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| Termómetro. Sostiene que el populismo
se puede medir por la hiperinflación. Foto
EDH |
PERFIL
Álvaro Vargas Llosa es oriundo de Perú y obtuvo su
grado académico en Historia Internacional de la London School
of Economics.
Ha sido director de la página editorial y columnista en el
Miami Herald, y colaborador para el Wall Street Journal, Los Ángeles
Time, BBC, y Time Magazine. Además fue comentarista en Univisión
TV, director de Noticias en RCN radio, corresponsal para el diario
español ABC y comentarista en muchos otros medios de comunicación.
Es académico asociado senior y director del Centro para la
Prosperidad, en The Independent Institute. |
Ricardo Chacón/Ciro
Granados
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El analista político y económico peruano Álvaro
Vargas Llosa es uno de los principales críticos hacia el gobierno
de Hugo Chávez y de todo lo que huela a populismo.
Dentro de su visión sobre lo que políticamente le sucede
a América Latina, comenta que los desmanes causados por gobiernos
anteriores han propiciado el nacimiento de los líderes populistas;
y que la influencia de Chávez ha contaminado a otras naciones del
continente.
Sin embargo, no deja escapar que las reformas económicas y sociales
de los años 90 no tuvieron la suficiente fortaleza para permear
en el ciudadano común y que esos descontentos ahora comienzan a
fructificar en tempestades políticas.
Vargas Llosa fue uno de los expositores en el VII Enade que celebró
ayer la AsociaciónNacional de la Empresa Privada (ANEP).
¿Cómo interpreta esta ola de izquierdas en América
Latina?
Yo creo que hay una mezcla de factores. Venimos de la década de
los 90 en la que se produjeron muchas transformaciones económicas
y políticas, marcadas por la tendencia a liberalizar economías
y privatizar empresas. Sin embargo, muchas de esas reformas no fueron
lo consistente y profundas que debieron ser y generaron resultados mixtos.
Y un segmento grande de la población, particularmente en algunos
países sudamericanos, han desarrollado una antipatía frente
a esa tendencia.
Creo que también hay un factor relacionado con la perpetuación
del caudillismo latinoamericano en su vertiente populista. No nos hemos
despojado todavía de la cultura populista. No se ha desterrado
el caudillismo, y hoy estamos viendo la prueba de eso, como el caso de
Chávez, que es el emblemático.
Un elemento final es que las comunicaciones facilitan que la gente sea
consciente de las brechas que hay entre los sectores más postergados
y la gente a la que le va bien. Y eso genera una impaciencia.
¿Estamos viviendo un nuevo ciclo --porque en los 90 la
gente también venía de otro sistema--. Nos está pasando
igual?
Yo creo que sí, en cierta forma. En los 90 lo que hay es una especie
de resaca contra el populismo de las décadas anteriores que habían
generado hiperinflación, que es quizá el termómetro
certero para medir el populismo. Ahora vivimos una resaca quizás
distinta, porque hay vertientes muy contrapuestas de la izquierda: no
se puede comparar ni remotamente la izquierda chilena con la de López
Obrador en México. El gran desafío es romper esos ciclos,
esos péndulos. Hacer reformas mucho más profundas que permitan
incorporar a sectores marginales a la economía de mercado; de lo
contrario se va a generar la idea de que la economía de mercado
es la responsable de esa brecha en la sociedad, algo que no es cierto.
Esa percepción es un caldo de cultivo perfecto para el populismo.
¿Las reformas económicas de los 90 fueron poco
profundas o no fueron lo suficientemente audaces para incorporar a estos
sectores?
Yo creo que se cometió un error muy importante, aunque dicho sea
de paso aquí en El Salvador se hicieron mejores reformas, aunque
podrían haber llegado más lejos. En la mayor parte de países
se transitó de una economía estatizada a una privada en
la que, sin embargo, todavía el Estado tenía una participación
clave en la medida que garantizaba monopolios a los grupos privados. Entonces
la gente comenzó a asociar la privatización con privilegios,
altas tarifas, con corrupción.
Usted menciona que hay necesidad de romper con estos ciclos, hablando
del tema político. ¿Por qué? ¿Acaso
no benefician a la democracia, en el cual hay transición de gobiernos?
