Cómo botar 45
millones
Hay dos caminos.
Por Carlos H.
Bruch
Uno,
el que tomó el gobierno anterior, del
señor Calderón Sol y su ministro
de Obras Públicas Roberto Bará, y
que tuvo que ver con la payasada (estrategia de
campaña para ganar votos, le llaman
algunos) de mandar a iluminar la carretera de
Comalapa habiendo otras prioridades; el otro, el
que siguieron los irresponsables magistrados de
la anterior directiva del Tribunal Supremo
Electoral, presidido por Jorge Díaz, y
que tuvo que ver con un fracasado proyecto,
adornado de pompa y demagogia barata, de poner
en práctica el voto residencial.
En el primer caso fueron 25 millones a los
que le salieron alitas; en el segundo, veinte.
Volaron. No hay más, fíjese que se
desaparecieron. Y como se trata de funcionarios
que están descansando en sus casas (no
sé hasta qué punto se los
permitirá su conciencia), entonces ya no
se puede hacer nada. ¡NA-DA!
Nada, porque sería demasiado trabajo
para la Corte de Cuentas y ¡Huy!,
¡Dios guarde!, cómo se le va a pedir
que rinda cuentas a un ex-presidente, amigo de
los amigos de los más amigos de los
allegados y sometidos al gran partido de
derecha. ¡Uy no, ni pensarlo! Tampoco se le
va a incomodar al gran señor, honorable
cacique de la tribu politiquera, ex presidente
del circo electoral. Imposible.
¡IM-PO-SI-BLE!
Es insultante para la ciudadanía, los
desenlaces que han tenido ambas historietas.
En el caso de las luminarias de Comalapa,
después del costoso desembolso, resulta
que las luces han estado apagadas desde el
tercer mes de su inauguración, porque
nadie se quiere echar el muerto de los gastos de
mantenimiento.
Respecto a los 20 millones del TSE, no basta
conque desvergonzadamente salga la nueva
magistratura diciendo que ya se perdió
ese dinero, sino que ahora quieren 121 millones
más. De ribete y con una actitud de
inocentes ovejitas, entierran el esfuerzo del
carnet electoral, argumentando que éste
no es seguro. ¿Inseguro para los procesos
eleccionarios o para el futuro retiro de los
magistrados?
Como sea, acordemos que aquí impera la
cultura de: hágase funcionario, juegue lo
más que pueda con los dineros del pueblo,
si la molestosa opinión pública
pretende fiscalizarlo, desmienta bajo cualquier
pretexto y después, siéntese a
esperar a que se termine su período y
váyase campante. No será sometido
a ningún tipo de revisión.
¡NIN-GU-NO!
carloshermann@elsalvador.com