elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Aquí pasa Carlos Perla sus últimos días en París

En espera. La prisión de Fresnes, en las afueras de la capital, es el hogar del ex presidente de la Anda hasta su traslado. Ahora está en la unidad médica


Publicada 27 de noviembre de 2006 , El Diario de Hoy

Sanatorio. Hospital anexo a la penitenciaría de Fresnes, donde se encuentra Carlos Perla. Foto EDH
Periodista/Claudio Martínez
Fotoperiodista/Lissette Lemus
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Cuando uno transita por el Allee des Thuyans, la tranquila calle que bordea la prisión de Fresnes hasta desembocar en la entrada principal del penal, hay un rótulo que llama la atención. Puede leerse el nombre Perla en unas enormes letras rojas de neón iluminado.

No tiene nada que ver con el salvadoreño Carlos Perla, el hombre que está alojado unos metros más allá, detrás de esos muros gigantes que sólo permiten ver los tejados de los pabellones. Se trata de una pizzería llamada La Perla, nombre extraño teniendo en cuenta que el dueño -un francés alto, peinado para atrás y con pocas ganas de trabajar- confesó que no hablaba español. Curiosamente, La Perla es el único comercio en toda esa larga calle donde sólo se ven casas particulares.

Situada a 11.2 kilómetros de París y considerada la segunda cárcel más importante de Francia, la prisión de Fresnes es testigo de los últimos días en este país de Perla antes de ser extraditado. Llegó aquí en enero de 2004, después de haber sido arrestado. Ahora, según su abogado, se encuentra bajo tratamiento psiquiátrico en la unidad hospitalaria del lugar, pabellón que está situado cerca de la cárcel de hombres, en el ala izquierda de la penitenciaría.

La ciudad de Fresnes no tiene demasiados atractivos, pero parece apacible. La gente camina con sus largos panes -los famosos baguettes- bajo el brazo a un ritmo pausado, como en cámara lenta. Aquí no llegan el tren ni el metro. La estación más cercana es Antony, un pueblo vecino al que lo separan unas doce cuadras. Fresnes se debe a esta cárcel, que cuenta con cerca de 1,640 reclusos y que fue construida entre 1895 y 1898 gracias a un diseño revolucionario de Henri Poussin, que más tarde se imitaría en otros centros penales: la disposición horizontal de los pabellones unidos por un corredor.

Por dentro
En una de las esquinas de la muralla, grabado en piedra, aparece el nombre oficial Departament de la Siene - Maison de correction et infermerie centrale des prisons (Departamento de Salud- Cárcel y enfermería central de la prisión). Abajo se lee Légalité, Igualite y Fraternité (Legalidad, igualdad y fraternidad), eslogan de la Revolución Francesa.

Arriba, sobre el filo del muro, se levanta un asta del que flamea la bandera gala. Más adelante está la entrada de visitas, donde se puede acceder con facilidad. Incluso hay un parqueo interno para los familiares con su correspondiente señalización.

Al igual que en París, casi todos los carros son negros, azules, grises o blancos. Allí estaciona Ana Coralia de Perla, aunque la última vez que intentó ir a ver a su esposo no llegó a tiempo por culpa de un embotellamiento. A pesar de que en los edificios domina el cemento, hay suficiente vegetación, incluso algunos árboles se resisten a entregarle sus hojas al otoño.

Al llegar a la zona de visitas, donde familiares y amigos de los reclusos tramitan su carné en dos ventanillas para poder entrar, sólo se escuchan murmullos, el tono es bajo a pesar de que no hay ningún rótulo que exija silencio. Está poblado de gente y apenas si hay lugar para sentarse.

No todos son franceses, se ven ciudadanos de Senegal, Marruecos y Malí, entre otras nacionalidades.

Para ver a un interno, uno tiene que hacer la gestión con anterioridad. De lunes a viernes, los turnos son de 45 minutos mientras que los sábados sólo de media hora, puede ser por la mañana o por la tarde.

A un costado del salón se acumula una serie de cajas de alambre donde los visitantes tienen que dejar sus objetos personales antes de entrar en contacto con los reos.

Para aquellos familiares que vienen desde lejos de París existe un albergue dentro mismo de la prisión. Se construyó en 2000 para evitarse los traslados. La habitación simple cuesta 15 euros por noche, y la doble, 20.

No se advierte demasiada seguridad, pero es sólo una ilusión óptica. Desde que en 2003 el italiano Antonio Ferrara logró fugarse en un hecho digno de una película (ver recuadro), la vigilancia se ha redoblado y multiplicaron el monitoreo a través de cámaras de vigilancia.

El complejo carcelario abarca una superficie de cuatro hectáreas.