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| Izquierda. Para Vargas Llosa, el antídoto
contra los radicales es una izquierda renovada, moderada. Foto
EDH |
Es que no creo que vivimos en una transición de gobiernos tanto
como una perpetuación de las causas de subdesarrollo latinoamericano
bajo la apariencia de alternancia. Hay más en común de lo
que la gente cree entre los gobiernos neoliberales que siguieron siendo
populistas con estos gobiernos de izquierda que son populistas. Por ejemplo,
la ausencia de reformas judiciales. El poder judicial es uno de los grandes
problemas de América Latina; muy pocos países, salvo tal
vez Chile, Uruguay y Costa Rica... es una institución que está
podrida.
No hay economía de mercado que pueda funcionar sin poder judicial,
porque es el que hace valer el principio esencial de la igualdad ante
la ley; cuando no hay eso, el más fuerte es el que tuerce la ley.
Otra cosa en común es la presencia asfixiante del Estado. Se puede
deshacer de la propiedad de las empresas estatales y seguir teniendo una
economía altamente estatizada, o porque el nivel de gasto público
es enorme, o porque la presión tributaria es muy grande. Por ejemplo,
en Brasil hay empresas que pagan 61 tipos de impuestos.
Luego hay una fuerte inseguridad jurídica. Las instituciones no
son fuertes, sino la voluntad del caudillo. En Perú, cuando alguien
quiere hacer una inversión importante siente la obligación
de ir donde el presidente primero, porque cree que eso le dará
garantía del futuro y no la institucionalidad del país.
Cada vez que se hacen estos análisis, a veces se queda fuera la
ciudadanía. Los pueblos han tenido la oportunidad de ver experiencias
en otros países. ¿Le está bajando el temor
a la gente o es que el monstruo no es tan malo como se lo pintaron?
Creo que hay una mayor capacidad de hacerse sentir por parte de la ciudadanía.
Me parece magnífico, porque no hay nada más peligroso que
un gobierno con demasiado poder, y el antídoto contra eso es una
ciudadanía severa, muy participativa. Pero eso tiene también
un aspecto peligroso: ese ánimo, esa exacerbación, esa impaciencia
está generando un rechazo a la clase política que permite
abrir una puerta a aventuras de tipo autoritario. En una situación
de trauma social y cívico, la gente está dispuesta a apostar
por una aventura que no sea democrática, porque la democracia pasó
a ser una especie de abstracción que no le sirve de nada.
En ese sentido, las izquierdas que nacen en América Latina
tratan de dar respuesta...
Y yo creo que es bueno. Es muy malo para un país que se genere
la idea que la izquierda no puede en ningún caso gobernar porque
es el problema. Cuando eso se genera, una sociedad normalmente no progresa,
porque no se logra el consenso básico. Generalmente el progreso
tiene que ver con estabilidad a largo plazo, y eso no lo va a dar un país
si la mitad de sus pobladores es percibida como enemiga del progreso.
Yo creo que es muy positivo que haya una izquierda latinoamericana que
se ha modernizado muchísimo y que ha demostrado que está
en condiciones de manejarse con la misma seriedad y responsabilidad que
otras izquierdas del mundo como la europea. Sin embargo, pienso que esa
izquierda está haciendo pocas reformas, y el peligro es que los
sectores de izquierda más radicales empiecen a cobrar mayor presencia.
En El Salvador, a esas izquierdas moderadas se les ve como centro, y
aquí esos centros jamás han prosperado.
Eso se ve desde fuera con mucha extrañeza, porque países
vecinos de ustedes sí han generado una izquierda más moderada.
En el caso de Nicaragua, una corriente disidente del sandinismo generó
otra izquierda más moderada. Y eso ha logrado que haya una vacuna
contra el radicalismo, a tal punto que Daniel Ortega tuvo que ejercer
de izquierdista moderado... vamos a ver si cumple o no.
Sobre todo ahora que el FMLN está gobernado por la izquierda más
radical. Yo tuve la esperanza cuando falleció Schafik Handal de
que habría un movimiento de renovación en el FMLN, pero
me dicen que no, sino un atrincheramiento... eso es muy dañino
para el país, porque la gente se va a cansar de reelegir a ARENA,
no hay partido que pueda ser eterno. Lo que es importante es que lo que
han avanzado no se vea comprometido cuando se dé la alternancia.
¿Cómo mira el desarrollo de El Salvador dentro del
área centroamericana?
