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Burocracia hospitalaria, la cruz de los enfermos de cáncer

Maritza Gutiérrez, fue diagnosticada con leucemia a los 14 años, antes de poder recibir el tratamiento pasó un calvario de burocracia y falta de interés por encontrar un diagnóstico certero en hospitales públicos y privados del interior del país.

Marta Sánchez muestra orgullosa las fotos de su hija que soñaba con celebrar sus 15 años en medio de su lucha contra el cáncer.

Por Xenia González Oliva

Feb 09, 2018- 07:36

Maritza Gutiérrez se despidió de su familia cuando tenía 14 años. La quimioterapia que le estaban aplicando para contrarrestar la leucemia fue demasiado para su cuerpo, sus pulmones se rindieron y, por primera vez, durante todo el proceso de tratamiento, Maritza también se dio por vencida.

“Siempre los voy a llevar en mi corazón y ustedes nunca me olviden”, le pidió a uno de sus hermanos.

Maritza quedó inconsciente y despertó casi una semana después en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Rosales. Ella no lo sabía en ese momento, pero su mejora acababa de ir en contra de los pronósticos de los médicos y había superado las dificultades que su familia había enfrentado durante esos días.

Maritza despertó y se permitió soñar de nuevo. Se aferró a la promesa que le habían hecho sus padres mientras ella estaba al borde de la muerte: celebrar su fiesta de 15 años aunque no los había cumplido aún.

La promesa de sus quince se convirtió en la ilusión que le daba fuerzas para no volver a rendirse ante el calvario que había iniciado meses atrás con un dolor en el estómago.

La vida de la familia de Maritza cambió a finales de 2016. Un día de octubre la niña amaneció con un terrible dolor en el área del estómago y sus papás preocupados la llevaron desde su casa en el cantón El Paraíso de Turín, Ahuachapán, hasta el Hospital Nacional de Ahuachapán, sin saber que ese sería el inicio de un frustrante camino para descubrir cuál era la razón del malestar de la niña.

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Tras horas en el área de Emergencia, un médico dijo que quizá era gastritis y le aplicó una inyección para el dolor. El alivio fue momentáneo. Una tía recomendó llevarla a una clínica en Atiquizaya, ahí no le encontraron nada fuera de lo normal y le pusieron otra inyección. Esta vez se mantuvo tranquila por cinco días hasta que el dolor la volvió a atacar.

El dolor esta vez era tan intenso que hasta la hacía gritar y su madre, Marta Maritza Sánchez, notó que tenía blancos los labios. La llevaron a otra clínica privada en Ahuachapán y ahí la doctora la refirió para un hospital privado ubicado también en el municipio.

“La doctora le dijo, es privado, no sé si van a tener los recursos, pero mi papá al ver mi llanto dijo que iban a hacer todo lo posible”.

La llevaron en un mototaxi al hospital.

Ahí le hicieron varias ultras por las que tuvieron que pagar; pero no encontraron la razón de los dolores y le pusieron antibióticos. Como la referencia que llevaba decía que tenía gastritis, la doctora le dijo que debía seguir una dieta estricta, sin grasas ni condimentos. Querían dejarla un día más, pero era muy caro y regresaron a casa.

Maritza pasó los próximos días viajando a la Unidad de Salud de Chalchuapa para que le colocaran los antibióticos que habían tenido que comprar. Había perdido el apetito, así que solo estaba comiendo frutas. Todo parecía ir bien, hasta que una noche le dolió la cabeza, le dio fiebre y le dolió la pierna. El dolor la hizo llorar en su cama, pidiendo ayuda, hasta que su hermano la escuchó y llamó a sus padres. La desesperación de no saber qué pasaba, hizo que su madre también se pusiera a llorar.

Decidieron ir esta vez al Hospital de Chalchuapa, tal vez tendrían mejor suerte, pero ahí tampoco hicieron nada. Le dijeron que no tenía nada y la mandaron al Fosalud que estaba a la par. Sus padres la tuvieron que llevar chineada, porque no les prestaron una silla de rueda.

