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Marcel
Orestes Posada*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Esta descomposición social que estamos sufriendo es resultado
del rompimiento de lo que Durkheim llama conciencia colectiva o “sistema
de creencias y sentimientos morales de una sociedad”.
Tal descomposición puede ser, a mi parecer, representada gráficamente
por un círculo dividido por una cruz en cuatro áreas: desvalorización,
corrupción, impunidad e incredibilidad, intercomunicadas en feed
back, corriente alterna que desencadena y robustece una espiral sin fin,
así:
1. Desvalorización. Todo comienza en una fisura estructural por
la cual escapa el fluido nutriente de los valores éticos. El antiguo
paradigma cristiano de solidaridad, manifestado como amor al prójimo,
es sustituido por el egoísmo. Hay quienes buscan sólo su
provecho, cualesquiera sean los medios.
La desvalorización es impulsada por factores tales como: a) Consumismo.
Su inducción creciente hace creer que la persona vale por lo que
tiene, no por lo que es. b) Transculturización.
El denominado efecto de demostración que rige en los países
desarrollados, donde la gente vive rodeada de comodidades, en la opulencia
a veces, concitar la codicia en las otras naciones. c) Violencia, armas,
sexo. El mensaje subliminal o manifiesto ha hecho creer que la violencia,
a veces armada, el libertinaje sexual, son medios, señales o ventajas
del disfrute hedonista.
Al trastocar la escala de valores, priorizar el interés material
y desechar las cosas del espíritu, se tiene el caldo incubador
de la corruptela en gran escala. Muchos estarán listos para embarcarse
sin escrúpulos en cualquier aventura de cuello blanco, incluso
el delito común, si pueden.
2. Corrupción. Cuando una persona o un grupo se hace con cierto
poder (no necesariamente el político) y alarga la mano hacia el
dinero fácil, la gradiente tener poder/poder tener acelera el ritmo,
de modo que rompe los frenos morales. La pérdida de valores, entonces,
cae cascadamente por gravedad hasta los estratos inferiores de la estructura
social.
Quien más consigue en el menor tiempo y con mínimo esfuerzo,
es el ejemplo emulable, porque apropiar recursos públicos o privados
y hacer oscuros negocios, abusar del poder en fin, dan prestigio ante
las almas lábiles. Ha estallado así la corrupción.
3. Impunidad. De dos maneras se garantiza al corrupto que no será
sancionado por su crimen (cierto fiscal o policía dijo hace poco
que esto ¡no es crimen!): a) Adecuación legal. Se acomoda
la ley, se crean vacíos legales o se omite legislar, de suerte
que se ofrece amplio poder discrecional e ilusoria transparencia. Ello
explica por qué algunas instituciones carecen de normas sobre su
manejo interno o las tergiversan. Recuérdese la minusvalidación
de la Sección de Probidad de la CSJ (a lo cual me opuse, a mucha
honra). b) Adecuación institucional.
Las instituciones son diseñadas para que estén al arbitrio
de autoridades ad hoc, a veces ya comprometidas con la corrupción,
en lo que yo llamo club de colas pateadas. Por esto algunos entes del
gobierno, grupos o individuos con poder deciden cuándo, cómo
y a quiénes acusar o acosar “legalmente”; mientras
la población, con algún circo y escaso pan, sigue el señuelo
distractor de las jugarretas politiqueras y el remedo (ojalá que
no) de antejuicios y juicios destinados a diluirse en el arreglo tapa-bocas,
en la amenaza si no, en una eternidad herrumbrada de olvidos. ¡Brilla
la impunidad!
4. Incredibilidad. Si el círculo vicioso se inicia con la pérdida
de valores, si esto levanta compuertas a las aguas negras de la corrupción
y luego se garantiza la impunidad, la población pone su cuota como
la última sección que cierra el círculo: no cree
ya en nadie ni en nada, desconfía por igual de todos, corruptos
y honestos (para complacencia de los primeros), desolada y resignada en
yermo sin otero de esperanza.
Hay una manera, empero, de transformar el círculo, de vicioso en
virtuoso: si la crisis comenzó con desvalorización, el remedio
es la revalorización o, mejor, remoralización, la cual podrá
ser emprendida únicamente por los líderes espirituales,
no por los social-civiles, menos por los políticos. La Iglesia
Cristiana, remanente bíblico de una sociedad en ruinas, es la titular
genuina de la empresa restauradora, para que un día podamos disfrutar
un nuevo círculo pleno de jugocidades éticas, que habrá
convertido desvalorización en revalorización, corrupción
en probidad, impunidad en justicia, incredibilidad en confianza. La conversión
será lograda bajo el signo de la Cruz, que no divide sino junta
solidariamente bajo el amor de Dios.
*Dr. en Derecho y MAE INCAE. marceloposada_54@ hotmail.com

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