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Economía para todos
Teléfonos, impuestos... y Fito Páez

Volviendo al libro del rosarino (Margariti, no Messi), titulado “Impuestos y pobreza”, el autor destaca enseñanzas tributarias de grandes tratadistas.

Publicada 28 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Alejandro Alle*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Hace pocos días fue publicada en los periódicos de El Salvador una propuesta para “gravar la telefonía” (verá que la cosa es con usted…, y no con “la telefonía”), iniciativa que consistiría en aplicar un cobro de 25 centavos de dólar a todas las líneas de telefonía fija y móvil, con la intención de recaudar fondos para la policía.

La necesidad de aumentar el presupuesto policial es evidente, y nadie en su sano juicio se opondría a que ello ocurriera. Claro que el gravamen sugerido amerita un análisis económico, tanto por la forma en que se lo expone, como por la vía de cobro que se propone.

¿Por qué análisis económico? Porque se trata de dinero que saldría de su bolsa (”su” de usted, ¿capite?) si la propuesta prosperase, razón por la cual es relevante estudiarlo.

En cuanto a la forma en que el tema es expuesto, y el método de cobro propuesto…, son propios de nuestros políticos latinoamericanos, que hablan de gravar a alguien que no es usted (ja, ja), haciéndole creer que van a cobrarle a una “actividad” (¿what?), efectuada por una “empresa lucrativa” (¡vade retro, Satanás!).

¿Sabe qué? Si una empresa tiene el dinero para pagar un nuevo impuesto específico, como el citado, es porque ya se lo ha cobrado, o se lo cobrará, al consumidor (que es…,¡usted!). Sea aquí o en la China.

Estos temas se tratan con gran claridad en un libro escrito hace poco por Antonio Margariti, economista que comparte con Fito Páez y con el pibito Messi el hecho de ser rosarino.

Hablando de Rosario, hago un paréntesis para contarle un dato histórico que a usted, que es salvadoreño, le va a interesar conocer: fue en dicha ciudad donde Manuel Belgrano creó en 1812 la bandera argentina, que poco después llegó a las costas cuscatlecas a bordo de la fragata de Hipólito Bouchard, sirviéndole de inspiración a Manuel José Arce cuando los milicianos salvadoreños lo nombraron jefe de las fuerzas que se opusieron a la anexión a México en 1822.

Y fue la esposa de Arce, Felipa Aranzamendi, quien con esos colores cosió la primera bandera de la Federación Centroamericana, luego decretada oficialmente en 1823 por la Asamblea Nacional.

¡Ah!, Belgrano para mí, y Arce para usted, pertenecen al pequeñísimo grupo de personas que merecen ser llamadas “padres de la patria” (deje de nombrar así a los diputados, ¡please!).

Volviendo al libro del rosarino (Margariti, no Messi), titulado “Impuestos y pobreza”, el autor destaca enseñanzas tributarias de grandes tratadistas, como Luigi Einaudi, acerca de que “los efectos de los gravámenes no suelen limitarse a pagar el costo de tener gobierno, sino que son un caldo de cultivo para fomentar malestares, odios y envidias”. Lo que le conté de las “actividades” y las “empresas lucrativas”, ¿no?

Señala también Margariti que el efecto de los impuestos se puede analizar conceptualmente en cuatro etapas distintas, que son: la “percusión”, la “traslación”, la “incidencia”, y la “difusión” (no hace falta memorizarlas…).

La “percusión”, o impacto fiscal, es la etapa en cual la empresa hace la erogación para pagar el gravamen. Por ejemplo, cuando tiene que abonar un nuevo impuesto específico.

Otra etapa es la “traslación” (del impuesto, porque si fuera la traslación de pelota, Messi podría dar cátedra), que ocurre cuando las empresas que pagan el impuesto tratan de recuperar tal erogación, pasándola usualmente al precio de venta.

Una tercera etapa es la “incidencia”, cuando un individuo de carne y hueso (¡ey!, hablo de usted) debe afrontar el desembolso, soportando la carga de todos los impuestos habidos y por haber.

Y la cuarta etapa es la “difusión”, que tiene consecuencias en toda la economía, ya que tanto la “traslación” a precios, como la “incidencia” en su bolsa, producirán inevitables efectos: aumento de precios, caídas de consumo, disminución del ahorro, así como distorsiones en la oferta y la demanda de bienes y servicios.

Es que si bien los impuestos son necesarios para que el sistema funcione, no es cuestión de aplicarlos de cualquier manera, y menos aún haciéndole creer a la gente que lo pagan “las empresas”; porque ello es falso, y genera resentimientos. Propios de una “Ciudad de pobres corazones”, como diría Fito Páez.

Hasta la próxima.

*Ingeniero. Máster en Economía (ESEADE, Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

 

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