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Opinando
Formación espiritual y comportamiento

El deterioro ha alcanzado tales extremos que muchos no sólo rechazan la práctica de los valores, también el cuidar de su salud

Publicada 6 de diciembre de 2006, El Diario de Hoy

Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Según opinión de un sociólogo de la UNAM, la evolución del cristianismo en Latinoamérica permite establecer varios hechos, uno de ellos el evidente crecimiento de las congregaciones en general, ya que el mensaje espiritual hoy en día es capaz de llegar a todos los miembros de la población. Considera como factores contribuyentes la modernización de los medios de comunicación, el uso de grandes escenarios con excelentes sistemas de sonido, las facilidades existentes para adquirir un radioreceptor o una TV, la intensa labor de divulgación de algunas corrientes, lo que incluye campañas de toda índole y el clima de libertad de culto propio de las últimas décadas.

Si aplicamos en El Salvador los conceptos y “parámetros de conversión” del citado sociólogo, es posible concluir que en el país prácticamente se acabaron los inconversos, a excepción naturalmente de los pequeños grupos que profesan corrientes diferentes al cristianismo. Lo anterior significa, al menos teóricamente, que la mayoría de salvadoreños cuenta con las herramientas para experimentar un cambio interior, que eventualmente podría reflejarse en sus acciones y comportamiento.

Lamentablemente la realidad salvadoreña apunta en dirección contraria, lo que es avalado por numerosas encuestas y estudios realizados por universidades, organizaciones que realizan investigación social, medios de comunicación que llevan a cabo periodismo investigativo, Policía Nacional Civil, etc., que puntualizan que la sociedad salvadoreña está constituida mayormente por personas violentas, agresivas e intolerantes, además de otras características, cuyos miembros se conducen como si nunca en su vida les hubieran inculcado valores morales y espirituales.

Este hecho es coherente con muchos acontecimientos que se dan en la vida diaria del país, quizá un ejemplo bastante ilustrativo por ser reciente, es el de un personaje del mundillo político criollo, que al ser entrevistado sobre la delincuencia que agobia a los ciudadanos, respondió que se necesitaba un gobierno de fuerza, de hierro, que sea respetado y temido como algunos del pasado, y la pena de muerte con carácter transitorio. Si un líder político que se perfila como futuro candidato a la máxima magistratura del país opina de esa forma, que por cierto no constituye ningún pensamiento cristiano, ¿qué podría esperarse del restro de la población?

En efecto, la gente en general si bien conserva algunos valores, en el fondo simpatiza con la idea de liquidar físicamente a los pandilleros, narcos y corruptos, y quizá por ello, se identifica sin dificultades con políticos populistas como el mencionado anteriormente. Tampoco está interesada en desterrar el rencor, envidia, revancha, ira e intolerancia. La consigna a cumplir parece ser “no dejarse de nadie” y en caso de agresión “no poner la otra mejilla”, sino reaccionar con mayor intensidad.

Los indicios apuntan a que la conversión espiritual, al menos en nuestro medio, no es un factor determinante para modificar para bien la conducta de los individuos. ¿Será que los pastores y ministros predican un evangelio teórico alejado de la cotidianidad y práctica diaria? O lo contrario ¿será que los ciudadanos no alcanzan a entender que aceptar los preceptos cristianos es cambiar por dentro, involucrarse en compromisos de fe y renacer en actitudes que se reflejan en el comportamiento y que el evangelio es dinámica diaria en el hogar, la calle, escuelas, trabajo y en los reclusorios?

Hace algún tiempo un diputado bien intencionado propuso la lectura de la Biblia en las escuelas, colegios e institutos con la esperanza de rescatar los valores que se han perdido en la sociedad actual. Sin embargo, ¿qué cambios podríamos esperar en los jóvenes con la lectura bíblica si los adultos con más experiencia y madurez, no pueden controlar sus impulsos a pesar de que conocen los principios cristianos? El irrespeto y falta de amor al prójimo, la deshonestidad y la mala fe son tan frecuentes que casi han alcanzado la categoría de rasgos normales. El deterioro ha alcanzado tales extremos que muchos no sólo rechazan la práctica de los valores, también el cuidar de su salud y el cumplimiento de elementales medidas higiénicas, quizá piensan que al ser limpios se les obligará también a pensar limpio.

*Dr. en Medicina y colaborador de El Diario de Hoy.

 

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