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Esta boca es mía
Corrupción e impunidad

La Iglesia Cristiana, remanente bíblico de una sociedad en ruinas, es la titular genuina de la empresa restauradora.

Publicada 5 de diciembre de 2006, El Diario de Hoy

Marcel Orestes Posada*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Esta descomposición social que estamos sufriendo es resultado del rompimiento de lo que Durkheim llama conciencia colectiva o “sistema de creencias y sentimientos morales de una sociedad”.

Tal descomposición puede ser, a mi parecer, representada gráficamente por un círculo dividido por una cruz en cuatro áreas: desvalorización, corrupción, impunidad e incredibilidad, intercomunicadas en feed back, corriente alterna que desencadena y robustece una espiral sin fin, así:

1. Desvalorización. Todo comienza en una fisura estructural por la cual escapa el fluido nutriente de los valores éticos. El antiguo paradigma cristiano de solidaridad, manifestado como amor al prójimo, es sustituido por el egoísmo. Hay quienes buscan sólo su provecho, cualesquiera sean los medios.

La desvalorización es impulsada por factores tales como: a) Consumismo. Su inducción creciente hace creer que la persona vale por lo que tiene, no por lo que es. b) Transculturización.

El denominado efecto de demostración que rige en los países desarrollados, donde la gente vive rodeada de comodidades, en la opulencia a veces, concitar la codicia en las otras naciones. c) Violencia, armas, sexo. El mensaje subliminal o manifiesto ha hecho creer que la violencia, a veces armada, el libertinaje sexual, son medios, señales o ventajas del disfrute hedonista.

Al trastocar la escala de valores, priorizar el interés material y desechar las cosas del espíritu, se tiene el caldo incubador de la corruptela en gran escala. Muchos estarán listos para embarcarse sin escrúpulos en cualquier aventura de cuello blanco, incluso el delito común, si pueden.

2. Corrupción. Cuando una persona o un grupo se hace con cierto poder (no necesariamente el político) y alarga la mano hacia el dinero fácil, la gradiente tener poder/poder tener acelera el ritmo, de modo que rompe los frenos morales. La pérdida de valores, entonces, cae cascadamente por gravedad hasta los estratos inferiores de la estructura social.

Quien más consigue en el menor tiempo y con mínimo esfuerzo, es el ejemplo emulable, porque apropiar recursos públicos o privados y hacer oscuros negocios, abusar del poder en fin, dan prestigio ante las almas lábiles. Ha estallado así la corrupción.

3. Impunidad. De dos maneras se garantiza al corrupto que no será sancionado por su crimen (cierto fiscal o policía dijo hace poco que esto ¡no es crimen!): a) Adecuación legal. Se acomoda la ley, se crean vacíos legales o se omite legislar, de suerte que se ofrece amplio poder discrecional e ilusoria transparencia. Ello explica por qué algunas instituciones carecen de normas sobre su manejo interno o las tergiversan. Recuérdese la minusvalidación de la Sección de Probidad de la CSJ (a lo cual me opuse, a mucha honra). b) Adecuación institucional.

Las instituciones son diseñadas para que estén al arbitrio de autoridades ad hoc, a veces ya comprometidas con la corrupción, en lo que yo llamo club de colas pateadas. Por esto algunos entes del gobierno, grupos o individuos con poder deciden cuándo, cómo y a quiénes acusar o acosar “legalmente”; mientras la población, con algún circo y escaso pan, sigue el señuelo distractor de las jugarretas politiqueras y el remedo (ojalá que no) de antejuicios y juicios destinados a diluirse en el arreglo tapa-bocas, en la amenaza si no, en una eternidad herrumbrada de olvidos. ¡Brilla la impunidad!

4. Incredibilidad. Si el círculo vicioso se inicia con la pérdida de valores, si esto levanta compuertas a las aguas negras de la corrupción y luego se garantiza la impunidad, la población pone su cuota como la última sección que cierra el círculo: no cree ya en nadie ni en nada, desconfía por igual de todos, corruptos y honestos (para complacencia de los primeros), desolada y resignada en yermo sin otero de esperanza.

Hay una manera, empero, de transformar el círculo, de vicioso en virtuoso: si la crisis comenzó con desvalorización, el remedio es la revalorización o, mejor, remoralización, la cual podrá ser emprendida únicamente por los líderes espirituales, no por los social-civiles, menos por los políticos. La Iglesia Cristiana, remanente bíblico de una sociedad en ruinas, es la titular genuina de la empresa restauradora, para que un día podamos disfrutar un nuevo círculo pleno de jugocidades éticas, que habrá convertido desvalorización en revalorización, corrupción en probidad, impunidad en justicia, incredibilidad en confianza. La conversión será lograda bajo el signo de la Cruz, que no divide sino junta solidariamente bajo el amor de Dios.

*Dr. en Derecho y MAE INCAE. marceloposada_54@ hotmail.com

 

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