| Marvin
Galeas
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
(Segunda
parte)
La mañana del 26 de febrero de 1990 en Managua fue extraña.
La noche anterior me había ido a dormir, ya tarde, luego de escuchar
un último reporte que indicaba que Violeta Chamorro llevaba la
ventaja sobre Daniel Ortega en aquellas cruciales elecciones.
A mediados de 1989, con el propósito de dirigir la ofensiva de
noviembre, el ERP estableció su puesto de mando en una finca ubicada
en las afueras de Managua, exactamente en el kilómetro 13 y medio
sobre la carretera vieja a León. Se montó allí un
centro de conducción de operaciones militares completo.
Tenía un una sala de satélite para interceptar los materiales
sin editar que los corresponsales extranjeros de televisión enviaban
a sus respectivas sedes. Un centro de monitoreo de las principales emisoras
de El Salvador. Otro para monitorear las comunicaciones internas del ejército
y la sala de radios que enlazaban a Managua con todos los frentes de guerra.
En ese puesto de mando se diseñaban las clave para las comunicaciones
estratégicas y se preparaban todas las operaciones militares. La
Radio Venceremos, después de casi una década en las montañas
de Morazán, comenzó a transmitir con todas las comodidades
y potencia posible desde ese lugar hacia un centro de retransmisión
en onda corta en la frontera con Honduras y una estación de frecuencia
modulada en Morazán.
Los acontecimientos ocurridos en los últimos meses de ese año
pusieron en duda hasta las más firmes convicciones y consignas
de los comandantes guerrilleros: fracasó la ofensiva militar “al
tope”, donde la apuesta era ganar la guerra de una vez por todas;
el general Noriega había sido capturado por tropas estadounidenses
en Panamá, pero lo más trascendente fue el rápido
desplome del “campo socialista”.
Todo ocurría en el marco de un proceso electoral que los sandinistas
se habían comprometido realizar, como producto de los acuerdos
de Esquipulas de los presidentes centroamericanos. Las encuestas decían
que Daniel Ortega, el candidato oficial, ganaría.
Pero a pesar de que el gobierno puso todos los recursos para financiar
una masiva y ruidosa campaña la oposición ganó.
La mañana del 26 de febrero, nadie celebraba la victoria. Managua
parecía una ciudad fantasma. El puesto de mando del ERP parecía
un velorio. La derrota tendría graves consecuencias para la guerrilla
salvadoreña. Nicaragua ya no volvería a ser el sitio seguro
donde el FMLN tenía su retaguardia profunda. Cerca del mediodía
Daniel Ortega ante la prensa y ante un grupo de impactados seguidores,
en un memorable discurso reconoció la derrota.
Sus palabras fueron las de un estadista. “Llegamos al gobierno pobre
y pobres nos vamos”. En un tono triste pero firme felicitó
a doña Violeta, la presidenta electa y llamó a sus seguidores
a mantenerse en calma y respetaran el resultado electoral. Sergio Ramírez,
el vicepresidente, cuenta que hasta los camarógrafos de las cadenas
estadounidenses lloraron.
Al reconocer la derrota en las elecciones, los sandinistas que habían
llegado por las armas al poder estaban, en contra de su voluntad, inaugurando
la alternancia política en Nicaragua. Algo inédito. Estaba
naciendo la democracia. Y Daniel Ortega se agigantó ese día.
Pero sólo ese día. A la mañana siguiente lanzó
ante una multitud la fatídica consigna: “Gobernaremos desde
abajo”.
En los tres meses siguientes que duró la transición, comenzó
un descomunal saqueo de bienes público y privados por parte de
los derrotados sandinistas. El acto de pillaje se conoció como
“La piñata”. Casas, empresas, tierras, vehículos
y otros bienes pasaron a manos de dirigentes sandinistas, que supuestamente
los trasladarían después al partido para que el FSLN tuviera
recursos para hacerle frente políticamente a la derecha triunfante.
La verdad es que casi nada pasó al partido. A excepción
de algunos dirigentes como Dora María Téllez y Henry Ruiz,
que no quisieron aceptar nada de lo mal habido. Desde entonces el FSLN
es un partido dirigido por pragmáticos nuevos ricos, que utilizan
un discurso de izquierda en sus estrategias políticas. Han pactado
con lo peor de sus adversarios para repartirse de manera indigna dinero
y poder.
Como el legendario dios Saturno la revolución sandinista se comió
a sus mejores hijos y olvidó a sus héroes. Sergio Ramírez,
ahora muy distanciado de Ortega, afirma que “este Frente Sandinista
de líderes envejecidos, aunque dueño de un respetable poder
de convocatoria popular, ha dejado de encarnar ninguna idea de revolución”.
Ortega ganó la elección, pero la utopía murió.
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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