- Los
derechos de la verdad
- Las convicciones bajo
sospecha
- Carlos
Mayora Re
Parece
que está de moda hablar de tolerancia y
que en estos tiempos se prefiere llegar antes al
consenso que al conflicto. Sin embargo, cuando
se habla de cuestiones de convivencia en las que
se involucra la moral, o en las que se mezclan
intereses personales (económicos, de
poder o de reconocimiento público), se
sigue recurriendo con frecuencia a adjetivos
tales como oscurantista, radical,
fundamentalista -cuando no se llega al insulto
franco-, y otros epítetos que pretenden
descalificar a las personas con posiciones
contrarias a la propia.
Hay verdades que son evidentes, otras que
necesitan una demostración, y otras que
se reservan para especialistas. En los tres
casos el nivel de la discusión no puede
ser el mismo, pues nadie que no sea
médico, por ejemplo, se atreve a desafiar
un diagnóstico (a lo más se busca
una segunda opinión). Pero todos nos
sentimos con autoridad para polemizar, por poner
el caso, acerca de lo mejor en educación,
pues todos hemos sido educados en alguna medida,
y hemos adoptado una serie de criterios que, ya
sea en la propia vida o en la de quienes nos
rodean, han demostrado su eficacia o
ineficacia.
Si se discute acerca de esas verdades que
hemos denominado "para especialistas" (como las
causas del reciente accidente del Concorde, por
ejemplo), la actitud prudente del profano
será la de escuchar y tratar de
comprender los argumentos expuestos.
Según la complejidad del tema se
podrá profundizar más o menos en
el asunto, pero en todo caso se trataría
de un error si se pretendiera hacer caso omiso
de años de preparación
académica y del saber hacer que da la
práctica, sustituyéndolos por un
rato de conversación con aquellos que
saben a fondo de un tema. Con frecuencia,
acostumbrados a querer pasar todo por el tamiz
del criterio personal, y alentados por tantos
enfoques pseudocientíficos como nos
presentan la televisión y los medios
escritos, consideramos que estamos capacitados
para discutir de casi cualquier tema, y nos
dejamos guiar por esa ilusión antes de
reconocer con objetividad que podemos estar
equivocados.
Precisamente una de las trampas más
comunes del error es seducir a las personas
presentándose como una verdad a medias y
no como lo que es: una verdad sesgada. Hay
vastos campos de la realidad que se escapan a
nuestro conocimiento, pero no se sabe por
qué mecanismo interior nos cuesta
reconocerlo... Sobre todo cuando se habla o se
trata de asuntos del ordinario vivir, en los que
todos tenemos una opinión formada en la
propia experiencia. Más arriba
hablábamos de la educación, pero
lo mismo sucede en el campo de la
política, de la religión, de la
moral y hasta del fútbol...
Con lo dicho hasta aquí no se pretende
que nos convirtamos en una especie de
oráculo de algunos temas y tumbas
cerradas para otros, ni mucho menos. Mi
propósito es hacer conciencia de que no
se puede presentar una opinión como si de
una verdad se tratara, de la misma forma que, si
se está convencido de que se posee una
verdad, no es justo presentarla -con un falso
afán pacificador- como si se tratara de
una opinión. La verdad está
protegida por sus derechos y en la
mayoría de los casos se impone a
sí misma, aunque consuma más o
menos tiempo.
Con frecuencia se pone bajo sospecha a
aquellos que presentan sus convicciones como la
única realidad posible. Pienso que el
recelo debería apoyarse más en el
modo en cómo se argumente que en el
contenido de lo que se diga, pues en una
sociedad razonable, quienes quieran argumentar,
deberán argüir de manera racional,
dejando de lado sentimientos y pruebas
subjetivas que quizá a ellos les llenan y
les convencen, pero que a los demás les
dejan fríos. Con razón se ha dicho
que no sirve de nada escribir para un ciego o
gritar a un sordo, y precisamente en reconocer
la capacidad de comprensión de los
interlocutores, radica la prudencia de quienes
deben convertirse en defensores de alguna
verdad.
Cerrarse mentalmente ante quien está
convencido de algo, sencillamente porque
está convencido, es la típica
actitud de las personas necias. Tratar de
entender los puntos de vista del contrincante
dialéctico y procurar dialogar en el
terreno de las ideas, es la típica
actitud de las personas prudentes. Tal como se
ha dicho, vale la pena no perder de vista que en
una discusión el único argumento
válido es el que, sin contener falsedad,
puede convencer al que no piensa como nosotros.
Tratar de utilizar razonamientos e ideas que a
nosotros nos parecen clarísimos pero que
el otro no puede comprender, además de
convertirse en una pérdida de tiempo, con
frecuencia lleva a la imposición de las
convicciones por la fuerza, y esto, que parece
funcionar a corto plazo, si no está
enraizado en una verdad, tarde o temprano se
vuelve contra el que lo ha impuesto a los
demás.