- Post fin del
milenio
- María
Teresa Jovel
¡Hemos
llegado a la mitad del año 2000! Es una
buena oportunidad para preguntarnos,
¿qué hemos hecho en estos 6 meses?
Observando un calendario me di cuenta que
decía que el sábado 1º de
julio era el día número 182, y que
faltan 182 días para que se termine el
año. Estamos exactamente a medio
camino.
Pero, como esto del "fin de milenio" es una
expresión que seguramente ya nos
tenía a todos un poco cansados y
aburridos, espero que con el título de
este artículo pueda todavía captar
la atención de los lectores de El Diario
de Hoy. No quisiera -por ningún motivo-
inventar una nueva expresión, como otras
que existen por allí. Estando en Chile
para el fin de 1999, tan lejos de El Salvador,
me pareció que el ambiente allá
era el mismo que aquí y que en todo el
mundo. Porque en esos días se
solía escuchar cada vez que se iniciaba
algo o, por el contrario, se había
terminado, que ese algo era el "último
del milenio". Con esta expresión quedaba
flotando en el ambiente la idea de que
después de la medianoche del 31 de
diciembre de 1999 sobrevendría el final
de todo, la nada misma.
Incluso, los medios de comunicación
hablaron del "colapso turístico" porque
se preveía un verdadero ataque colectivo
de euforia consumista y materialista, de viajes
por todo el mundo, y que la gente
acudiría a los principales lugares de
turismo y de entretención para celebrar a
todo trapo. Sorpresivamente esas predicciones no
se cumplieron. Incluso había escuchado
decir a una pareja que hacía tres
años tenía reservado en un hotel
frente a la Torre Eiffel para asistir a la mega
celebración que ahí se
daría, pero regresaron bastante
decepcionados.
Tampoco sucedió nada con el
fatídico Y2K, por el que tanta gente
estuvo sufriendo, trabajando y planeando todas
las estrategias necesarias para evitarlo. El lo.
de enero se publicó, y el mundo entero se
dio cuenta, que todas las predicciones de
colapsos y desastres computacionales, bancarios,
de telecomunicaciones, turísticos,
ataques nucleares, fin del mundo, etc.,
brillaron por su ausencia. Como ya todo
pasó y llevamos vividos y bien o mal
gastados seis meses de este dichoso nuevo
milenio, convendría meditar un poco
acerca de qué es lo que de verdad
celebramos. Al menos los cristianos
deberíamos estar muy conscientes de la
importancia de esta fecha y de cuál ha
sido la enseñanza que nos dejó.
Pues, de lo contrario habríamos
participado únicamente de una fiesta
pagana.
Lo que debe esencialmente estar siempre en
nuestro pensamiento y en nuestro actuar es el
hecho de que se conmemora los dos mil
años del nacimiento de Cristo y de la
Iglesia fundada por Él, que perdura igual
a través de los siglos hasta nuestros
días. Y son, precisamente los valores
cristianos y la fuerza de ellos, los que
cambiaron en aquella época y siguen
cambiando el mundo, y mueven a las personas a
luchar por vivir lo que Cristo nos
enseñó. Verdades que el Magisterio
de la Iglesia guarda y protege como un tesoro, y
que nos ayudan a ser cada vez mejores hombres y
mujeres.
¿Conoceríamos las
Bienaventuranzas, las Parábolas del hijo
pródigo, de la oveja perdida, del
administrador fiel y prudente, del buen
samaritano, del tesoro escondido, del
dueño de la viña que contrata a
los trabajadores, etc? Todas ellos son ejemplos
del Amor de Dios, de su perdón, de su
misericordia y de su fidelidad. Además,
¿cómo podríamos haber
aprendido la oración "Padre Nuestro",
enseñada por Jesús y que se reza a
diario por millones de personas en toda la
tierra?
Resulta entonces triste que se pierda de
vista el verdadero sentido del nuevo milenio.
Además, sería más triste
todavía que no nos hayamos enterado y no
hagamos todos los esfuerzos necesarios para
darle la verdadera importancia al hecho que el
Santo Padre haya declarado el año 2000
"Año del Jubileo" y "Año de
Gracia". Y, si ya nos hemos dado cuenta de este
inmenso regalo, podríamos meditar por
qué aún no lo hemos aprovechado
personalmente y no lo hemos comunicado a todas
las gentes, haciéndoles conocer y
apreciar la expresión del Santo Padre:
"Año del gran regreso de todos al Padre".
Sin embargo, parece haber muchas personas que no
se han dado por enteradas y no se han decidido a
ponerse en marcha hacia ese gran regreso.
Porque, parece que la preocupación
principal fue, y sigue siendo, las fiestas, los
pitos, confetis y serpentinas, los fuegos
artificiales y el jolgorio, la comida y la
bebida, la celebración y la desvelada,
para despertar a las pocas horas con una
sensación de vacío espiritual tan
grande que llevó seguramente a los que
así lo hicieron a pensar que nada de lo
que hizo, gritó, comió,
bebió y bailó tuvo sentido porque
fue idéntico al mismo festejo del
año anterior cuando se celebró la
llegada de un año cualquiera, con la
diferencia de que se creyó a todo lo que
la publicidad dijo: que "el fin del milenio"
merecía echar la casa por la ventana y
gastarse hasta lo que no se tenía. Por
eso, tanto antes como ahora nos parece
absolutamente injustificado todo aquel llamado
al desenfreno en la última noche del
año 99, pues ya el 1º. de enero del
2000, y a lo largo de los meses que ya han
pasado, nos encontramos con nuestra misma vida,
haciendo lo mismo, trabajando lo mismo, luchando
lo mismo. ¡Gracias a Dios!
La única manera de poder notar un
cambio sería si ya estamos dispuestos a
esforzarnos en este año 2000, con una
actitud de reflexión, de esperanza, con
propósitos de mejorar. Una actitud de
más amor, comprensión y
perdón, llevando ahora una vida
más humana, más cristiana,
más sobria y más solidaria.
Lo que tiene que darnos alegría es que
los principios y valores, las costumbres y
comportamientos cristianos, la Iglesia fundada
por Jesucristo, han prevalecido no obstante
todas las catástrofes que han azotado a
esta tierra, y a pesar de todos los errores y
todos los horrores que hemos cometido los seres
humanos, demostrando este hecho dónde se
encuentra realmente la verdad, pues la verdad
nunca cambia. Hay que mirar el año 2000
desde su lado verdaderamente trascendente, el
del espíritu, los valores y principios
cristianos. Y para eso, pongámonos en
marcha y llevemos a cabo todos "el gran regreso
al Padre".
*Lic. en Relaciones Públicas y
columnista de El Diario de Hoy.