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Teresa
Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
En enormes vallas publicitarias en lugares estratégicos de gran
circulación, se anuncia la programación en lunes, miércoles
y viernes, a partir de las 10 de la noche, sólo para adultos, al
lado de una fotografía sugerente y del título de la serie,
evidentemente importado de España, ya que en este país el
nombre vulgar para designar los senos femeninos empieza con ch de chucho.
Si aquí hay libertad de expresión, eso supone el derecho
de elegir, en los medios de comunicación, lo que a cada uno nos
da la gana leer, ver o escuchar de acuerdo a sus gustos, sean éstos
elegantes, sofisticados, vulgares, timoratos o ridículos. Pero
nadie puede imponernos lo que va en contra de nuestros principios o aficiones.
Es, pues, un abuso y una intromisión anunciar públicamente,
un programa dirigido a un mercado específico que disfruta ese tipo
de series. Es una burla que pongan que es sólo para adultos y en
horas nocturnas, si las vallas están a las vista de todos los niños.
La televisión es un excelente transmisor de cultura, al que damos
cabida en nuestro hogar, eligiendo cuidadosamente el modelo que más
nos convenga y preparando su llegada, como si fuera un miembro más
de la familia. Se coloca en un lugar conveniente y gran parte de las actividades
del hogar transcurren alrededor de esta invitada. Pero por supuesto, que
este lugar de confianza se le ha dado con las restricciones que rigen
en la casa donde ha llegado.
Precisamente aquí reside el derecho que los padres tenemos de elegir
lo que queremos y permitimos que nuestros hijos vean, evitando un estilo
de vida distorsionado y contrario a nuestras creencias y a los principios
que estamos tratando de inculcar.
Si tuviéramos una amiga de infancia, que luego llevó una
vida disoluta, deshizo su matrimonio y el de otras de sus amigas, es lesbiana,
cree en el amor libre y disfruta relatando sus escandalosas experiencias,
seguro que no sería una invitada a nuestro hogar, ni le permitiríamos
compartirlas con nuestros hijos.
¿Por qué entonces se lo tenemos que admitir a la televisión?
En casa, es nuestro el derecho de encenderla o apagarla, elegir un canal
u otro que consideremos más adecuado así como la programación
de nuestra preferencia. Pero el tipo de publicidad a que nos referimos,
atropella nuestros derechos y nuestra intimidad, presentando imágenes
y mensajes de evidente vulgaridad, poco constructivos y nada formativos.
Vale recordar que la primera obligación de los medios de comunicación
es fomentar la cultura para elevar el nivel educativo del país,
que deja mucho que desear. Si los jóvenes no tienen el hábito
de la lectura, y es con gran esfuerzo que los profesores intentan introducirlos
al mundo de los grandes clásicos, es responsabilidad de los medios,
elegir programas que ayuden al país a salir de la miseria moral
y espiritual en que vivimos y que es la causa de la tremenda desintegración
familiar que nos abate.
Hay una estrecha relación entre pornografía, sexo desenfrenado,
violencia y proliferación de enfermedades de transmisión
sexual. Anuncios de este tipo son como echar gasolina en el fuego de tantos
muchachos sin familia, con tendencia a la droga, carentes de principios
morales y esclavos de sus apetitos que los inducen a violaciones y crímenes
nunca antes imaginados.
Cuando Ted Blundley fue condenado a muerte por el asesinato y violación
de varias decenas de mujeres, incluyendo niñas y ancianas en los
Estados Unidos, la víspera de su ejecución declaró
enfáticamente que el niño tímido y apocado que él
había sido, se había convertido en el asesino despiadado
gracias a la lectura de revistas pornográficas. Y anunciaba un
panorama mucho más desolador para los jóvenes de su país,
si no se ponía un paro a la mal llamada pornografía blanda.
Por respeto a la inocencia de los niños y al derecho de los padres
de escoger nuestro estilo de educarlos, pedimos un control en la publicidad
y el retiro de las vallas de los programas sólo para adultos y
con horarios nocturnos.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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