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| Liderazgo. La empresa privada debe ser un actor
social. |
PERFIL
MARÍA FERNANDA CAMPO
Asumió la Presidencia Ejecutiva de la Cámara de Comercio
de Bogotá en enero del 2000 y previamente había ejercido
el cargo de Vicepresidenta Ejecutiva de la entidad, durante cinco
años.
Entre 1998 y 1999 se desempeñó como Viceministra de
Relaciones Exteriores, cargo desde el cual dirigió la reestructuración
y fortalecimiento de la Cancillería e impulsó la política
de diplomacia por la paz, diseñada por el Gobierno Nacional.
Ha participado activamente en el desarrollo de múltiples
proyectos de naturaleza empresarial, cívica y social, destacándose
la creación del Consejo Regional de Competitivad para Bogotá
y Cundinamarca, un escenario de concertación entre los sectores
público y privado para definir acciones que mejoren el nivel
de competitividad de Bogotá y la región en América
Latina. |
Jorge Ávalos
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Hace diez años Colombia enfrentaba una situación de inseguridad
muy similar a la que se vive en El Salvador actual.
“Éramos el país más violento de América
Latina: estábamos siendo azotados por los secuestros y las extorsiones
y teníamos una tasa de 47 homicidios por cada 100 mil habitantes”,
recuerda María Fernanda Campo, presidenta de la Cámara de
Comercio de Bogotá.
Pero a partir de una serie de acciones que ubicaron al sector empresarial
en un papel protagónico, los altos índices de violencia
de Colombia dieron un giro, revirtieron su tendencia negativa, y todavía
continúan bajando año con año.
No hay mejor ejemplo de ese cambio, argumenta Campo, que la dramática
reducción en un 63% de la tasa de homicidios: el número
es hoy de 18 por cada 100 mil habitantes, menor que el promedio latinoamericano
de 23.
Colombia es una nación de 42 millones de habitantes y compararla
con El Salvador podría parecer desproporcionado, pero Campo ha
desarrollado su trabajo con el sector empresarial en la ciudad de Bogotá.
“Es una región de 7.5 millones de habitantes, con un centro
histórico desahuciado y con altos índices de criminalidad,
un contexto muy parecido al de El Salvador”, aclara.
Por lo tanto, el mensaje que Campo trae al VII Encuentro Nacional de la
Empresa Privada parte de la comprensión de que ambas regiones tienen
una realidad compartida.
“Lo que nosotros hemos logrado significa que un cambio sí
es posible”, afirma.
“Si ustedes quieren mejorar sus niveles de competitividad en un
mercado globalizado”, recalca, “tienen que aceptar que el
tema de la seguridad tiene peso: nada afecta tanto la capacidad de un
país para atraer inversión como este tema”.
El factor continuidad
La contribución de la empresa privada al combate contra la criminalidad
es importante en Bogotá porque se ha convertido en un “agente
catalizador”.
Las estrategias propuestas por el sector empresarial, muchas de ellas
implementadas a través de la Cámara de Comercio que Campo
preside, se han convertido en detonadores para generar cambios en las
políticas criminales del Estado y han contribuido a cohesionar
e impulsar la participación ciudadana.
“El sector privado ha contribuido a fortalecer la institucionalidad
de la Policía y de la administración de la justicia, acercándola
al ciudadano, que poco a poco ha recobrado la confianza”, explica.
Estas contribuciones, sin embargo, no serían posibles si las políticas
públicas que se implementaron para combatir los niveles de delincuencia
no fuesen también políticas de Estado, advierte Campo.
“Lo que esto significa es que las políticas públicas
se han mantenido a lo largo de cuatro administraciones distritales. Hace
dos años y medio, la población de Bogotá eligió
al primer alcalde de izquierda y él le ha dado continuidad a las
políticas”, dice.
Algunas de las medidas iniciales fueron “drásticas”
y generaron una fuerte oposición de parte de algunos comercios
y empresas que se vieron afectadas.
