- El
Salvador en perspectiva
- Parquímetros y
otros males
- Mario
Rosenthal
- E-mail: mrelsalv@cyt.net
Las
tragaperras municipales son una estafa porque
observan la ley del cementerio, que es
sólo para adentro y no pagan premios como
las máquinas de los casinos, que han sido
prohibidas. Nos referimos a los
parquímetros, desde luego. Desconfiamos
de los gobiernos municipales.
El otro día pasamos por una
impresionante construcción que se yergue
como una fortaleza sobre la Primera Calle
Poniente, en la colonia Escalón, que se
identifica como el futuro World Trade Center de
El Salvador. Este complejo destinado a ser un
orgullo arquitectónico de la empresa
privada del país, para nosotros siempre
será un monumento a los descarados abusos
de la municipalidad de San Salvador, para no
decir "sinvergüenzadas legalizadas".
La razón de que la construcción
nos despierta una reacción de
indignación es que el terreno que ocupa y
las dos cuadras al sur fueron donadas a la
Alcaldía de San Salvador para un parque
por la compañía
Núñez Arrué-Escalón
y los concejales de esa época negra, en
vista de que nunca se había construido el
parque, decidieron vender los valiosos terrenos
a precios risibles a una constructora que luego
los llenó de residencias.
En una ocasión posterior preguntamos a
la figura política que ocupaba la
presidencia, a quien, ingenuamente, le
atribuíamos una probidad intachable, que
si no se podía hacer algo para rescatar
lo que nosotros creíamos se había
hurtado al pueblo, y nos respondió que no
se podía hacer nada porque la
transacción había sido
perfectamente legal. Allí tendremos un
monumento a la falta de probidad municipal que
si se hubiera quedado en unas residencias de
clase media, tal vez pasaría al olvido,
pero habiéndose convertido en una inmensa
mole que domina un paraje importante de la
ciudad, quedará como un eterno recuerdo
de lo que son capaces las alcaldías y los
concejales del país.
¿Si el origen y fin de las actividades
del Estado y sus dependencias son los
ciudadanos, entonces qué función
cumplen los parquímetros? Obviamente la
idea no era hacer la vida más
fácil para las personas que tienen
necesidad de una consulta médica o de
hacer algunas compras. La compañía
que fue encargada de su instalación tuvo
la precaución de no compartir los
ingresos con los ladrones callejeros, que
abundan en San Salvador, evitando que se
accionaran los aparatos con monedas, sino con
tarjetas prepagadas. Aprovecharon la triste
experiencia de los teléfonos
públicos.
Es obvio que la decisión de instalar
los parquímetros obedeció
exclusivamente al afán de encontrar
nuevas maneras de explotar a los ciudadanos. Los
aparatos en nada benefician al público,
al contrario, lo perjudican con el exagerado
cargo y el peligro de incurrir en una multa.
Otra disposición de la Alcaldía
que revela su voracidad y que consideramos un
abuso ilegal, es el cobro de los impuestos
municipales mancomunados con el cobro de la
energía. Antaño los servicios que
no cumplían con los tributos que
establecía el señor los colgaban,
hoy les cortan la luz.
El concepto que los gobiernos existen para
servir a los gobernados es bastante nuevo y
antaño los que lograban el mando se
quebraban la cabeza para inventar qué
podían gravar. Nos parece que este es el
modelo que la Alcaldía ha tomado como
ejemplo. Durante la Edad Media se llegó a
cobrar impuestos sobre el número de
ventanas que tuviera una choza y la cantidad de
ropa que se poseía. Si han gravado los
postes que se colocan en las calles,
¿quién sabe qué
gravarán en lo sucesivo? Ya se discute un
impuesto "vial" que se pagará para tener
el derecho de caminar por las calles. A este
paso tal vez se les ocurre inventar la manera de
cobrar por el aire que respiramos".
Posiblemente la idiosincrasia rebelde de los
salvadoreños que ha obligado a las
autoridades de tránsito a colocar
supersapos en los caminos y las calles por la
terquedad de los motoristas de no obedecer las
señales de tránsito obliga al uso
de medidas severas. La falta de ellas en la
jurisprudencia Penal ha provocado la
incontrolable criminalidad que sufren todos los
ciudadanos. La lástima es que no hay
supersapos que valgan para coartar la voracidad
del Alcalde capitalino.