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Nota del día
Por si no se enteraron, pese al 92 sigue la guerra

No sería la primera vez que se intentan desarmes, como se hacían sin éxito durante la guerra. Lo preocupante ahora es que para exhibir éxitos con el plan, los desarmados van a ser los honestos.

Publicada 28 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com

Como lo hemos dicho, pero sin desestimar las propuestas de desarme que se plantean con ingenuidad de unos y malicia de otros, la ola de delincuencia que abate al país es parte de una ofensiva general contra la democracia y las instituciones, un embate cuyo punto de partida fue el 5J pero que se suma a los sufrimientos que desde hace dácadas victimiza a los salvadoreños. Comencemos por reconocer un hecho: que es ingenuidad creer que la guerra terminó en 1992.

Hay dos aspectos graves en esto del desarme: el primero, que resulta cien veces más fácil quitar armas a los honrados que a los delincuentes; lo segundo, que rearmar al crimen organizado, incrementar los grupos criminales y poner en pie ejércitos clandestinos no sólo es muy fácil, sino que estamos precisamente en esa etapa de preparativos para una nueva guerra. Lo que les haga falta a los “muchachos”, don Daniel más que gustosamente va a suministrarlo desde Nicaragua, como en una manera u otra sucede en estos momentos bajo las narices de las autoridades y del gobierno.

No sería la primera vez que se intentan desarmes, como se hacían sin éxito durante la guerra. Lo preocupante ahora es que para exhibir éxitos con el plan, los desarmados van a ser los honestos, los que tienen armas para defenderse y aunque llegado el momento en su mayoría se corran. Pero el atacante no sabe si al meterse a la casa va a violar impunemente a las indefensas mujeres, o lo van a repeler a balazo limpio. Y decimos impunemente porque esa es la tercera pata del infernal trinquete: los fallos amañados de los camaradas jueces en cumplimiento de consignas del partido que los manipula.

¿Hay tiempo para inventar la pomada?

¡Vaya desarme! ¿Es que se nos ha olvidado tan pronto lo sucedido la noche después de las elecciones? Pese a la vigilancia de la UMO y de unidades policiales, una chusma armada estuvo a punto de tomarse el hotel donde deliberaba el Consejo Central de Elecciones. Sería de tontos preguntar quién los armó y por qué iban dirigidos por diputados comunistas; las suposiciones es que además de poner de cabeza las elecciones, se planificaba atentar contra políticos a este lado de la decencia.

La criminalidad que aterra a la gente honesta es sólo parte de la agresión desatada. Que San Salvador esté convertido en un basurero, que los servicios de salud se paralicen por las huelgas de los sindicalistas (los cabecillas portando gorras cubanas), que los presupuestos de las municipalidades rojas se usen para mantener enjambres de activistas, es otra de las caras del asunto. Y esto, desde luego, no va a discutirse por la Comisión contra la violencia por desbordar su cometido oficial.

Los días pasan, los muertos aumentan, el desorden empeora, la suciedad abruma, la agitación no cesa y la propaganda de los comunistas incita al odio y a la violencia. Pensar que el problema son las maras es apenas ver una de sus caras y si además creemos que el remedio comienza por desarmar a los honestos, podemos como país despertar muy tarde para defendernos.

Hay responsabilidades que no pueden delegarse, sino que deben asumirse con vigor y convicción. El país no tiene tiempo para esperar que se invente la pomada mágica.

 

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