Los establecimientos nocturnos fueron obligados a cerrar a la medianoche,
por ejemplo. Pero la medida más controversial fue el desarme.
“El desarme disminuyó la comisión de delitos, pero
no fue obligatorio. Fue voluntario. Se promovió a partir de una
fuerte campaña para generar una nueva cultura ciudadana”,
asegura Campo.
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| Límites. No es posible disminuir la criminalidad
sin la participación de los sectores más afectados. |
“En este momento”, agrega, “estamos involucrados en
el mismo debate que se vive en El Salvador, porque el desarme se ha propuesto
como una ley: si se limita o no la posesión o la portación
de armas y bajo qué criterios. Pero es algo que no está
definido ni se ha resuelto”.
La gran apuesta
La inserción del sector empresarial de Bogotá al tema de
la seguridad responde a lo que Campo llama “una visión de
futuro: queremos ser una de las cinco ciudades más competitivas
de Latinoamérica”.
El trabajo para mejorar los índices de criminalidad requería
de una estrategia que cohesionara a todos los actores.
“Por un lado”, observa Campo, “necesitábamos
mejorar las condiciones operativas: fortalecer la institucionalidad y
aumentar el número de policías. Por otro lado, necesitábamos
un cambio de cultura: fomentar un mayor nivel de interlocución
entre la ciudadanía, la policía y la justicia, y cambiar
el imaginario de los colombianos, que habían perdido el respeto
por la vida”.
Es así como se definieron cinco frentes de acción. El primero
fue la base que permitió el debate racional y el control social:
se construyó un sistema creíble y accesible de información.
Este “observatorio de seguridad” proporciona dos tipos de
indicadores: las cifras objetivas del fenómeno de la criminalidad,
pero también examina las percepciones de la ciudadanía.
La información proporciona insumos para proponer políticas
públicas para toda la ciudad y para responder a las realidades
y necesidades de las diferentes localidades de la ciudad.
Como segundo paso se trabajó para fortalecer la institucionalidad.
Además, se formó un consejo de seguridad en el que participaron
todos los órganos del estado y se examinaron los programas exitosos.
Paralelo al desarrollo de una operatividad más eficiente y de una
mayor eficiencia en los resultados se fortaleció la gestión
local en asuntos de seguridad.
Es así como se implementó el tercer paso: modelos de zonas
seguras en 28 sectores de la ciudad que representan a 1.5 millones de
personas.
Esto significa que hay cuadrantes estratégicos, con mayor presencia
policial, con comités de seguridad local y una línea de
participación ciudadana que incluye células de colaboración.
Hay ahora 9,800 frentes de acción local, una potencia ciudadana
grandísima. Los vecinos se han conocido y un pacto con empresarios
del transporte público ha convertido a cerca de 100 mil taxistas
y motoristas en informantes de los delitos que se cometen en la ciudad.
El cuarto paso fomentó la protección misma del sector empresarial,
cuando se diseñaron talleres prácticos para prevenir y mitigar
los secuestros y extorsiones.
Con la presión de la ciudadanía y los empresarios, enfocados
en mejorar las políticas públicas, se lograron cambios que
han llevado a la judicialización del 70% de los casos de secuestros
y extorsiones.
El quinto paso busca instituir y renovar una cultura que reconoce el valor
de la vida. “Para cambiar los índices de violencia no sólo
debemos buscar la justicia, tambien estamos obligados a promover la convivencia
ciudadana”, reflexiona Campo.
Un programa de conciliación y arbitraje ha tenido, hasta la fecha,
un impacto pasitivo para 200 mil personas, y ha reducido costos para el
sistema de justicia.
Pero no sólo los líderes comunales han sido capacitados
en técnicas de conciciliación. El programa también
ha beneficiado a 120 mil niños que han sido capacitados en sus
centros escolares.
“Nuestra esperanza”, dice Campo, “es que la próxime
vez que dos adultos recurran a la violencia, su propio hijo les diga:
¿por qué mejor no lo hablamos?”.

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