En la unidad decidieron hacerle un examen de sangre, pero el laboratorio abría hasta las 7:00 de la mañana. A las 6:00, Maritza sentía que la cabeza le explotaba. De la aflicción, su papá decidió ir de nuevo al hospital privado, pese a las limitantes económicas.

La doctora al verla le preguntó qué había hecho y qué había estado comiendo.

Los exámenes indicaron que Maritza tenía anemia profunda. No podían hacerle más exámenes porque no eran especializados y la mandaron al Hospital Nacional de Santa Ana. Sus papás tuvieron que pagar extra para que la ambulancia los llevara.

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Desde las 8:00 de la mañana, cuando llegó a la Emergencia del Hospital, Maritza y su mamá esperaron hasta la 1:00 de la tarde para ser atendidas. Les dijeron que tenían que hacerle todos los exámenes de nuevo. Pasaban las horas y los resultados no llegaban, a las 11:00 de la noche Maritza suplicaba regresar a casa.

A medianoche, los médicos le anunciaron que todo estaba mal, que tenían que ingresarla de inmediato. Le dieron dos acetaminofén y Maritza se durmió.

Era viernes, pero les dijeron que la especialista que la atendería llegaría hasta el lunes, así que se quedó ingresada.

Maritza recuerda que ese fin de semana solo acetaminofén le daban. Los baños eran sucios, eran todo lo contrario de lo que la niña imaginaba de un hospital. Al menos, su mamá la acompañaba. El lunes, en el instante en que la doctora la vio, corrió a ponerle una mascarilla y a regañar a todo el personal del área donde estaban. Mandó a Maritza a un cuarto más aislado, lejos de las otras pacientes, y a que su mamá se fuera a cambiar y bañar a su casa antes de poder estar a su lado de nuevo. También mandó a que le transfundieran dos bolsas con sangre. El por qué de su alarma aún no estaba claro para la niña y su mamá. Solo les dijo que tenían que protegerla de infecciones, que estaba muy vulnerable y que la iba a mandar de inmediato al Hospital Rosales. Llegaron al Rosales acompañadas de una médico interna que no conocía el hospital de San Salvador y estuvieron un buen rato haciendo cola en la Consulta Externa antes de encontrar la Emergencia.

Ahí le dijeron que nuevamente le harían todos los exámenes. Maritza sentía que su cuerpo ya estaba muy maltratado, pero aceptó. Pese a la urgencia con la que la habían enviado desde Santa Ana, Maritza y su mamá pasaron horas sentadas en las sillas de plástico de la sala de espera. La niña ya no aguantaba estar sentada y escucharon que para lograr obtener una camilla tenían que estar pendientes para apartar la primera que se desocupara antes que los demás que esperaban.

Conocieron a una señora a la que le acababan de decir que su hijo tenía leucemia, Maritza le preguntó a su mamá qué era eso.

“¿Te acordás de los niños que salen en la tele sin cabello? Eso tiene el muchacho”.

Poco después, un médico mandó a llamar a su madre y le dijo que tenía que ser fuerte. Maritza no escuchó en ese momento qué era lo que tenía. Ahora, llora un poco al recordar cuando le pedía a su mamá que le dijera qué tenía y que desde ese momento pensó que se iba a quedar sin cabello.

Maritza fue diagnosticada con Leucemia Linfocítica Aguda (LLA) a finales de noviembre de 2016 y tuvo que someterse a seis ciclos de quimioterapia. Si la leucemia seguía activa le pondrían dos ciclos más.

Maritza pasó esa navidad ingresada en el hospital. Esa no noche no podía dormir de los deseos de estar con su familia. A la medianoche su celular no paraba de sonar de todos los mensajes de feliz navidad que comenzó a recibir y ella no podía dejar de llorar.

La próxima quimioterapia le tocaba el 2 de enero, pero desde el 30 de diciembre comenzó a sentirse mal, casi no había comido nada por las náuseas. Una visita les dijo que conocía a alguien en el Bloom y la llevaron ese mismo día. Ahí vieron su estado y le colocaron suero. Por un momento tuvieron la esperanza de seguir su tratamiento en el Bloom, pero no podían dejarla en el programa porque ya había comenzado en el Rosales. Aún así, el suero fue efectivo y pasó la fiesta de fin de año como ella deseaba, en familia y comiendo mucho.

