| Luis Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy
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Chávez ganó con holgura y Rosales perdió con hidalguía. Ese podría ser el resumen de lo sucedido el domingo pasado en las elecciones venezolanas, agregando que los “petrodólares” han permitido al presidente bolivariano financiamiento de sobra para su proyecto socialista. Sin embargo el análisis, como bien me corrigió un buen amigo, no puede ser tan simplificado. A pesar de la dureza con la que trata a los medios de comunicación, del desprecio por el gran capital, de los insultos al presidente de los Estados Unidos, del irrespeto al foro de las Naciones Unidas y de la poca importancia que ha tenido con principios libertarios tan básicos como la propiedad privada y la libertad de contratación, seis millones de venezolanos votaron por él, sobrepasando así el umbral del sesenta por ciento de votos obtenidos y reduciendo el abstencionismo a índices jamás vistos en ese país suramericano.
Desde el balcón del Palacio de Miraflores, Hugo Chávez Frías se proclamó ganador de las elecciones del 3 de diciembre. Lo hizo recordando que es la cuarta ocasión en la que el pueblo de Venezuela refrenda democráticamente su liderazgo y le entrega el poder a través de las urnas. La rápida y apresurada resignación del candidato de oposición, reconociendo claramente que esta vez lo habían vencido --cabe señalar que Manuel Rosales no había sido derrotado en ninguna de las elecciones en las que ha participado--, impide que cualquier analista reniegue sobre la legitimidad de las elecciones y al estilo de López Obrador, desconozca la institucionalidad y arremeta contra el Poder Electoral. Pero no fue así, Chávez ganó y se adjudicó seis años más en el poder, sumando en total catorce años en la silla presidencial.
Venezuela se hartó de la corrupción y de la poca atención a los temas sociales. Algunos aseguran que la inversión en dichos temas, antes de la llegada de Chávez, era de poca a prácticamente nula. La falta de educación, salud y vivienda, como ejes fundamentales de una política social, estuvieron ausentes por más de veinte años. La gente perdió la esperanza de una vida mejor y desacreditó por completo a la clase política. Chávez encontró una Venezuela sin liderazgos nacionales, con una clase media inconforme y con índices de pobreza ideales para golpear al statu quo, iniciando así una revolución, que de silenciosa no ha tenido nada y que ha venido “profundizándose” durante el transcurso de su mandato.
Su discurso minutos después que la presidenta del Poder Electoral hizo público el primer reporte parcial de resultados, varió desde cambiar y acomodar a su antojo el Padre Nuestro, hasta proclamarse como la encarnación del pueblo, el sucesor de Bolívar y el creador del nuevo socialismo en el Siglo XXI. Realmente lamentable. Como demócrata no podemos rechazar la voluntad de un pueblo que ha aceptado ser conducido por un hombre con las cualidades de Hugo Chávez. Lo que nos queda, más que atacar la transparencia del proceso, es elogiar al candidato de la oposición.
Serenamente, flanqueado por su esposa, sus hijos y sus más cercanos colaboradores, Rosales tomó los micrófonos, diez minutos después que había concluido su discurso el presidente electo. Lo hizo resignado pero orgulloso. Exaltó el valor de más de tres millones de venezolanos y recordó que son más de veinticuatro millones de habitantes y que por tanto la gente está descubriendo los espejismos de la política social del gobierno de turno. En su cara se reflejaba la satisfacción por el deber cumplido, pero fue imposible obviar la frustración de no haber persuadido a miles y miles de venezolanos, empresarios, profesionales, estudiantes, sobre la lenta pero progresiva pérdida de las libertades de los venezolanos.
Sin embargo el problema no es la victoria de Chávez ni los seis años más que estará en la presidencia ni el anuncio que ha hecho de crear un partido único para perpetuarse en el poder hasta el año 2021. El problema realmente está en que la gente de las Américas crea que el proyecto bolivariano del actual presidente venezolano es perfectamente transferible a los distintos países de Centro y Suramérica. Para hacer populismo se necesita de recursos y el mandatario suramericano los tiene de sobra, no sólo para financiar sus propios proyectos sino para apoyar otros movimientos en la región, con tal de hacer surgir lo que él llama el socialismo bolivariano del nuevo siglo. Cualquier político que pretenda hacer lo mismo, debe tener claro que las posibilidades de frustrar a sus conciudadanos con promesas falsas son enormes.
Para los que estamos gobernando y para los que se consideran pro sistema, la lección está clara: apostémole a lo social; respetemos el Estado de Derecho; fortalezcamos las Instituciones; revisemos los ingresos y el gasto público; acerquémonos a la gente, sobre todo a aquella carente de oportunidades, y desde el sistema, como siempre lo hemos dicho, corrijamos sus imperfecciones. Sólo así podremos evitar que esa ola de radicalismo populista llegue a tocar suelo salvadoreño.
*Secretario de Asuntos Jurídicos y Legislativos de la Presidencia de la República.

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