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Palabras
La dulce escuela del dolor

Publicada 6 de diciembre de 2006, El Diario de Hoy

Carlos Balaguer
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

El dolor forja al hombre, es el axioma. Y pareciera que el divino Escultor forja a golpes su más querida obra: El hombre. Porque es la vida la dulce escuela del dolor. “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, madruga a castigarlo”, dice el libro de los Proverbios. Así, el verdadero hombre de la escultura de la Creación, tendría que ser forjado por el divino golpe del mazo creador.

Cierta vez nació un niño insensible al dolor. Los médicos trataron de curarlo, afanados en hacerle sentir el dolor de cualquier manera. Según ellos, esa insensibilidad, innata en aquella criatura, era un riesgo mortal. Al no sentir dolor, no podía detectar ningún síntoma de enfermedad en su cuerpo, porque el dolor es una alarma natural del organismo humano, creada para enviar señales de alerta. Al “escuchar” el dolor vamos al médico para ser sanados.

Ese dolor de la vida, en lo espiritual, también está hecho para sanarnos. Así, precoces escolares de dolor, vamos aprendiendo la sublime lección de la felicidad. Un rato con lágrimas, otro trecho con alegría. Es la dulce escuela del dolor. Donde volvemos como cuando eramos niños a escribir nuestros sueños rotos en la verde pizarra del salón de clases.

(palabrasbalaguer@gmail.com)


Día a día
cacerías de brujas

Además del atropello que vienen sufriendo muchos comercios y empresas del país, se alimenta la idea de que si no fuera por las inspecciones, exámenes y básculas de la Defensoría, las empresas del país y del exterior desollarían vivos a los pobres compradores de bienes y servicios. En vez de dejar en manos de agrupaciones privadas la vigilancia y las sanciones a quienes no cumplan con sus deberes éticos (como el Better Business Bureau en Estados Unidos), la Camarada Comisionada encarga estudios y trabajos a los camaradas marxistas de la UES para sus cacerías de brujas. En última instancia y como lo advierte un proverbio romano, viejo en más de dos mil años, es el consumidor quien tiene que cuidarse de lo que compra (”caveat emptor”).

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