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Carlos
Alberto Montaner*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
¿Hay un Islam liberal? La Internacional Liberal apuesta a que
sí. A mediados de noviembre, varios centenares de representantes
de unos 90 partidos e instituciones liberales de todo el mundo se reunieron
en Marrakech, Marruecos, para hablar de democracia y desarrollo. No obstante,
sin proclamarlo a voz en cuello, existía otro delicado propósito
subyacente: fortalecer las débiles tendencias liberales que existen
en las naciones mahometanas. Veintinueve partidos del mundo islámico
estuvieron representados en el evento, además de los anfitriones
marroquíes. Venían de países como Egipto, Iraq, Turquía
e Indonesia. No faltó, incluso, un invitado procedente de la Autoridad
Palestina.
Se trataba del 54 Congreso de la IL, una federación de políticos
y pensadores liberales clásicos procedentes de 80 naciones, creada
en Londres en 1947 para defender la libertad, los derechos individuales
y el mercado, con el objeto de evitar el resurgimiento del fascismo y
los entonces furiosos espasmos imperiales de los soviéticos.
El actual presidente de la Internacional Liberal es Lord John Alderdice,
un brillante psiquiatra y político norirlandés, que ha trabajado
exitosamente por la pacificación de esa conflictiva región
de Inglaterra.
Alderdice no tiene duda: sólo los mahometanos liberales, tolerantes
y demócratas pueden persuadir a las masas fanatizadas y frenar
a los mahometanos fundamentalistas. Esa es una batalla que debe librarse
en el interior del Islam. Occidente puede hacer muy poco desde el exterior.
Al cristianismo le sucedió algo parecido. Lentamente, a lo largo
de casi mil años de enfrentamientos intelectuales y de violentas
guerras libradas en los campos de batalla, el fundamentalismo cristiano
fue perdiendo poder y atributos hasta que se abrieron paso la noción
del Estado laico y la libertad de conciencia.
En el trayecto quedaron millones de cadáveres y una terrible historia
de barbarie e injusticias, que alcanzó el súmmum de la abyección
y la furia con la Inquisición, la quema de brujas y las guerras
religiosas de los siglos XVI y XVII.
La intención
es muy buena y la estrategia de la IL es correcta, pero las posibilidades
de éxito a corto o medio plazo son muy limitadas. Un musulmán
verdaderamente liberal tendría que luchar por la igualdad de las
mujeres y el fin de la utilización del Corán como fuente
de Derecho, eliminándole especialmente su función de Código
Penal.
Tendría que enfrentarse a las fatuas brutales de esos imanes que
condenan a muerte a los escritores discrepantes. Tendría que denunciar
el carácter guerrerista de un credo religioso que consagra la virtud
de la yihad (al menos para los fundamentalistas) y divide al mundo en
dos mitades: la que ya ha sido sometida al Islam y la que en el futuro
debe ser conquistada para gloria de Alá y su profeta Mahoma.
Pero ni siquiera esas heroicas batallas constituyen la parte más
difícil de la inmensa tarea que tienen por delante los musulmanes
liberales. El trago más amargo, pero inevitable, es defender paladinamente
el derecho de Israel a existir como una nación independiente y
pacífica junto a un Estado palestino igualmente libre y en paz.
Ése es el nudo gordiano. Ése es el factor que hoy envenena
las relaciones entre Occidente y el Islam y alimenta a los fundamentalistas
más peligrosos y destructivos.
Es verdad que algunos países como Egipto, Jordania y Líbano
reconocen, de facto, la legitimidad del Estado israelí, pero la
clave de la paz está en persuadir al resto de las sociedades y
gobiernos árabes, y en primer lugar a los palestinos, de que no
es moralmente aceptable ni prácticamente posible destruir al Estado
de Israel, y mucho menos “echar los judíos al mar”,
como cruelmente pretenden los antisemitas más delirantes.
Y luego queda el grave problema del apremio del tiempo. No hay mucho disponible.
En Irán manda un déspota iluminado, Mahmud Ahmadineyad,
que una y otra vez repite que hay que “borrar del mapa” a
Israel, mientras construye frenéticamente un arsenal nuclear.
Este loco, convencido de que es un enviado de Alá, cuando disponga
de bombas atómicas no vacilará en usarlas contra su enemigo
religioso, porque esas armas no tienen una función defensiva: ninguna
nación amenaza a Irán. Más aún: paradójicamente,
al eliminar a Sadam Hussein y entregarles el poder a los chiítas,
Estados Unidos liquidó a los adversarios iraquíes de Teherán
e instaló en Bagdad a un gobierno potencialmente aliado de los
persas.
El conflicto nuclear en el Medio Oriente, pues, no es una posibilidad
remota. Está ahí, a la vista, y la mecha está en
manos de los fundamentalistas islámicos. ¿Quiénes
pueden arrebatársela y apagarla? Tal vez los islamistas liberales.
Es una tarea ciclópea, pero, si fracasan, el holocausto en esta
oportunidad acabará con la vida de decenas de millones de seres
humanos y desestabilizará a medio planeta. Dios, Jehová
y Alá nos cojan confesados. (Firmas Press).
*El autor estuvo presente en Marrakech, es vicepresidente
de la Internacional Liberal desde 1992. E-mail: www.firmaspress.com

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