- Tomando
la palabra
- Cultura y justicia
- Beatrice
Alamanni de Carrillo*
El
desarrollo de una nación se mide por su
cultura. Es entonces preocupante, que nuestro
país cultive la "incultura" con
ahínco, negándose a reconocer su
realidad, premiando la mediocridad (con la
salvedad, obviamente, de raras y excelentes
excepciones), conformándose con niveles
poco competitivos mundialmente,
engañándose a sí mismo y,
sobre todo, defraudando a las nuevas
generaciones, que no son responsables, sino
más bien serán próximamente
víctimas de esta tragedia.
Mucho (aunque nunca será demasiado) en
esta columna hemos tratado el tema, con dolor y
apasionamiento.
En los mensajes de lectores de distintas
edades y condiciones sociales, se percibe la
misma inquietud. Los jóvenes se sienten
defraudados por colegios y universidades, los
adultos experimentan, en carne propia, la falta
o la debilidad de las "herramientas" a su
alcance para progresar.
Mientras tanto, el mundo, cruelmente, nos
impone sus reglas del juego (que juego no es) en
todos los aspectos de nuestras vidas, en
especial en la economía y, en cierta
forma, también en el derecho y en la
administración de justicia con
métodos y modas foráneas,
así como en aspectos culturales,
superficiales, pragmáticos y
"técnicos" (pero de bajo nivel) que es lo
"requerido" por el mercado mundial, que opera al
interior de nuestras débiles
fronteras.
Los salvadoreños cada día somos
y seremos más indefensos, porque
tendremos menos posibilidades y capacidad
(siempre en la salvedad de las excepciones) de
discernir, analizar y evaluar la
situación individual, nacional e
internacional y, sobre todo, siempre menos
lograremos ser realmente competitivos,
amén de "llenar" plazas en maquilas y
trabajos pocos especializados.
En este entorno desalentador y que resulta
difícil contrarrestar, deberían
reforzarse, por lo menos, las profesiones
más estratégicas y vitales para el
país, como las relacionadas con la
justicia y la salud, por ser esenciales para la
sobrevivencia colectiva.
Para la medicina creo que "nos defendemos"
con una admirable tradición de galenos y
con nuevas generaciones, bastante esforzadas.
Las universidades (gracias a Dios, pocas, porque
la carrera es cara y escasamente rentable)
cumplen respetablemente con su tarea, mas para
las Facultades de Derecho, las cosas son muy
distintas.
Cada día, desde la distorsión y
el deterioro de la UES antes de la guerra y
después del nacimiento de demasiadas
universidades privadas (la mayoría "de
patio"), se ha venido considerando a la carrera
de derecho como "lo más barato y
rentable" para los dueños de los centros
de estudio y también para muchos alumnos,
que, engañosamente, han creído que
"estudiar leyes" (terrible expresión, que
resume trágicamente la pobreza de la
visión del derecho) significaría
"ganar para sobrevivir" desde las aulas
universitarias, litigando como "tinterillos" y,
aprendido tan "noble oficio", poder "vivir bien"
al servicio de "causas perdidas" e intereses
dudosos.
Los profesores de semejante carrera (siempre
con las debidas excepciones) son, en general, ex
alumnos muchas veces mediocres, convertidos por
arte de magia en "docentes", que compensan sus
bajos ingresos como abogados de poca clientela,
impartiendo "cualquier cosa" por horas de clases
mal pagadas.
Es inútil subrayar cuál imagen
proyectan a sus alumnos dichos "maestros" y
qué nivel de conocimientos le
transmitirán a los mismos.
El dicho muy expresivo: "¿Qué
querés por cinco?", desafortunadamente se
podría aplicar demasiado bien a la
enseñanza de la mayoría de las
escuelas de derecho del país (con las
debidas excepciones de siempre).
¿Qué podemos pretender, entonces,
para la justicia de El Salvador, cuando se basa
y sustenta desde aproximadamente dos
décadas o más, en universidades
mediocres y mercantilistas, profesores poco
cultos y poco éticos, entre una carencia
abrumadora de bibliotecas y con textos
jurídicos casi exclusivamente importados,
conteniendo conceptos foráneos e
inadecuados para nuestra realidad?
¿Qué "material humano"
constituyen los profesionales del derecho, que
provienen de dicho contexto, agravado por una
escuela primaria débil y un bachillerato
cada día más "corto" y
pragmático, que "producen" universitarios
inmaduros e impreparados, que provienen de
"colegios de patio" también?
El resultado de esta "mezcla explosiva" es el
actual profesional del derecho en general
(reiteramos la salvedad de las excepciones).
Tales "juristas" son los que actúan,
desde varios años en ámbitos muy
relevantes del quehacer nacional (y parece que
las cosas van para largo), ocupando puestos
claves en la empresa privada, plazas
gubernamentales, algunas importantes,
impartiendo la docencia, ejerciendo la
abogacía y la carrera
política.
Es evidente, entonces, el "riesgo" para la
sociedad salvadoreña, si el nivel y la
calidad de los mismos es mediocre o dudosa.
¿Qué decir, en especial, de la
administración de justicia y del
Ministerio Público?
Suenan cada día más deprimentes
e inadecuadas las recriminaciones
recíprocas y las justificaciones
tardías de los titulares de cada
institución, que después de 10
años de la finalización del
conflicto y después del triunfalismo
desmedido de la post-guerra, empiezan
sólo ahora a manifestar y a revelar
públicamente el gravísimo
deterioro de la justicia de nuestro país,
lo cual es, posiblemente, más
desestabilizador que la "misteriosa"
dolarización.
Roguémosle al Niño Dios, que en
esta Navidad le inspire a los titulares de
Educación y a los responsables del
sistema de Justicia, una "iluminación
divina", para que al fin, actúen cada uno
en su campo.
Que las facultades de Derecho empiecen a ser
fidedignas y respetables, con calidad y niveles
adecuados, para reducir drásticamente el
desmedido número de profesionales
mediocres y que la Corte promueva las necesarias
reformas para que ningún profesional del
derecho llegue a ser juramentado como "abogado",
"así no más", sin prácticas
exhaustivas y, sobre todo, sin un
severísimo y selectivo examen ante la
Corte Suprema.
Para los jueces se hablará
después