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Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hasta
la semana pasada, representantes de la Organización de Estados
Americanos habían observado ocho elecciones presidenciales en los
últimos 12 meses sin dificultad alguna. Aunque varias contiendas
fueron debatidas con vehemencia, el rol de la OEA no se puso en duda al
cumplir con su misión de contribuir a que los ciudadanos del Hemisferio
Occidental puedan votar libre y justamente.
Pero fue entonces cuando les llegó el turno a las elecciones de
Ecuador y Venezuela, las últimas contiendas del año electoral
más activo en la historia del hemisferio. De repente la credibilidad
de la OEA como garante independiente de elecciones democráticas
quedó en entredicho.
En Ecuador, el candidato presidencial de izquierda Rafael Correa, acusó
a la misión de observación electoral de la OEA y a su líder,
el ex canciller argentino Rafael Bielsa, de parcialidad. En una carta
al Secretario General de la OEA José Miguel Insulza, a mediados
de octubre, el partido político de Correa acusó a Bielsa
de haber calificado abiertamente al candidato y a su plataforma como la
opción errada para Ecuador y una fuente de “inestabilidad”
para la democracia ecuatoriana.
Un día antes de la segunda vuelta electoral el domingo pasado,
sorpresivamente Insulza retiró a Bielsa, convocándolo a
Washington. El domingo, en declaraciones a la prensa ecuatoriana, Correa
le agradeció a Insulza el haber tomado esa decisión. Bielsa,
por su parte, negó las acusaciones de parcialidad y dijo que la
OEA lo retiró de Ecuador porque estaba recibiendo amenazas de muerte.
Algunos escépticos en esta capital no le dan mucho crédito
a las amenazas de muerte, asegurando en cambio que la decisión
de Insulza se debió más a un cálculo político.
Insulza, afirman, actuó para apaciguar a Correa cuando ya era claro
que ganaría la elección. Después de todo, Insulza
estará pronto trabajando para Correa en la OEA, tal como lo hace
para los otros 33 presidentes elegidos democráticamente en las
Américas.
En eso reside una de las debilidades institucionales inherentes de la
OEA y su vínculo con procesos electorales en las Américas.
Que el secretario general tenga intereses creados en llevarse bien con
los candidatos que resultan elegidos es apenas natural. Pero el hecho
de que pueda ejercer tal poder sobre las misiones, hasta el punto de alterarlas
abruptamente retirando a un jefe de misión, pone en duda la independencia
de las misiones ante las maniobras internas de la OEA.
Dicha crítica concierne especialmente al caso venezolano. La actual
misión de la OEA en ese país ha sido vista en gran medida
como el reflejo de las presiones del presidente Hugo Chávez de
hacerla a un lado.
En un viaje a Caracas en octubre, en el que negoció las condiciones
para la misión electoral, Insulza insistió en que la OEA
no tenía ninguna intención de que la misión “se
convierta en protagonista”, prometiendo en cambio cooperar con el
Consejo Electoral venezolano. Ese es el mismo organismo que, según
reconoció la OEA hace menos de un año, es visto con seria
desconfianza por la oposición venezolana.
Para asegurar su bajo perfil, la OEA envió una misión tarde
y débil. Apenas llegó a Caracas la semana pasada, a menos
de tres semanas de los comicios. En Nicaragua, donde otra polémica
contienda se llevó a cabo este año, la OEA estuvo más
de seis meses. Además, el jefe de la misión en Venezuela,
un ex embajador uruguayo ante la OEA, es considerado débil tanto
por su cercanía a diplomáticos venezolanos como por su bajo
perfil, toda vez que los jefes de misión a Nicaragua, Ecuador y
Perú habían sido todos ex cancilleres.
No se ve claro cómo las misiones de la OEA puedan alcanzar plena
independencia sin reformas dentro de la misma institución. Pero
incluso sin dichas reformas, existen algunos pasos que el liderazgo de
la OEA puede tomar para mejorar su credibilidad en este tema. Antes que
nada, la capacidad política de los jefes de misión necesita
estar a la altura de la capacidad técnica de los muchos expertos
que han pasado años observando elecciones en las Américas.
Es crucial que la OEA encuentre una forma de asegurar que sus misiones
electorales no sean vistas como susceptibles de ser fácilmente
interrumpidas o manipuladas. Esperar que las elecciones ocurran sin mayor
contratiempo para que así dichas misiones puedan mantenerse tras
bastidores, es simplemente una apuesta arriesgada.
*(c) 2006, Washington Post Writers Group.(desdewash@washpost.com)

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