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The New York Times
La igualdad de salarios suena bien, pero ¿tiene sentido?

Análisis. Un ejecutivo de Wal-Mart puede recibir 850 veces el sueldo de un empleado de la cadena w La diferencia podría no ser mala según economistas

Publicada 5 de diciembre de 2006, El Diario de Hoy

EDUARDO PORTER
El Diario de Hoy
negocios@elsalvador.com

El director ejecutivo de Wal-Mart Stores, H. Lee Scott Jr., percibió más de 15 millones de dólares el año pasado en metálico, acciones y opciones financieras, según el informe anual de la compañía, una suma equivalente aproximadamente 850 veces el salario del “socio” promedio de Wal-Mart que atiende a los compradores en el piso de una supertienda.

Scott ni siquiera pertenece al nivel más alto de la liga de disparidad de ingresos. Bruce E. Karatz, el ex director ejecutivo de la constructora KB Home, ganó 150 millones de dólares el año pasado, según Corporate Library, una firma de investigación. De acuerdo con estadísticas gubernamentales, un trabajador en la construcción de residencias percibe menos de esa suma dividida entre 4,000.

Los ejecutivos se atiborran de dinero en todos los sectores económicos de Estados Unidos. En un estudio publicado este año, los economistas Emmanuel Saez, de la Universidad de California en Berkeley, y Thomas Piketty, de la Ecole Normale Superieure, en París, reportaron que el 0.1 por ciento de estadounidenses con mayores ingresos perciben casi siete por ciento del total, la mayor porción desde la década de 1920.

No obstante, aunque el abismo entre los espléndidos paquetes de pagos otorgados en las suites ejecutivas de Estados Unidos y los salarios de los trabajadores debajo de ellos podría ser contrario a las nociones arquetípicas de equidad, los economistas subrayan que no toda desigualdad es mala. Aunque podría tener desagradables efectos secundarios, cierta desigualdad es necesaria para propiciar el crecimiento.

“Claramente, el igualitarismo perfecto no llevaría a un gran esfuerzo o una gran producción”, afirmó Lawrence Katz, economista de Harvard. “Si solamente hablamos de volver el pastel lo más grande posible, no queda claro qué nivel de desigualdad es mejor”.

Como cualquier otra diferencia en los precios, afirman los economistas, la desigualdad de ingresos permite a las personas y a las compañías asignar mejor las inversiones de dinero y trabajo. Las diferencias salariales alientan a los mejores y los más brillantes a unirse a las líneas de trabajo más redituables, y a las compañías más rentables a contratarlos. La desigualdad, de acuerdo con este punto de vista, ofrece un incentivo para trabajar más duro para subir a la cima.

Diferencias
La diferencia de talentos entre el ejecutivo número uno y el número 150 podría no ser muy grande, pero, cuando las compañía para las que trabajan son gigantes, estas pequeñas diferencias podrían traducirse en dinero de verdad. Al ir creciendo, los gigantes corporativos de Estados Unidos han elevado el pago a los ejecutivos en su búsqueda de conseguir a los mejores.

Unir a los mejores ejecutivos con compañías que puedan beneficiarse más con ellos, y por lo tanto pagarles el máximo, llevará a producir riqueza, aseguró Gabaix. “La desigualdad óptima es lo que dicte el mercado en un momento dado”, recalcó. En otras palabras, los esfuerzos por repartir el pastel en una forma más equitativa podrían reducir el tamaño del mismo.

En su estudio, Saez y Piketty hallaron que el reciente crecimiento ha sido más rápido en los países donde la parte de la riqueza que va a dar a los ricos se incrementó rápidamente, incluyendo a Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá, que en naciones más equitativas como Francia y Japón.

Por principio de cuentas, la creciente desigualdad les parecerá injusta a muchos, propiciando tensiones sociales. Pero hay preocupaciones más allá del temor al descontento. La creciente parte de los ingresos destinada a aquellos en la cima deja cada vez menos que repartir entre el resto de nosotros.

En un reciente estudio, Ian Dew-Becker y Robert Gordon, economistas de la Universidad Northwestern, hallaron que la mitad de los incrementos en los ingresos derivados del aumento de la productividad ente 1966 y 2001 fueron amasados por el 10 por ciento de personas que perciban más. Mientras tanto, los salarios de los trabajadores estadounidenses promedio apenas crecieron.

Una participación menor de las riquezas económicas de la nación no solamente disminuirá la parte de los trabajadores en el actual esquema social; también los dejará con escasos recursos para invertir en cosas económicamente cruciales como la educación. Asimismo, la creciente desigualdad entorpecerá el trabajo de equipo. Y, a fin de cuentas, podría destruir los incentivos. Si las recompensas del crecimiento económico son monopolizadas por aquellos que ganan más, el resto de nosotros podría tener pocas razones para esforzarse.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

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