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Tema para meditar
Dios escondido, Dios deseado

Entre muchos físicos no creyentes, Dios, o al menos su vaga silueta, se deja entrever al fondo, especialmente cuanto más y mejor se conoce el universo

Publicada 4 de diciembre de 2006, El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

El ateísmo no es una evidencia sino una creencia negativa: “Creo que no existe Dios” o, más modestamente, “no veo datos evidentes de que exista”. Es una ceguera y debería ser por tanto menos arrogante de lo que habitualmente aparece.

Hoy día no puede ampararse en la ciencia actual. De hecho, muchos ilustres científicos sin fe se mueven dentro de los límites modestos del agnosticismo, que no afirma su existencia pero tampoco la niega. Y como bien dice un físico nuclear polaco, J.A. Janik,“tengo respeto al agnosticismo en los físicos. Pero cuando dicen que son agnósticos porque son científicos, hacen una extrapolación. Pueden serlo, pero no partiendo de la física. Hay que ser ateos honestos”.

Y es que el principio antrópico de Brandon Carter que mencionaba en mi artículo anterior -- “todo parece dirigido en las leyes del universo a hacer posible la aparición de los seres humanos”-- se va imponiendo. Así Fred Hoyle, que no practica ninguna religión, admite que “una inteligencia superior debe estar guiando la vida”.

Y es que los parámetros fundamentales que rigen la física y la biología, parecen haber sido ajustadas para permitir que surgieran seres humanos. De hecho todos los astrofísicos, creyentes y no creyentes, admiten que modificar lo más mínimo esos valores habría hecho perder al átomo su integridad, que ninguna galaxia hubiese podido permitir la vida, o que después del gran estallido y expansión del universo se hubiera producido el colapso de todo ello. Stephen Hawkins, no creyente, así lo admite.

El físico J. Polkinghorne, de la Universidad de Cambridge afirma: “Cuando uno se da cuenta de que las leyes de la naturaleza tienen que estar coordinadas con máxima precisión para que den como resultado el universo visible, es difícil resistirse a la idea de que el universo no es casual, sino que tiene que haber un propósito en él”. Por eso Hoyle concluye que “el universo parece un trabajo de montaje”.

Y Paul Davies, que tampoco es hombre de fe religiosa, asegura: “A través de mi labor científica he llegado a creer más y más fuertemente que el universo físico está ensamblado con una dosis de ingenio tan sorprendente que no puedo aceptarlo simplemente como un hecho brutal.

Ha de haber, pienso, un nivel más profundo de explicación. Si uno quiere llamar Dios a ese nivel, es una cuestión de gusto y definición”. Desde luego no es una cuestión de gusto, sino de límite: hasta donde puede llegar una razón científica lúcida, honesta. Más allá hay otros argumentos a favor de Dios pero son en otro terreno.

El famoso escritor de “las Crónicas de Narnia”, C.S. Lewis, converso al cristianismo y que no es un científico nuclear, añade un argumento ingenioso contra la idea de un universo puramente material de donde surgen, por casualidad, los seres humanos: “¿Cómo podría un universo idiota haber producido criaturas cuyos solos sueños son mucho mejores, más vigorosos y sutiles que él mismo?”.

Algunos abordan el asunto con humor, como Robert Jastrow ,que imagina a los científicos como unos esforzados escaladores en la difícil montaña de la ignorancia. Y así, dice:

“Cuando el científico está por conquistar el pico más alto, mientras se arrastra por la última roca, es saludado por una pandilla de teólogos que han estado sentados, allí arriba, durante siglos”. Otros fueron más allá y del ateísmo llegaron a la fe, a través de la ciencia.

Así Allan Sandage, astrónomo, ateo desde niño, a los 50 años reconoció la existencia de Dios. “La ciencia --dice-- fue la que me llevó a la conclusión de que el mundo es mucho más complejo de lo que la propia ciencia puede explicar. El misterio de la existencia sólo puedo explicármelo mediante lo sobrenatural”.

Por supuesto que tampoco los creyentes pueden probar, por razones de astrofísica o de cualquiera otra ciencia empírica, la existencia de Dios de manera que convenza a las personas. Los caminos de la fe son distintos. La ciencia y la religión son saberes autónomos. Hubert Reeves, lo ve bien cuando dice: “Contrariamente a una opinión muy difundida, la ciencia no elimina a Dios. Pero no puede probar su existencia ni su inexistencia.

Ese discurso le es extraño”. Como él, muchos otros, por ejemplo J.A. Janik, que afirma: “En la ciencia se llega a un punto en el que no es posible la pregunta de por qué existe algo en vez de nada. Eso es una cuestión puramente filosófica. Si Dios existe es una cosa que no puede contestar la ciencia. La ciencia nos lleva a la metafísica que posee un grado de abstracción superior a la física”.

No, no es la astrofísica un camino para negar la existencia de Dios ni para probarlo, pero ya se ve que, entre muchos físicos no creyentes, Dios, o al menos su vaga silueta, se deja entrever al fondo, especialmente cuanto más y mejor se conoce el universo en sus intrincadas, sutiles y precisas leyes.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy.
lfcuervo@telemovil.net

 

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