Desde México
Periodista/Claudio Martínez
El Diario de Hoy
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Camisa blanca sin cuello, jeans azules, chumpa de gamuza café y tenis Nike blancos sin ajustar. Esa fue la vestimenta elegida por Carlos Perla el día de su extradición. Cuentan los testigos que cuando le dijeron que estaba en el aeropuerto Charles de Gaulle a punto de tomar un avión para El Salvador, hizo una mueca de fastidio. “Se sorprendió, no sabía donde estaba hasta que le dijeron”, comentó el fiscal Aquiles Parada.
Cerca de las siete de la noche, tras 11 horas y media tediosas de vuelo, llegó al aeropuerto de México DF, donde pasó la noche en un destacamento de la policía local. Hoy por la tarde llegará a Comalapa.
Posteriormente será llevado ante el Juzgado Noveno de Instrucción, que lo reclama, y a un chequeo médico en el Instituto de Medicina Legal. Posteriormente quedará detenido en la División Antinarcotráfico (DAN), dijeron autoridades salvadoreñas, aunque no se descarta enviarlo al Centro Penal de Máxima Seguridad en Zacatecoluca, La Paz.
Todo empezó temprano en París. Luego de un breve contacto en el destacamento policial del aeropuerto, donde el ex presidente de la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (Anda) conoció a la gente que lo iba a trasladar, se produjo la entrega oficial, alrededor de las 11:20 a.m. Fue dentro del Boeing 777 de Air France que dos horas después saldría para México. Las autoridades francesas llevaron a Perla dentro de la nave y lo entregaron al equipo salvadoreño en la última fila de asientos, la 48.
El boleto del ingeniero era el 48 A y fue el primero en hacer el check-in por razones obvias. Eso lo obligó a esperar en su lugar, contra la ventanilla de un asiento doble, más de dos horas antes de la partida del vuelo. Aquiles Parada, enviado de la Fiscalía, estaba bastante más adelante, en el sector business: él ya había terminado su parte, lo mismo que el otro fiscal, Andrés Amaya, quien partió hacia Madrid para interiorizarse de la situación de Joaquín Alviz, otro implicado en el caso Anda.
Al lado de Perla, como haciéndole marca personal, se sentó Nelson Romero Ramos, en el 48 B, quien llevaba una gorra de SWAT. Apenas cruzando el pasillo, en la siguiente, estaba Jacobo Flores Velásquez, jefe de la Interpol salvadoreña y encargado de coordinar cada uno de los movimientos. Adelante, en el 47 B, iba Xavier Villalobos, también de Interpol. Pero como si se tratara de un esquema táctico de fútbol moderno, no existieron las posiciones fijas. Por lo menos cada media hora, cambiaban los lugares.
Muy colaborador
Carlos Perla, el hombre más buscado en El Salvador en los últimos tres años, estaba ahí, tranquilo y dócil.
Aseguran que no hubo necesidad de sedarlo. De su aspecto físico, lo primero que llamaba la atención es la ausencia del bigote. Llevaba el pelo peinado para atrás y se le notaban mechones de cabello entrecanos encima de sus orejas.
No había indicio que hiciera pensar a la gente que están transportando a un prisionero. No iba esposado y sus custodios no tenían uniformes ni iban armados. Todo se hizo con discreción absoluta, tal y como lo pidió la justicia francesa.
“Ha estado muy colaborador, no quiere hacer problemas”, manifestó Flores Velásquez, quien fue el encargado de suministrarle las medicinas que le prescribieron en la penitenciaría. Además, teniendo en cuenta que Perla sufre de asma, tenían a mano un inhalador que nunca tuvieron que usar. “Eso sí, se la pasa haciendo preguntas… Y es lógico.
Le dijimos que íbamos para México, porque de todas maneras se iba a enterar por los altavoces del avión”, agregó el comisionado.
El ex funcionario no se alarmó ni se quejó cuando el vuelo, que debería haber salido a las 13:36, sufrió una demora. Fue uno de los pocos que siguió atentamente el video explicativo de las medidas de seguridad y apenas concluyó se ajustó el cinturón. Salvo un par de excepciones, en las primeras horas los diálogos con los custodios fueron breves y concisos. Se distrajo viendo la pequeña pantalla personal de TV que tiene cada asiento y que ofrece desde estadísticas del vuelo, juegos, series, documentales y películas.
También hizo uso de los auriculares apenas se los dieron y se asomó por la ventanilla con frecuencia.
Buen comer
Cuando la aeromoza le entregó el menú -bonitamente diseñado como si fuera una postal de Paris-, sacó sus anteojos de uno de sus bolsillos y se dedicó a estudiar las opciones. Para cuando llegó el carrito de comida -el avión ya sobrevolaba sobre el Atlántico- ya había tomado una decisión. Prefirió el fricasse de pollo servido con leche de coco al curry por sobre el filete de merluza con salsa de mariscos, papas y espinacas. También comió una ensalada de pasta fría, un trozo de queso Cramembert y acompañó el café con una deliciosa tartaleta de higos.
Tomó Coca Cola light, igual que la primera vez que le ofrecieron refrescos, y también agua cristal de la botella. Se levantó no menos de nueve veces de su asiento. Algunas para ir al baño -lo llevaban custodiado pero sin contacto físico-, que quedaba exactamente atrás de fila donde estaba ubicado. Otras veces simplemente se salía para estirar las piernas y caminar en el espacio libre que hay en la cola del avión.
Con el correr de las horas, el ingeniero se fue aflojando. Sintió más la necesidad del contacto humano. Estuvo parado un largo rato platicando con los dos periodistas que iban en el vuelo -formal e informalmente-, y también con sus custodios. Estaba de buen humor y repetía que “confiaba en el juicio que le iban a hacer” (ver entrevista).
En el tramo final fue víctima del sueño y las casi tres horas que dormitó le acortaron en parte el viaje, que por momentos se hacía insoportablemente largo. La cena frugal -una ensalada de vegetales a la mediterránea y otra de pasta fría- terminaron de acortar los tiempos. Incluso, en tono jovial, se atrevió a hacer una sugerencia: “Si hubiéramos tomado el vuelo de American Airlines con conexión en Miami, hoy mismo estaríamos en San Salvador”.

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