Sábado 26 de agosto


Los derechos de la verdad
Las convicciones bajo sospecha
Carlos Mayora Re

Parece que está de moda hablar de tolerancia y que en estos tiempos se prefiere llegar antes al consenso que al conflicto. Sin embargo, cuando se habla de cuestiones de convivencia en las que se involucra la moral, o en las que se mezclan intereses personales (económicos, de poder o de reconocimiento público), se sigue recurriendo con frecuencia a adjetivos tales como oscurantista, radical, fundamentalista -cuando no se llega al insulto franco-, y otros epítetos que pretenden descalificar a las personas con posiciones contrarias a la propia.

Hay verdades que son evidentes, otras que necesitan una demostración, y otras que se reservan para especialistas. En los tres casos el nivel de la discusión no puede ser el mismo, pues nadie que no sea médico, por ejemplo, se atreve a desafiar un diagnóstico (a lo más se busca una segunda opinión). Pero todos nos sentimos con autoridad para polemizar, por poner el caso, acerca de lo mejor en educación, pues todos hemos sido educados en alguna medida, y hemos adoptado una serie de criterios que, ya sea en la propia vida o en la de quienes nos rodean, han demostrado su eficacia o ineficacia.

Si se discute acerca de esas verdades que hemos denominado "para especialistas" (como las causas del reciente accidente del Concorde, por ejemplo), la actitud prudente del profano será la de escuchar y tratar de comprender los argumentos expuestos. Según la complejidad del tema se podrá profundizar más o menos en el asunto, pero en todo caso se trataría de un error si se pretendiera hacer caso omiso de años de preparación académica y del saber hacer que da la práctica, sustituyéndolos por un rato de conversación con aquellos que saben a fondo de un tema. Con frecuencia, acostumbrados a querer pasar todo por el tamiz del criterio personal, y alentados por tantos enfoques pseudocientíficos como nos presentan la televisión y los medios escritos, consideramos que estamos capacitados para discutir de casi cualquier tema, y nos dejamos guiar por esa ilusión antes de reconocer con objetividad que podemos estar equivocados.

Precisamente una de las trampas más comunes del error es seducir a las personas presentándose como una verdad a medias y no como lo que es: una verdad sesgada. Hay vastos campos de la realidad que se escapan a nuestro conocimiento, pero no se sabe por qué mecanismo interior nos cuesta reconocerlo... Sobre todo cuando se habla o se trata de asuntos del ordinario vivir, en los que todos tenemos una opinión formada en la propia experiencia. Más arriba hablábamos de la educación, pero lo mismo sucede en el campo de la política, de la religión, de la moral y hasta del fútbol...

Con lo dicho hasta aquí no se pretende que nos convirtamos en una especie de oráculo de algunos temas y tumbas cerradas para otros, ni mucho menos. Mi propósito es hacer conciencia de que no se puede presentar una opinión como si de una verdad se tratara, de la misma forma que, si se está convencido de que se posee una verdad, no es justo presentarla -con un falso afán pacificador- como si se tratara de una opinión. La verdad está protegida por sus derechos y en la mayoría de los casos se impone a sí misma, aunque consuma más o menos tiempo.

Con frecuencia se pone bajo sospecha a aquellos que presentan sus convicciones como la única realidad posible. Pienso que el recelo debería apoyarse más en el modo en cómo se argumente que en el contenido de lo que se diga, pues en una sociedad razonable, quienes quieran argumentar, deberán argüir de manera racional, dejando de lado sentimientos y pruebas subjetivas que quizá a ellos les llenan y les convencen, pero que a los demás les dejan fríos. Con razón se ha dicho que no sirve de nada escribir para un ciego o gritar a un sordo, y precisamente en reconocer la capacidad de comprensión de los interlocutores, radica la prudencia de quienes deben convertirse en defensores de alguna verdad.

Cerrarse mentalmente ante quien está convencido de algo, sencillamente porque está convencido, es la típica actitud de las personas necias. Tratar de entender los puntos de vista del contrincante dialéctico y procurar dialogar en el terreno de las ideas, es la típica actitud de las personas prudentes. Tal como se ha dicho, vale la pena no perder de vista que en una discusión el único argumento válido es el que, sin contener falsedad, puede convencer al que no piensa como nosotros. Tratar de utilizar razonamientos e ideas que a nosotros nos parecen clarísimos pero que el otro no puede comprender, además de convertirse en una pérdida de tiempo, con frecuencia lleva a la imposición de las convicciones por la fuerza, y esto, que parece funcionar a corto plazo, si no está enraizado en una verdad, tarde o temprano se vuelve contra el que lo ha impuesto a los demás.


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