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Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
No
hay duda de que el anonimato que da la multitud favorece que aflore el
verdadero yo de las personas. El miércoles pasado, el gentío
que asistió al estadio pasó del más ferviente patriotismo
(mientras jugaban los más jóvenes), al desprecio por la
selección nacional de fútbol. Pues ¿qué es
sino desprecio vivar al contrario y abuchear a los propios?
Últimamente da la impresión de que el afán de ganar
está quitando protagonismo al juego mismo. Pero, ganar a cualquier
precio, a toda costa, no es bueno. Ir al estadio a ver ganar y exaltar
el triunfo como si fuera lo único importante, es ver sólo
una parte de la situación y pensar que eso es todo.
La misma gente que vivó a la selección sub diecisiete luego
se burló con sarcasmo de la selección mayor de fútbol
al ponerse del lado del equipo de Panamá, celebrando ostensiblemente
sus aciertos y rechiflando el juego de los nacionales.
Lo peor no es la injusticia, pues en la cancha se veía que, más
que en otras ocasiones (ya teníamos casi dos años de no
ver una actitud así), muchos de los jugadores estaban poniendo
todo de su parte, sacando el mejor provecho posible de una selección
conjuntada a toda prisa y con unas circunstancias poco favorables. Lo
peor es constatar que esa actitud de menosprecio no se queda sólo
en lo deportivo.
Sé que lo que digo puede ser visto como una exageración,
y que sacar conclusiones de un fenómeno aislado, poco representativo
(pues en realidad los que no están conformes con la selección
nacional de fútbol sencillamente se quedaron en su casa), puede
parecer un poco atrevido. Pero, qué le vamos a hacer. Para aprender
tenemos que fijarnos en lo que pasa y sacar lecciones que nos ayuden a
entender por qué somos como somos.
El miércoles le tocó el turno a la selección de fútbol
de Panamá, y ocupó el lugar de arma arrojadiza para agredir
la nuestra. Son actitudes que en otros países no se dan. Algunos
se pasan de la raya y alaban exageradamente lo propio, como tienen fama
los argentinos, los mexicanos o los costarricenses. Pero, prefiero la
ceguera para los defectos y la mirada despierta para los aciertos, que
sencillamente no tener ojos más que para lo de fuera.
Es curioso. Llama la atención la bipolaridad de la gente que estuvo
esa noche en el estadio. A los cipotes se les perdonaba mucho --están
aprendiendo, todavía están formando su juego--, pero a los
de la selección mayor no se les toleró nada.
En esto de la adoración del éxito a cualquier costo no somos
originales. Los últimos años se han visto varios equipos
del fútbol, que a golpe de chequera se han hecho grandes.
Para ejemplo pongo dos: el Chelsea inglés y el Real Madrid. El
último murió de éxito, y todavía está
recuperándose de esos años de imbatibilidad y desprecio
por lo que no sea ganar. Los ingleses han empezado a dar muestras de cansancio,
como si la continua obsesión por ganar de su entrenador les estuviera
empezando a pasar factura. Esperemos a ver qué pasa.
Quizá esa actitud nos está contagiando y nos ha hecho perder
la dimensión del mundo en el que vivimos. Si una persona exitosa
puede definirse como el que hace lo mejor que puede con los recursos que
tiene, he de decir que tenemos en el país los recursos necesarios
para llegar a transformar radicalmente el fútbol nacional: gente,
tiempo y ganas. Nos falta actitud, apoyo del público y paciencia.
El éxito es importante, pero no cualquier éxito. Sólo
el que nos hace mejores. Si lo único que contara fuera vencer,
no habría ningún inconveniente en invertir dinero para sobornar
a los árbitros, influir en la vida privada de los rivales deportivos,
inundar un campo de fútbol o regar tierra suelta para obstaculizar
el juego del otro equipo o utilizar cualquier treta con tal de vencer
al contrincante.
Así, se alcanzaría el éxito, pero a un costo muy
alto, pues sería un éxito efímero ya que tarde o
temprano sufriríamos las consecuencias de esos actos que confunden
ganar con ser los mejores. Terminaríamos siendo unos ganadores
derrotados.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y
columnista de El Diario de Hoy.
carlos@mayora.org

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