de
cualquier problema, con la audacia que da la
ignorancia. Eso sí. Como buenos
calculadores, escriben ambiguamente. Sin quedar
mal ni con Dios ni con el diablo.
Saben vivir usufructuando la benevolencia de
unos y otros. De los de izquierda, y de los de
derecha, nunca se arriesgan. Caballeros de
industria, cosechan la aquiescencia de moros y
cristianos. En otras palabras, saben actuar,
acomodándose hábilmente al momento
de que se trata.
Olvídanse estos personajes que
"tú hombre de pluma, que más que
nadie tienes obligación porque más
se exigirá a quien más se le ha
dado", debes orientar, guiar, encauzar.
Si meditaras qué triste oficio vives
con pasarte los días contando chismes,
hablando sin pensar, mixtificando las ideas y
desfigurando los sucesos, cuando tu
misión es ser "el guía, el faro,
la sal de la tierra... podrías
ayudar".
Contribuyendo a que El Salvador progrese y
sus hijos logren &emdash;a través del
trabajo&emdash; un estándar de vida
más aceptable, más vivible,
más humano. Porque no se trata
únicamente de escribir, se debe dar y
enviar un mensaje de bien, de enseñanza,
de apoyo y consuelo al prójimo. O sea que
la misión del periodista es grande por su
nobleza, divina por su intención, sublime
por su propósito.
El escritor debe ser quien con su pluma
señale derroteros, inicie elevados
proyectos, ilumine el camino correcto que
conduzca al progreso y al éxito. Pues
podría ser que sin percatarse de ello,
pierda su fantasía, su humanidad y
encamine a nuestro país a un
férreo materialismo que sólo
irá orientado hacia realizaciones de una
utilidad inmediata y tangible, lo que
arrojaría a la más horrenda de las
crisis jamás padecida aquí y en el
transcurso de la cual, habría de
entregarse a su propia destrucción, por
haber perdido el sentido de los verdaderos
valores.
Y es que "ninguna piedra falsa alcanzó
nunca a brillar con la perennidad de un
diamante".
* Dr. en Derecho.