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| Unidos. Ester F. y Édgar trabajan juntos en el campo. Foto EDH |
Mirella Cáceres
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Una vez al mes, Ester F. y su nieto Édgar preparan el viaje desde su casa, ubicada en un poblado rural de Cuscatlán, hasta la de otra pariente donde pasará la noche. El camino es siempre igual: largo, silencioso y accidentado. Media hora necesaria si al día siguiente quieren lograr el autobús de las cinco de la mañana que los lleve a San Salvador y así estar a las 7:00 a.m. en el Hospital Bloom.
Los 72 años que Ester lleva a cuestas no resultan una carga si se trata de llevar con puntualidad al niño a la consulta y salir con el medicamento en la mano. Sabe que éste es una garantía para evitar las diarreas y las gripes, entre otras enfermedades oportunistas, que desde hace año y medio amenazan la salud del niño. Édgar vive con el virus del Sida desde que nació.
La edad de la abuela tampoco es obstáculo para correr tras el niño cuando es la hora de tomarse el antídoto o caminar varios kilómetros bajo el sol hasta dar con los nacimientos de agua para lavar la ropa.
Ningún esfuerzo es un exceso para esta señora, quien se toma las tragedias con cierto humor. Perdió a tres de sus diez hijos cuando eran apenas bebés, la guerra le mató al marido y le heredó la carga de sacar adelante un hogar con lo que mejor sabía hacer: cultivar el maíz y el frijol.
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| En la consulta. La asistencia a los controles médicos es vital. Foto EDH |
Hace 12 años, el Sida le arrebató a otra hija. De su causa de muerte se enteró cinco años después, por su hijo. Un pediatra del Hospital Bloom le diagnosticó la enfermedad. “Yo lo traje por una pelota que le había salido en la cara; allí la doctora me dijo que él estaba enfermo y que la mamá se lo había pasado, ella nunca me dijo lo que tenía”.
Fue entonces la primera vez que oyó sobre la enfermedad. Ni siquiera la sospechó cuando veía a su hija, de 28 años, sucumbir en una cama. Tampoco cuando el padre del niño, un soldado tímido, murió en un estado deplorable.
“Mi hija y el esposo creían lo que la gente les decía, que les habían hecho algún mal (brujería), por eso buscaron ayuda ya bien tarde en el Hospital de San Bartolo, y sólo duraron un año con tratamiento”, dice Ester.
Hoy le queda Édgar, un muchacho de 15 años. “Ya está grande”, asegura mientras observa a su nieto recoger unas mazorcas.
Ester y Édgar representan uno de los binomios “abuela-nieto” que cada día luchan por ganarle espacio a la enfermedad. En los registros del Centro de Excelencia para Niños con Inmunodeficiencia (Cenid) del Hospital Bloom, donde atienden a 450 niños, la mitad de ellos infectados, una gran mayoría está a cargo de las abuelas. Abuelas que se han convertido en madres por segunda vez y en una época que no les corresponde.
Estas mujeres, muchas con 60 y 70 años cumplidos, llegan puntuales al hospital para no perder el control médico de sus nietos.
Luis Castaneda, director del Cenid, asegura que un 75% de los niños que atiende está a cargo de las abuelas. “Son personas que ya criaron hijos y nuevamente vuelven a ser madres”, comenta el infectólogo.
Asumir otra vez ese rol no es un problema tan grave como ejercerlo en este tiempo. Castaneda asegura que resulta un proceso lento y difícil educarlas sobre una enfermedad que en su tiempo era desconocida. Y que decir sobre sexualidad, de cara al futuro de sus nietos. Muchas de ellas “son tradicionales” y jamás escucharon sobre las medidas de educación sexual como el uso de los preservativos.
Otra barrera, más allá del plano cultural, es la edad. Con ella, la preocupación de que en algún momento van a morir y los nietos pueden volver a quedar solos.
Irma V., quien tiene a su cargo desde hace tres años a dos nietos pequeños, uno de ellos infectado, se lleva la mano a la boca de sólo pensar en quién los protegerá si ella no lo hace.
“Yo lucho, pero eso no es suficiente para comprar una casita en la que viva con los niños, apenas gano con la venta de agua para el alquiler”, dice desesperada.
Ester asegura que ya ha pensado qué será de Édgar cuando ella falte, pero lo que le anima es que “dejó ya crecido al cipote y sus tíos no le tienen asco”.
