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Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Alcanzar las bodas de oro es un reto a la desintegración familiar tan en boga, un reto a la adversidad que atraviesa ahora el matrimonio y a los antivalores que están actualmente rigiendo el mundo; es un canto al triunfo del amor sólido de una pareja, a la autodeterminación de la superación de las dificultades, y un testimonio de inagotable lucha en defensa del bienestar de los hijos y de la familia, base de toda sociedad.
La vida matrimonial es como una barca en el mar, muchas veces navegando en apacibles olas --alegrías, logros, placeres-- y otras, en olas agitadas por las tempestades de las eternas vicisitudes de las que nadie escapa.
Estas sólo pueden vencerse si la embarcación está construida con las fuertes maderas del profundo amor, respeto, comprensión, lealtad, apoyo mutuo, comunicación, y unidas con pernos de acero inoxidable del perdón ante errores humanos que como tales, podrán cometerse, pero principalmente dejando a Dios como capitán del timonel.
La historia de nuestra vida matrimonial que alcanzó ya esas doradas bodas, entre mareas altas y bajas, es similar a la de tantos matrimonios que han arribado a ese puerto seguro.
Reparé en mi esposo por primera vez, cuando tendría unos doce años y él veinte. Alto y atractivo, me llamó la atención aún a mi corta edad. Impensable que sería mi esposo algún día.
Varios años después, al regresar del colegio en el exterior, fue él quien entonces reparó en mí. Nuestro encuentro dio paso al amor.
Unos dos años más tarde contrajimos nupcias en las románticas Lomas de Chapultepec en México.
Al año de casados tuvimos una de las más grandes alegrías que alcanza una pareja, tener su primer hijo. Fue una niña, Evangelina, a la que siguieron seis más, Julia Regina, Beatriz y Claudia (gemelas), Alexandra, Leonora y Valeria.
Posiblemente al principio nos habría gustado tener algún varón, pero éste nunca hizo falta porque nuestras hijas a través de la vida, nos lo compensaron con creces. Todas con carreras universitarias y algunas con maestrías, nos han colmado de orgullo. Por otro lado, entre los veintidós nietos que nos han dado, hay más hombres --(12)--, que mujeres.
Una de las cosas más importantes para que un matrimonio subsista, es recordar que aunque la vida familiar llena un espacio emocional fundamental muy gratificante, es necesario separar la vida familiar de la vida de pareja, para enriquecer y proteger la vida afectiva, que nos proporciona esa complicidad y sensualidad propias de la relación romántica, que conserva viva la llama del amor.
La admiración al cónyuge también es indispensable.
La admiración hacia mi esposo nació desde el inicio, conservándose siempre. Graduado de ingeniero agrícola, de Texas A&M, con maestría en la siembra de arroz por inundación, obtenida en las estaciones experimentales de arroz de Beaumont Texas, y Crowley Luisiana, fue siempre admirable trabajador, inteligente y tenaz.
En aquel entonces, él y su hermano Guillermo, decidieron desarrollar la Hacienda El Nilo --de condición pantanosa--, sembrando arroz por inundación. Mi esposo tuvo a cargo la parte agrícola y su hermano la administrativa.
Pero poco tiempo después un virus --hoja blanca-- destruye la industria arrocera de Latinoamérica, causando cuantiosas pérdidas económicas.
Mi esposo poniendo en práctica los conocimientos adquiridos, instala la primera estación experimental privada de Latinoamérica, obteniendo, mediante sus investigaciones genéticas y tecnología, las primeras variedades de semilla resistentes al virus --Nilo 1 y Masol--, que revolucionaron la región, habiéndose publicado sus logros en varias revistas internacionales, siendo visitada su propiedad por presidentes y ministros de agricultura de Centroamérica.
Este evento fue uno de los que marcaron más mi admiración de esposa, pues ciertamente él fue el héroe anónimo que entonces salvó de la bancarrota a la industria arrocera.
En conclusión, para conservar funcionando el matrimonio, les traslado nuevamente una receta que un día recibí por e-mail, pero ahora mejorada por mi:
Colar 5 lbs. de recuerdos, quitándoles las partes agrias e inservibles. Agregarle 1 lb. de sonrisas, mezcladas con 100 cucharadas de besos y ternura, y mover hasta formar una pasta dulce. Incorporar una lata de amor, 10 paquetes de alegrías, logros, orgullos y satisfacciones, lavadas y mezcladas con 2 lbs. de “aguante” y varias cucharadas de paciencia al gusto, hornear durante toda la vida en el horno de tu corazón y disfruta del más exquisito manjar de felicidad.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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