Según datos del Ministerio de Justicia francés, la mayor parte la ocupan las prisiones de varones (1346 lugares). La de mujeres es pequeña (apenas 98).

También está la unidad médico psicológica (48 lugares), y un hospital con 101 camas que depende del Ministerio de Salud, donde está Carlos Perla por estos días.

Por cuestiones de higiene, las celdas son individuales. Tienen entre 9 y 10 metros cuadrados y todas, sin excepción, cuentan con un inodoro y una pileta para lavarse las manos con agua caliente y fría. Lo único que comparten son las duchas. Si uno tiene dinero, la puede pasar algo mejor. Se consiguen algunas cosas legalmente y otras en el mercado negro. Según las memorias de un recluso de Fresnes, un televisor a colores en la celda cuesta 14 dólares por semana. Lo que más salida tiene es un paquete con 25 sobres de carta, por el que hay que pagar alrededor de dos dólares. La opinión de los reos sobre la comida no es demasiado buena. Que es insípida y mal cocinada son las principales quejas, y también que les llega fría.

En ese sentido, a Perla no le habrá costado tanto cuando en mayo de 2005 decidió hacer una huelga de hambre.

Carlos Perla es el recluso más famoso en Fresnes para los salvadoreños, pero aquí también están 35 miembros de la ETA. En este mismo lugar, pero en 1944, murió Louis Renault -fundador de la fábrica automotriz que lleva su nombre- luego de ser arrestado por colaborar con los nazis. En la Segunda Guerra Mundial, el penal tuvo su historia aparte (ver recuadro).

Las reglas de Fresnes son bastantes estrictas. Los prisioneros permanecen en sus celdas entre 22 y 23 horas al día. Sólo les permiten salir a caminar dos veces al día, además de atender visitas y abogados, prestarse a los diferentes chequeos médicos y concurrir a la corte cuando sea citado. Esa es la rutina que Carlos Perla, apenas reciba el alta médica, está a punto de abandonar. Para bien o para mal.


“Cada vez que hablo hago más ricos a los periódicos”

Esposa. Ana Coralia Chávez de Perla.. Foto EDH

Se le nota abatida, resignada a su suerte. La noticia de la extradición de Carlos Perla no tomó por sorpresa a Ana Coralia, su esposa. Ante el llamado telefónico de El Diario de Hoy, ella se tomó la amabilidad de atender. No quiso decir demasiado y se quejó del trato de los medios de comunicación, hasta que abruptamente cortó la llamada.

-Yo no quiero hablar con ustedes
-¿Por qué?
-Porque no.

-¿Queremos saber cómo está Carlos?
-Estamos esperando una notificación que le llegará al abogado. Deberían hablar con él y no conmigo.
-Ya hablamos con él. Dice que no tiene novedades.
-Mire, yo ya no voy a alimentar más las noticias. Además, ¿para qué me llaman? Si lo que yo digo no importa.

-¿Por qué dice eso?
-Porque es así. Lo que pasa es que la familia Perla vende… Si cada vez que hablo hago más ricos a los periódicos.

-¿Cómo hace para vivir sin su esposo teniendo cuatro hijos?
-¿Y usted qué cree? ¿Se imagina cómo me puedo sentir de estar así?
-¿Su trámite de residencia para poder trabajar aquí sigue sin salir?
-Sí, pero no entiendo para qué me lo pregunta. Eso ya lo dijeron los periódicos

-Entonces, ¿usted lee los periódicos?
-A veces. Hubo un tiempo en que los dejé de leer, ahora los veo. Sé todo lo que ustedes escriben, de la llegada de los fiscales y todo eso. Muy poético… Pero no voy a entrar más en su jugarreta. No me llame más a mi casa, este es un número privado y no quiero que me molesten…


Una ex ergástula de la ocupación nazi

Presidio. Fue utilizado por Hitler para retener a británicos y miembros de la Resistencia.. Foto EDH

Durante la Segunda Guerra Mundial, durante la ocupación nazi de París, las fuerzas de Hitler usaron la prisión de Fresnes como centro de detención de los soldados ingleses y también de los miembros de la Resistencia francesa, quienes permanecieron allí en pésimas condiciones humanas. Apenas las fuerzas aliadas desembarcaron en Normandía y se encaminaban a liberar París, la Gestapo comenzó a asesinar a la mayoría de los prisioneros. Uno de los que se salvó y pudo contar la historia es Christopher Burney, agente del Servicio Secreto inglés, dejado libre en 1945, quien contó sus 15 meses de padecimientos en un libro llamado Solitary Confinement (Confinamiento solitario).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

elsalvador.com WWW