Los escollos del camino no terminan, al menos así lo ve Castaneda. Cuando estos niños llegan a la etapa adolescente, estas abuelas deben enfrentar no sólo el interés sexual de sus protegidos, sino también las inquietudes del por qué son huérfanos.
¿Cómo explicarles? ¿Qué decirles? Los interrogantes aparecen en la cabeza de un muchacho que quiere respuestas a una situación que no termina de comprender.
Katya, de 17 años, y portadora del virus del Sida, es un ejemplo de lo anterior. Aunque reconoce el amor de sus abuelos, ya ha cuestionado a Dios sobre la muerte de sus padres, hace algo más de nueve años, víctimas de la infección. Un mal que ella lleva dentro.
“No tuve hijos, pero mi hermana me dejó tres”
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| Estable. Los antirretrovirales dan a Enrique la fuerza para seguir adelante. Foto EDH |
Mide menos de 1.50 metros, pero su fe es grande, sobre todo cuando asegura que es Jesucristo quien mantiene la buena salud de su sobrino, nacido con el Virus de la Inmunodeficiencia Humana hace 13 años. “Dios es quien le da sabiduría a los médicos y sé que él obra a través de las medicinas que le dan a mi niño en el hospital”, dice Tránsito, una mujer dueña de una elocuencia que le otorga su liderazgo cristiano en la comunidad donde reside, situada al sur de San Salvador.
Ha visto muy de cerca los estragos de la enfermedad. Su hermana murió en el hospital y, cuatro años después, lo hizo su sobrina. Sin embargo, no se desespera a pesar de la presencia del virus en su sobrino Enrique, de 13 años, en tratamiento en el Hospital Bloom.
La inquietud natural en el niño y su progreso en la escuela le certifican que “Dios y los médicos” están haciendo bien su trabajo. Tránsito también pone su parte. Cada noche se arrodilla con Enrique frente a un altar, trata de no perder los controles en el hospital y no olvida las horas en que debe dar el medicamento al niño.
“A veces no tengo ni para el pasaje, pero presto porque sé que estas medicinas y mi Dios me tienen alentado a mi hijo”, dice Tránsito, con voz maternal, pese a que ella nunca concibió de su esposo ya fallecido.
Ella cuenta que al morir la hermana y el esposo, ambos por el Sida, no dudó en llevarse a los tres sobrinos a casa (dos de ellos infectados), aún cuando su esposo le recomendó que lo pensara. “Al final mi esposo los llegó a querer tanto que cuando murió la niña en 2001, él se fue también por el pesar”, relata la señora.
Ella sigue en pie. Pese a las dificultades económicas y no contar con el apoyo de algunos parientes que le han vuelto la espalda por cuidar de sus sobrinos necesitados y enfermos, confiesa que lo más importante en la vida es devolver el amor que Dios le da. “Dios sabe porqué no tuve hijos, pero me ha dado a tres, los que mi hermana me dejó. Yo los amo, ellos no son mis sobrinos sino mis hijos”, asegura.
Hospital Rosales diagnostica un caso VIH al día
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| Empleados durante una feria del ISSS. Foto EDH |
Con mensajes alusivos a la prevención y en contra de la discriminación de los enfermos, decenas de personas participaron ayer en dos actividades diferentes:
una organizada por el Seguro Social y otra por el Hospital Rosales.
Este hospital, días atrás noticia por el desabastecimiento de medicamentos para los enfermos de cáncer, diagnostica un caso diario de VIH. La cifra representa una cuarta parte del total de enfermos de Salud Pública.
Rolando Cerritos, jefe del servicio de Infectología y del programa de atención integral a pacientes positivos, hizo un balance del trabajo realizado. “Se brinda la atención sicológica, apoyo nutricional, prevención, diagnóstico y la terapia antirretroviral desde el año 2000”, dijo Cerritos. Unos 700 pacientes han recibido el tratamiento.
El Seguro Social, por segundo año consecutivo, se concentró en Plaza Mundo, Soyapango, donde impulsan una campaña de prevención a través de las clínicas empresariales de las empresas de la zona, entre ellas, fábricas textiles, como IUSA, Textufil, y empresas de transporte como Acopatt. “Es importante que la empresa privada se involucre, que ayude a las personas que viven con VIH y laboran”, dijo Odir Miranda, miembro de la Asociación Atlacatl.

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