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Brillante economista
Murió Milton “Freedom”

Friedman sostenía alternativas muy controversiales para los estados en la lucha contra las drogas o el relativismo moral

Publicada 29 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Sus adversarios ideológicos le apodaban Milton “Freakman” (“Hombre monstruo”). Para quienes le leímos y releímos, él merecía llamarse Milton “Freedom” (“Libertad”). Sonreía de buena gana cuando le hacían comentarios sobre la ductilidad de su apellido, tan útil para sus admiradores como para sus enemigos. “Después de Jesús”, llegó a escribir un periodista, “a ningún judío se le ha manipulado tanto el nombre como a Milton Friedman”.

Desde sus paupérrimos orígenes en Brooklyn --donde nació en 1912-- hasta la vertiginosa celebridad del Premio Nóbel --que le fue otorgado en 1976--, Milton Friedman subió todos los peldaños de la superación humana. Se basaba en su propia vida cuando afirmaba, sin rodeos, que “las instituciones que tratan al individuo como responsable de sí mismo y ante sí mismo, conducirán a una mejor y más deseable atmósfera moral”.

Su ensayo “¿Es humano el capitalismo?” era una apuesta vigorosa por la redención del hombre ante las propuestas colectivistas que le arrodillaban ante el todopoderoso Estado. Ronald Reagan, Margaret Thatcher y Augusto Pinochet prestaron oídos a sus planteamientos y no se arrepintieron. En cambio, los enemigos de la libertad rebuznaron hasta el cansancio las archisabidas consignas, y fueron sus pueblos los que terminaron sufriendo las consecuencias.

Como sucede con todos los teóricos del liberalismo, Friedman fue blanco de insultos y leyendas negras durante casi toda su vida. Se le imputaron los crímenes de Pinochet como si sus consejos al dictador chileno hubieran sido en calidad de gatillero en lugar de economista. Quienes todavía le culpan de ser “cómplice del terror” en Chile siguen olvidando, a conveniencia, que también asesoró al régimen comunista de la China continental, si bien únicamente el enclave británico de Hong Kong llevó a la práctica sus orientaciones (con los resultados positivos que todos conocemos).

A mediados del Siglo XX, cuando las fórmulas “keynesianas” parecían inundar de optimismo a los partidarios del intervencionismo estatal, Friedman abogó por abjurar de los programas gubernativos, que conducían irremediablemente a la inflación y se atrevió a decir que el Estado sólo debía poner sus dedos sobre las curvas de barro de la moneda circulante. Acorralados ya por la evidencia histórica, los teóricos del estatismo se lanzaron sobre el futuro Premio Nóbel como los perros que le ladran a las llantas de un automóvil, sin imaginar que pronto se verían atropellados por el camión que venía detrás: el del liberalismo triunfante que revirtió la estanflación de los setentas y llevó prosperidad, entre otros, a estadounidenses, ingleses, estonios, irlandeses y chilenos.

Por supuesto, también hay críticas honestas que hacer a los postulados de Milton Friedman. Algunos de los que retomamos sus ideas para defender las evidentes bondades del libre mercado podemos perfectamente criticar su feroz rechazo a los factores que podrían legitimar, bajo ciertas circunstancias, la intervención estatal. A mí me gusta decir que la amplitud de criterio que caracterizó a Mises o Hayek, por ejemplo, no cuajó igual en la personalidad de Friedman, lo que de alguna manera divide a los liberales de hoy en dos escuelas económicas enfrentadas por sus matices (que no por sus principios): la de Austria y la de Chicago.

Así como desbordó lucidez para explicar que la centralización política sobre la oferta monetaria se justifica por los errores catastróficos que pueden derivarse del nulo control sobre la cantidad de efectivo en los sistemas bancarios, el líder de los “Chicago Boys” no se mostró tan tolerante con la idea de los subsidios estratégicos que los liberales prácticos recomiendan frente a determinadas realidades sociales. Esta testarudez le convirtió, tal vez injustamente, en uno de los abanderados del llamado “Consenso de Washington”, un listado de acciones pro liberales que terminó convirtiéndose en un contrasentido, porque llegó a tener ínfulas de recetario supranacional.

Exitoso en su combate contra el asistencialismo, las burocracias municipales y hasta el reclutamiento militar, Friedman sostenía alternativas muy controversiales para los estados en la lucha contra las drogas o el relativismo moral. Su concepto de libertad saltaba a los caprichos libertarios con una facilidad a la que muchos liberales conservadores no terminamos de acostumbrarnos.

Pese a todo, este brillante economista que murió el pasado 16 de noviembre, a los 94 años de edad, supo dotar a la academia liberal de una capacidad de reacción que no tenía. Fue Milton Friedman quien ayudó a explicar que el activo más importante en la macroeconomía no son las divisas, sino el sentido común: “En realidad es muy fácil”, decía. “Si uno se gasta su propio dinero en uno mismo, uno se preocupa mucho de cuánto se gasta y de cómo se lo gasta; pero si uno se gasta en otros el dinero que no es de uno, se preocupará muy poco por cuánto se gasta o por cómo se gasta”. Apliquemos esta perogrullada a las políticas económicas y habremos entendido la diferencia entre crear riqueza y subsidiar pobreza.

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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