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Daniel Ortega y la muerte de la utopía

Como el legendario dios Saturno la revolución sandinista se comió a sus mejores hijos y olvidó a sus héroes

Publicada 30 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Marvin Galeas
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

(Segunda parte)
La mañana del 26 de febrero de 1990 en Managua fue extraña. La noche anterior me había ido a dormir, ya tarde, luego de escuchar un último reporte que indicaba que Violeta Chamorro llevaba la ventaja sobre Daniel Ortega en aquellas cruciales elecciones.

A mediados de 1989, con el propósito de dirigir la ofensiva de noviembre, el ERP estableció su puesto de mando en una finca ubicada en las afueras de Managua, exactamente en el kilómetro 13 y medio sobre la carretera vieja a León. Se montó allí un centro de conducción de operaciones militares completo.

Tenía un una sala de satélite para interceptar los materiales sin editar que los corresponsales extranjeros de televisión enviaban a sus respectivas sedes. Un centro de monitoreo de las principales emisoras de El Salvador. Otro para monitorear las comunicaciones internas del ejército y la sala de radios que enlazaban a Managua con todos los frentes de guerra.

En ese puesto de mando se diseñaban las clave para las comunicaciones estratégicas y se preparaban todas las operaciones militares. La Radio Venceremos, después de casi una década en las montañas de Morazán, comenzó a transmitir con todas las comodidades y potencia posible desde ese lugar hacia un centro de retransmisión en onda corta en la frontera con Honduras y una estación de frecuencia modulada en Morazán.

Los acontecimientos ocurridos en los últimos meses de ese año pusieron en duda hasta las más firmes convicciones y consignas de los comandantes guerrilleros: fracasó la ofensiva militar “al tope”, donde la apuesta era ganar la guerra de una vez por todas; el general Noriega había sido capturado por tropas estadounidenses en Panamá, pero lo más trascendente fue el rápido desplome del “campo socialista”.

Todo ocurría en el marco de un proceso electoral que los sandinistas se habían comprometido realizar, como producto de los acuerdos de Esquipulas de los presidentes centroamericanos. Las encuestas decían que Daniel Ortega, el candidato oficial, ganaría.
Pero a pesar de que el gobierno puso todos los recursos para financiar una masiva y ruidosa campaña la oposición ganó.

La mañana del 26 de febrero, nadie celebraba la victoria. Managua parecía una ciudad fantasma. El puesto de mando del ERP parecía un velorio. La derrota tendría graves consecuencias para la guerrilla salvadoreña. Nicaragua ya no volvería a ser el sitio seguro donde el FMLN tenía su retaguardia profunda. Cerca del mediodía Daniel Ortega ante la prensa y ante un grupo de impactados seguidores, en un memorable discurso reconoció la derrota.

Sus palabras fueron las de un estadista. “Llegamos al gobierno pobre y pobres nos vamos”. En un tono triste pero firme felicitó a doña Violeta, la presidenta electa y llamó a sus seguidores a mantenerse en calma y respetaran el resultado electoral. Sergio Ramírez, el vicepresidente, cuenta que hasta los camarógrafos de las cadenas estadounidenses lloraron.

Al reconocer la derrota en las elecciones, los sandinistas que habían llegado por las armas al poder estaban, en contra de su voluntad, inaugurando la alternancia política en Nicaragua. Algo inédito. Estaba naciendo la democracia. Y Daniel Ortega se agigantó ese día. Pero sólo ese día. A la mañana siguiente lanzó ante una multitud la fatídica consigna: “Gobernaremos desde abajo”.

En los tres meses siguientes que duró la transición, comenzó un descomunal saqueo de bienes público y privados por parte de los derrotados sandinistas. El acto de pillaje se conoció como “La piñata”. Casas, empresas, tierras, vehículos y otros bienes pasaron a manos de dirigentes sandinistas, que supuestamente los trasladarían después al partido para que el FSLN tuviera recursos para hacerle frente políticamente a la derecha triunfante.

La verdad es que casi nada pasó al partido. A excepción de algunos dirigentes como Dora María Téllez y Henry Ruiz, que no quisieron aceptar nada de lo mal habido. Desde entonces el FSLN es un partido dirigido por pragmáticos nuevos ricos, que utilizan un discurso de izquierda en sus estrategias políticas. Han pactado con lo peor de sus adversarios para repartirse de manera indigna dinero y poder.

Como el legendario dios Saturno la revolución sandinista se comió a sus mejores hijos y olvidó a sus héroes. Sergio Ramírez, ahora muy distanciado de Ortega, afirma que “este Frente Sandinista de líderes envejecidos, aunque dueño de un respetable poder de convocatoria popular, ha dejado de encarnar ninguna idea de revolución”. Ortega ganó la elección, pero la utopía murió.

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

 

 

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