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Sida entró en su vida, pero no calló
su voz
Tiene
más razones que otros para esconderse, pero no lo hace. Es mujer,
vive en el campo y carece del respaldo de una asociación. Paty,
sin embargo, habla de frente
Publicada 2 de diciembre de 2006 , El Diario
de Hoy
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| Sin miedo. Patricia Arias, de 28 años,
decidió salir de las sombras del sida y dar una voz de alerta
a otros. Foto EDH |
Mirella Cáceres
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Patricia Arias parece no temer a nada, ni siquiera al virus del sida
que vive en su cuerpo hace seis años. Acepta la enfermedad como
algo inevitable, pero con la convicción de ganarle “pequeñas
batallas” gracias al tratamiento antirretroviral que recibe en el
Hospital Nacional “Jorge Mazzini” de Sonsonate, desde octubre
de 2004.
Paty, como le gusta que le llamen, habla de su enfermedad con la normalidad
de quien padece un simple catarro o un dolor de cabeza. Su testimonio
tiene nombre y apellidos, no se esconde en las primeras letras; su rostro
tampoco, quiere ser la imagen de una forma de lucha.
“Yo sé que muchos ocultan su condición de portador
por miedo al rechazo de la sociedad y no entienden que eso es lógico
porque la gente no está bien informada. Yo, cada vez que tengo
la oportunidad, le hablo a todo el que puedo para que no caigan en mi
misma situación”, acota la joven de 28 años.
Las ganas le sobran. Cada vez que puede entabla conversación con
el que va sentado a su lado en el bus, con los vecinos y con aquellos
que encuentra cuando va al hospital para los controles.
Aunque Paty reside en el Cantón Llano de Doña María,
en Ahuachapán, es parte de los 1,300 casos acumulados que registra
Sonsonate, el segundo departamento con más personas con VIH/Sida
después de San Salvador.
Fuera de la capital y de los activistas asociados es, quizás, el
único rostro visible de la epidemia. “Mis vecinos saben lo
que yo tengo porque se los he contado, pero muchos no me creen porque
me ven alentada y activa, quizá esperan verme tirada en una cama”,
relata Patricia con risa.
Su mirada, un tanto melancólica, contrasta con la valentía
de sus palabras cuando confiesa que la enfermedad le sorprendió
cuando se dejó envolver por un hombre “muy guapo”.
Entonces tenía 22 años. Se enamoró y vivió
con él un año y medio.
Lo conoció en una cantina de Acajutla, donde trabajaba como cajera.
Un día, la relación terminó. Él agarró
su camino y ella el suyo. Fue hasta hace tres años que Paty se
enteró de que el marido le había dejado algo más
que una niña.
“Fue él quien me infectó y mi hija nació positiva,
ella también está en tratamiento en el Hospital Bloom. Sé
que el papá de la niña está en fase terminal del
sida, pero hasta ahora se resiste a hacerse la prueba”, afirma.
La enfermedad la ha confinado a hacer trabajos domésticos y se
ha refugiado en el cristianismo evangélico. Sus padres le han dado
la espalda, pero recibe el apoyo de sus hermanas y su abuela.
Paty, quien apenas cursó el segundo grado en la escuela y trabajó
desde niña, ha logrado moldear su rol frente a la epidemia y pregona
la importancia de la prevención.
“Yo le digo a las mujeres infectadas, como yo, a que no tengan miedo
de hablar de la enfermedad, a que seamos libres”.
“Soy positivo, no me importa si me juzgan”
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| Control. Josué no falta a sus citas médicas.
Foto EDH |
A Josué no le intimida hablar como una persona infectada, pero
prefiere mantenerse en el anonimato por respeto a su familia. Un grupo
humano que siempre le ha brindado el apoyo moral desde hace un año
y medio cuando le diagnosticaron el VIH.
“Si se enteran de que soy positivo, me tiene sin cuidado, no me
importa si me juzgan”, dice Josué, un homosexual de 22 años,
y residente en Nahuizalco.
Acostumbrado a tener varias parejas desde los 16 años y a protegerse,
el amor y la confianza en una de ellas acabó por infectarlo.
“Lo conocí en una discoteca y fuimos una pareja estable nueve
meses, yo confié en él y me descuidé, por eso cuando
me enteré que era positivo me entró una rabia y sentí
que el mundo se me derrumbaba”.
Josué nunca tuvo síntomas propias del VIH como diarreas,
fiebres o algún problema en la piel, pero la costumbre de hacerse
la prueba cada seis meses, le adelantaron una noticia que de otra forma
hubiese conocido años después. Aún no está
en tratamiento antirretroviral, pero si bajo control médico en
el Hospital de Sonsonate.
La fuerza de sus 22 años la canaliza a su manera. “Nunca
me he deprimido ni me siento discriminado, tengo el apoyo de mi familia
y busco más a Dios. Sigue activo sexualmente, pero me protejo,
porque no creo en la abstinencia”, asegura.

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