En febrero le pusieron la quimio más fuerte, metotrexato, la bolsa que lleva el líquido es forrada de negro para que no le dé la luz. Su familia tuvo que hacer el esfuerzo de comprar un medicamento por $150 para prevenir las quemaduras que la quimioterapia le podía causar.

Pero aún así le salió fuego y se le inflamó toda la zona de la boca, se sentía mareada y no podía comer. Ella no quería regresar al hospital, menos a la Emergencia, donde le tocó volver a estar varias horas sentada en una silla antes de que la volvieran a ingresar. Comenzaron a ponerle plaquetas y sangre.

Una noche Maritza llamó a su mamá, aunque estaba acostada se sentía cansada, le costaba respirar. La quimioterapia había bajado todas las defensas de su cuerpo y Maritza había desarrollado neumonía. La pasaron a otra habitación más aislada, le colocaron oxígeno, pero ella sentía que no era suficiente. Sentía que ya no podía, se entristeció al pensar que no había usado su celular nuevo y ya no podría seguir estudiando. Desesperada le tomó la mano a su doctora y le rogó que no la dejara morir…

Maritza se despidió de su familia. Ella no lo sabía; pero, casi al mismo tiempo, su doctora le decía a Marta que le pidiera fuerzas a Dios, porque ya no pasaría de ese día.

Maritza sobrevivió la noche, aunque inconsciente. Los médicos corrieron a intubarla y llevarla a la UCI, pero cuando iban en camino les avisaron que ya le habían dado la cama a un paciente más grave. Esa noche, un interno se encargó de mantenerla viva con un ambú. Al día siguiente la llevaron a la UCI donde pasó alrededor de seis días. Durante ese tiempo, su familia gastó alrededor de $1,000 en el medicamento Meropenem, para combatir la neumonía. Solo lo lograron con la ayuda de su familia y vecinos, hasta los compañeros de la escuela de Maritza hicieron rifas para recaudar fondos.

La salud de Maritza se complico tanto durante su lucha contra el cáncer que obligó a ella y a su familia a celebrar con anticipación sus 15 años.

El cumpleaños de Maritza es el 26 de noviembre, pero toda su familia y comunidad se reunió para celebrarle una fiesta de 15 años en abril.

Después de su encuentro cercano con la muerte, Maritza había puesto su empeño en planear cómo sería su fiesta ideal, el vestido que usaría, la peluca que le quedaría mejor. Pensar en la fiesta le daba ánimos en los momentos más duros que vivía a diario, como la muerte de una de sus amigas más cercanas que había conocido en el Rosales. Zenayda era solo un par de años mayor que Maritza, su tratamiento terminó años atrás, pero había vuelto a recaer.

Tenían un fuerte lazo, cuando Maritza se sentía desconsolada o necesitaba algún consejo le escribía a Zenayda. Para la joven la única opción era recibir altas dosis del tratamiento, pero ella decidió ya no continuar. El día que le dieron el alta a Maritza, Zenayda cumplió 18 años. Murió poco después.

En la fiesta de Maritza la alegría se mezcló con el temor. La celebración se hizo un día antes de que le colocaran la misma dosis que casi había derrotado en febrero. Pero esta vez no tuvo problemas. En agosto recibió la noticia más esperada. Había terminado sus ciclos y la leucemia ya no estaba activa. Su enfermedad había desaparecido.

Actualmente Maritza sigue en control en el Rosales y recibe tratamiento “de sostén”, en dosis pequeñas. Luce su nuevo cabello y espera continuar la escuela. Cada día busca disfrutar la vida.

A veces, escribe mensajes a Zenayda en su cuaderno de decoraciones: “Mi estrella favorita. Por favor, ilumina mi cielo”.

 

Para mantener su mente despejada durante su el tiempo en el Rosales, Maritza tenía un cuaderno en el cual dibujaba y dedicaba frases para las personas que más ama.

Tags Cáncer Hospital Bloom Hospital Rosales Leucemia

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