Lunes 18 de diciembre 2000


Analizando
El hombre que escribe
Carlos Adalberto Fonseca

Estamos en la época de muchos escribidores o malos escritores. Los que sin más razón que la sinrazón de poder hilvanar unas cuantas frases, se dedican a embarronar vaguedades, tras vaguedades. Sin ton ni son. Opinando sobre los más disímiles tópicos; opinando sobre todas las ciencias y pontificando acerca de cualquier problema, con la audacia que da la ignorancia. Eso sí. Como buenos calculadores, escriben ambiguamente. Sin quedar mal ni con Dios ni con el diablo.

Saben vivir usufructuando la benevolencia de unos y otros. De los de izquierda, y de los de derecha, nunca se arriesgan. Caballeros de industria, cosechan la aquiescencia de moros y cristianos. En otras palabras, saben actuar, acomodándose hábilmente al momento de que se trata.

Olvídanse estos personajes que "tú hombre de pluma, que más que nadie tienes obligación porque más se exigirá a quien más se le ha dado", debes orientar, guiar, encauzar.

Si meditaras qué triste oficio vives con pasarte los días contando chismes, hablando sin pensar, mixtificando las ideas y desfigurando los sucesos, cuando tu misión es ser "el guía, el faro, la sal de la tierra... podrías ayudar".

Contribuyendo a que El Salvador progrese y sus hijos logren &emdash;a través del trabajo&emdash; un estándar de vida más aceptable, más vivible, más humano. Porque no se trata únicamente de escribir, se debe dar y enviar un mensaje de bien, de enseñanza, de apoyo y consuelo al prójimo. O sea que la misión del periodista es grande por su nobleza, divina por su intención, sublime por su propósito.

El escritor debe ser quien con su pluma señale derroteros, inicie elevados proyectos, ilumine el camino correcto que conduzca al progreso y al éxito. Pues podría ser que sin percatarse de ello, pierda su fantasía, su humanidad y encamine a nuestro país a un férreo materialismo que sólo irá orientado hacia realizaciones de una utilidad inmediata y tangible, lo que arrojaría a la más horrenda de las crisis jamás padecida aquí y en el transcurso de la cual, habría de entregarse a su propia destrucción, por haber perdido el sentido de los verdaderos valores.

Y es que "ninguna piedra falsa alcanzó nunca a brillar con la perennidad de un diamante".

* Dr. en Derecho.


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