Veo un país que hizo un progreso notable. Estableció las
condiciones básicas para funcionar, que fue el acuerdo de paz;
luego tomaron una decisión de hacer las reformas, crear un marco
institucional para facilitar la inversión y generar un movimiento
de mediano plazo y ahí está el resultado: una reducción
de la pobreza. Sin embargo, les ha caído una maldición que
es la inseguridad. Y nada es más devastador para un progreso económico
que la inseguridad ciudadana: tiene el efecto sicológico de retraer
la inversión, de dificultar la convivencia y que las relaciones
en la sociedad se tiñan de sospecha.
¿Qué se debe hacer?
Aquí no hay que descubrir la pólvora. El Estado tiene que
recuperar el principio de autoridad, y luego, la sociedad civil tiene
que hacer de esta su batalla. El problema es cuando uno delega esta responsabilidad
en el Estado y se lava las manos. Es lamentable que les haya pasado, porque
iban en un proceso de progreso muy notable y ahora se nota que por lo
menos ha habido desaceleración.
¿Con estos nuevos gobiernos de izquierda se está
creando un nuevo orden continental? ¿Podríamos llegar a
una Guerra Fría ideológica?
No sé si llegaremos tan lejos, pero sí creo que puede haber
un proceso de radicalización. Lo que tienen que hacer los gobiernos
es incorporar al ciudadano a la economía de mercado de una manera
mucho más audaz. En la medida que esos discursos radicales se popularicen,
o que continúe la enorme capacidad de contaminación continental
que tiene Hugo Chávez creo que hay un peligro. Estoy basado en
Estados Unidos y noto que el interés hacia América Latina
ha disminuido, se ve como una zona que no quiere engancharse a la globalización,
que no quiere progresar.
Comentario
La tentación populista |
Tenía varios años
de no visitar el país, sin embargo Álvaro Vargas Llosa,
radicado en Miami pero viajando constantemente por toda América
Latina, es un conocedor de los cambios por lo que atraviesa El Salvador.
Califica de “maldición” que la inseguridad golpee
a El Salvador; sin embargo, está seguro de que haciendo prevalecer
el principio de “autoridad”, con un Estado que tiene instituciones
fuertes que hacen cumplir la ley y la activa participación
ciudadana, se podrá vencer a la delincuencia y la inseguridad.
En un sentido más amplio, y viendo la realidad latinoamericana
donde el “péndulo de la historia” se balancea hacia
los partidos de izquierda, Vargas Llosa muestra su preocupación
no sólo que los sectores más radicales izquierdistas
puedan tener espacio y alcanzar el poder, sino que como región
“se quede atrás” en el desarrollo de la economía
mundial.
Su argumento es contundente; en la década de los 70 las inversiones
en América Latina rondaban los 4 mil millones de dólares,
en la actualidad esta cifra ha mermado casi a la mitad.
Los organismos internacionales confirman esta tendencia: en los 70
los países latinoamericanos captaban el 70% de la inversión
proveniente de las naciones desarrolladas, ahora esta cifra ha caído
al 40 por ciento.
Dicho de otra manera, los vaivenes políticos, que generan en
definitiva inseguridad jurídica e incertidumbre a mediano y
largo plazo (determinado por caudillismos que no permiten que la institucionalidad
se imponga) hacen que los capitales internacionales busquen otros
mercados.
Y si no hay inversión no hay trabajo, y si no hay trabajo no
hay bienestar; es un círculo que también tiene otras
aristas como generar las condiciones macroeconómicas que permitan
las inversiones; y en este sentido, la década de los 70, con
el auge de los populismos se apoderaron de la región, resquebrajaron
el orden y empobrecieron a muchas naciones.
Algunos de estos populistas, de corte izquierdista, como Daniel Ortega
en Nicaragua o Alán García en Perú, han vuelto
al poder; creeríamos que la experiencia les haya hecho entrar
en razón y seguir adelante los cambios que el libre mercado,
con todos los errores y deficiencias, ha logrado rehacer en la región.
Puede ser que las tendencias de libre mercado no hayan podido incorporar
al sistema a amplios sectores de la población, empobrecidos
y marginados, y esto haya hecho cambiar el rumbo, pero queda claro
que los populismos, los viejos esquemas estatizantes y la indisciplina
macroeconómica no lleva más que al fracaso y mayor pobreza.
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