| Alejandro
Alle*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Hace pocos días fue publicada en los periódicos de El Salvador
una propuesta para “gravar la telefonía” (verá
que la cosa es con usted…, y no con “la telefonía”),
iniciativa que consistiría en aplicar un cobro de 25 centavos de
dólar a todas las líneas de telefonía fija y móvil,
con la intención de recaudar fondos para la policía.
La necesidad de aumentar el presupuesto policial es evidente, y nadie
en su sano juicio se opondría a que ello ocurriera. Claro que el
gravamen sugerido amerita un análisis económico, tanto por
la forma en que se lo expone, como por la vía de cobro que se propone.
¿Por qué análisis económico? Porque se trata
de dinero que saldría de su bolsa (”su” de usted, ¿capite?)
si la propuesta prosperase, razón por la cual es relevante estudiarlo.
En cuanto a la forma en que el tema es expuesto, y el método de
cobro propuesto…, son propios de nuestros políticos latinoamericanos,
que hablan de gravar a alguien que no es usted (ja, ja), haciéndole
creer que van a cobrarle a una “actividad” (¿what?),
efectuada por una “empresa lucrativa” (¡vade retro,
Satanás!).
¿Sabe qué? Si una empresa tiene el dinero para pagar un
nuevo impuesto específico, como el citado, es porque ya se lo ha
cobrado, o se lo cobrará, al consumidor (que es…,¡usted!).
Sea aquí o en la China.
Estos temas se tratan con gran claridad en un libro escrito hace poco
por Antonio Margariti, economista que comparte con Fito Páez y
con el pibito Messi el hecho de ser rosarino.
Hablando de Rosario, hago un paréntesis para contarle un dato histórico
que a usted, que es salvadoreño, le va a interesar conocer: fue
en dicha ciudad donde Manuel Belgrano creó en 1812 la bandera argentina,
que poco después llegó a las costas cuscatlecas a bordo
de la fragata de Hipólito Bouchard, sirviéndole de inspiración
a Manuel José Arce cuando los milicianos salvadoreños lo
nombraron jefe de las fuerzas que se opusieron a la anexión a México
en 1822.
Y fue la esposa de Arce, Felipa Aranzamendi, quien con esos colores cosió
la primera bandera de la Federación Centroamericana, luego decretada
oficialmente en 1823 por la Asamblea Nacional.
¡Ah!, Belgrano para mí, y Arce para usted, pertenecen al
pequeñísimo grupo de personas que merecen ser llamadas “padres
de la patria” (deje de nombrar así a los diputados, ¡please!).
Volviendo al libro del rosarino (Margariti, no Messi), titulado “Impuestos
y pobreza”, el autor destaca enseñanzas tributarias de grandes
tratadistas, como Luigi Einaudi, acerca de que “los efectos de los
gravámenes no suelen limitarse a pagar el costo de tener gobierno,
sino que son un caldo de cultivo para fomentar malestares, odios y envidias”.
Lo que le conté de las “actividades” y las “empresas
lucrativas”, ¿no?
Señala también Margariti que el efecto de los impuestos
se puede analizar conceptualmente en cuatro etapas distintas, que son:
la “percusión”, la “traslación”,
la “incidencia”, y la “difusión” (no hace
falta memorizarlas…).
La “percusión”, o impacto fiscal, es la etapa en cual
la empresa hace la erogación para pagar el gravamen. Por ejemplo,
cuando tiene que abonar un nuevo impuesto específico.
Otra etapa es la “traslación” (del impuesto, porque
si fuera la traslación de pelota, Messi podría dar cátedra),
que ocurre cuando las empresas que pagan el impuesto tratan de recuperar
tal erogación, pasándola usualmente al precio de venta.
Una tercera etapa es la “incidencia”, cuando un individuo
de carne y hueso (¡ey!, hablo de usted) debe afrontar el desembolso,
soportando la carga de todos los impuestos habidos y por haber.
Y la cuarta etapa es la “difusión”, que tiene consecuencias
en toda la economía, ya que tanto la “traslación”
a precios, como la “incidencia” en su bolsa, producirán
inevitables efectos: aumento de precios, caídas de consumo, disminución
del ahorro, así como distorsiones en la oferta y la demanda de
bienes y servicios.
Es que si bien los impuestos son necesarios para que el sistema funcione,
no es cuestión de aplicarlos de cualquier manera, y menos aún
haciéndole creer a la gente que lo pagan “las empresas”;
porque ello es falso, y genera resentimientos. Propios de una “Ciudad
de pobres corazones”, como diría Fito Páez.
Hasta la próxima.
*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista
de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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