Sábado 26 de agosto


Post fin del milenio
María Teresa Jovel

¡Hemos llegado a la mitad del año 2000! Es una buena oportunidad para preguntarnos, ¿qué hemos hecho en estos 6 meses? Observando un calendario me di cuenta que decía que el sábado 1º de julio era el día número 182, y que faltan 182 días para que se termine el año. Estamos exactamente a medio camino.

Pero, como esto del "fin de milenio" es una expresión que seguramente ya nos tenía a todos un poco cansados y aburridos, espero que con el título de este artículo pueda todavía captar la atención de los lectores de El Diario de Hoy. No quisiera -por ningún motivo- inventar una nueva expresión, como otras que existen por allí. Estando en Chile para el fin de 1999, tan lejos de El Salvador, me pareció que el ambiente allá era el mismo que aquí y que en todo el mundo. Porque en esos días se solía escuchar cada vez que se iniciaba algo o, por el contrario, se había terminado, que ese algo era el "último del milenio". Con esta expresión quedaba flotando en el ambiente la idea de que después de la medianoche del 31 de diciembre de 1999 sobrevendría el final de todo, la nada misma.

Incluso, los medios de comunicación hablaron del "colapso turístico" porque se preveía un verdadero ataque colectivo de euforia consumista y materialista, de viajes por todo el mundo, y que la gente acudiría a los principales lugares de turismo y de entretención para celebrar a todo trapo. Sorpresivamente esas predicciones no se cumplieron. Incluso había escuchado decir a una pareja que hacía tres años tenía reservado en un hotel frente a la Torre Eiffel para asistir a la mega celebración que ahí se daría, pero regresaron bastante decepcionados.

Tampoco sucedió nada con el fatídico Y2K, por el que tanta gente estuvo sufriendo, trabajando y planeando todas las estrategias necesarias para evitarlo. El lo. de enero se publicó, y el mundo entero se dio cuenta, que todas las predicciones de colapsos y desastres computacionales, bancarios, de telecomunicaciones, turísticos, ataques nucleares, fin del mundo, etc., brillaron por su ausencia. Como ya todo pasó y llevamos vividos y bien o mal gastados seis meses de este dichoso nuevo milenio, convendría meditar un poco acerca de qué es lo que de verdad celebramos. Al menos los cristianos deberíamos estar muy conscientes de la importancia de esta fecha y de cuál ha sido la enseñanza que nos dejó. Pues, de lo contrario habríamos participado únicamente de una fiesta pagana.

Lo que debe esencialmente estar siempre en nuestro pensamiento y en nuestro actuar es el hecho de que se conmemora los dos mil años del nacimiento de Cristo y de la Iglesia fundada por Él, que perdura igual a través de los siglos hasta nuestros días. Y son, precisamente los valores cristianos y la fuerza de ellos, los que cambiaron en aquella época y siguen cambiando el mundo, y mueven a las personas a luchar por vivir lo que Cristo nos enseñó. Verdades que el Magisterio de la Iglesia guarda y protege como un tesoro, y que nos ayudan a ser cada vez mejores hombres y mujeres.

¿Conoceríamos las Bienaventuranzas, las Parábolas del hijo pródigo, de la oveja perdida, del administrador fiel y prudente, del buen samaritano, del tesoro escondido, del dueño de la viña que contrata a los trabajadores, etc? Todas ellos son ejemplos del Amor de Dios, de su perdón, de su misericordia y de su fidelidad. Además, ¿cómo podríamos haber aprendido la oración "Padre Nuestro", enseñada por Jesús y que se reza a diario por millones de personas en toda la tierra?

Resulta entonces triste que se pierda de vista el verdadero sentido del nuevo milenio. Además, sería más triste todavía que no nos hayamos enterado y no hagamos todos los esfuerzos necesarios para darle la verdadera importancia al hecho que el Santo Padre haya declarado el año 2000 "Año del Jubileo" y "Año de Gracia". Y, si ya nos hemos dado cuenta de este inmenso regalo, podríamos meditar por qué aún no lo hemos aprovechado personalmente y no lo hemos comunicado a todas las gentes, haciéndoles conocer y apreciar la expresión del Santo Padre: "Año del gran regreso de todos al Padre". Sin embargo, parece haber muchas personas que no se han dado por enteradas y no se han decidido a ponerse en marcha hacia ese gran regreso.

Porque, parece que la preocupación principal fue, y sigue siendo, las fiestas, los pitos, confetis y serpentinas, los fuegos artificiales y el jolgorio, la comida y la bebida, la celebración y la desvelada, para despertar a las pocas horas con una sensación de vacío espiritual tan grande que llevó seguramente a los que así lo hicieron a pensar que nada de lo que hizo, gritó, comió, bebió y bailó tuvo sentido porque fue idéntico al mismo festejo del año anterior cuando se celebró la llegada de un año cualquiera, con la diferencia de que se creyó a todo lo que la publicidad dijo: que "el fin del milenio" merecía echar la casa por la ventana y gastarse hasta lo que no se tenía. Por eso, tanto antes como ahora nos parece absolutamente injustificado todo aquel llamado al desenfreno en la última noche del año 99, pues ya el 1º. de enero del 2000, y a lo largo de los meses que ya han pasado, nos encontramos con nuestra misma vida, haciendo lo mismo, trabajando lo mismo, luchando lo mismo. ¡Gracias a Dios!

La única manera de poder notar un cambio sería si ya estamos dispuestos a esforzarnos en este año 2000, con una actitud de reflexión, de esperanza, con propósitos de mejorar. Una actitud de más amor, comprensión y perdón, llevando ahora una vida más humana, más cristiana, más sobria y más solidaria.

Lo que tiene que darnos alegría es que los principios y valores, las costumbres y comportamientos cristianos, la Iglesia fundada por Jesucristo, han prevalecido no obstante todas las catástrofes que han azotado a esta tierra, y a pesar de todos los errores y todos los horrores que hemos cometido los seres humanos, demostrando este hecho dónde se encuentra realmente la verdad, pues la verdad nunca cambia. Hay que mirar el año 2000 desde su lado verdaderamente trascendente, el del espíritu, los valores y principios cristianos. Y para eso, pongámonos en marcha y llevemos a cabo todos "el gran regreso al Padre".

*Lic. en Relaciones Públicas y columnista de El Diario de Hoy.


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