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Alejandro
Alle*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Una de las actividades económicas menos comprendidas por el público
en general, y que ¿paradójicamente? peor fama tiene, es
la que se desarrolla en los “mercados de futuros”.
Es cierto, criticar lo que no comprendemos es un primitivo mecanismo de
defensa al que apelamos los humanos (y que los políticos son expertos
en activar…, ¡oops!), a lo cual se suma que tales mercados
reciben, nada casualmente, la poco atractiva denominación de “especulativos”.
Poco entendimiento, mucho temor, y apodo diabólico (cocktail perfecto).
En verdad sería más adecuado hablar de los “contratos
a término”, o “forward”, denominación
genérica que incluye a los “contratos de futuros” como
un caso particular. Muy bien, pero, ¿qué son?
Los contratos a término son acuerdos entre dos partes, mediante
los cuales una de ellas se compromete a comprarle a la otra una cantidad
determinada de cierta mercadería, a un precio convenido. Hasta
aquí no hay nada extraño, ¿cierto?
Y en lo que sigue tampoco…, pues la característica distintiva
de los contratos a término es que aunque el convenio se acuerda
en el presente, el intercambio de mercaderías por dinero se hará
efectivo en un momento específico del futuro.
Es decir, si usted quiere comprar café a futuro, y necesita que
le sea entregado en julio del 2007, el viernes pasado lo hubiera conseguido
a 129.90 dólares el quintal, precio de Nueva York.
¿Dónde están esos valores? Usted puede encontrarlos
no muy lejos…, en la página llamada “Pulso” de
la sección Negocios de este mismo ejemplar: busque en la columna
de la derecha, y encontrará para julio un precio similar a 129.90,
aunque probablemente no igual, pues varían día a día.
¡Ah!, si quiere alardear con sus amigos, compare los precios de
alguna mercadería que cotice futuros, sea petróleo, cobre,
café o azúcar: si el precio actual es superior al futuro,
quizás por algún trastorno circunstancial en el transporte
o en la distribución, habrá “backwardation”:
la curva del gráfico estará “Cuesta abajo”,
como el tango que Gardel grabó en Nueva York en 1934.
En caso contrario, se hablará de “contango” (seguimos
con reminiscencias gardelianas…, ¡salud!, maestro), que es
cuando los precios de entrega futura son más altos que los precios
de entrega inmediata. Y la curva apuntará hacia arriba.
Ahora bien, ¿por qué existen tales contratos? Para las empresas
que procesan y comercializan café, por ejemplo, los dos principales
objetivos son tratar de ganar dinero en su actividad industrial…,
y limitar posibles pérdidas por eventuales aumentos en los precios
de su materia prima.
Claro, el “costo” de limitar tales pérdidas es “sacrificar”
posibles ganancias por eventuales disminuciones en los precios de tales
materias primas (obvio, ¿o usted las quiere a todas?).
Es por ello que ciertas empresas, de determinado tamaño y muy expuestas
a las variaciones de precios de algún material clave, deciden eliminar
dicho factor de riesgo “fijando precios a futuro” con su proveedor,
de igual forma que lo hacen las aerolíneas cuando limitan su exposición
a las variaciones de precios de combustible, comprando contratos a término.
Son realmente “seguros ante variaciones de precio de algún
insumo crítico”, que le permiten a un productor vender su
producción futura a precios garantizados, y a un comprador adquirir
sus insumos futuros a precios también garantizados.
Y en el medio suele estar el “especulador”…, comprando
y vendiendo contratos de futuros, a su entero riesgo, y según cómo
vaya viendo que se comporta el mercado.
La definición de “especular” que nos da el diccionario
de la Real Academia Española en este contexto es “efectuar
operaciones comerciales o financieras, con la esperanza de obtener beneficios
basados en las variaciones de los precios”.
En efecto, los especuladores tratan de ganar dinero, aunque muchas veces
lo pierden…, tomando riesgos que otros no quieren tomar.
Pero hacen también algo fundamental, como es mantener aceitado
el sistema de precios, facilitándole (involuntariamente, claro)
a vendedores y compradores la toma de decisiones en sus negocios.
Quizás sea gracias a los mercados de futuros que jamás nos
veremos obligados a tomar “El último café”,
claro que tampoco faltará el “Cambalache” que sin entender
cómo funcionan los mercados, siempre se quejará de ellos.
Ocurre que la realidad suele confirmar que “el que no llora no mama”
(¡oops!). Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE,
Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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