| Marcel Orestes Posada*
El Diario de Hoy
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Era la época del New Deal cuando el sociólogo Ed Sutherland dictó en Fila-delfia su memorable conferencia The White Collar Criminal, que trazaría nuevos horizontes a la investigación criminológica. No es que nunca antes haya existido interés por reprimir el abuso económico: ya el Código de Hammurabi (1700 a.C.), el Pentateuco (1400 a.C.) y el “De Fideicomissis” de Ulpiano (100 d.C.), contenían normas sobre la materia; ya Luis XIV (1700 d.C.) había instituido la pena de muerte para el autor de bancarrota fraudulenta (aunque jamás fue aplicada). Lo que pasa es que el tema cuello blanco, de espectro tan evanescente como los intereses que lesiona, aflora, se calienta, hierve al fuego de las crisis o al colofón de éstas, como sucedió en EE. UU. tras la gran depresión que comenzó en 1929.
Nuestra Ley Penal contiene casi un centenar de artículos sobre delitos de cuello blanco, entre los cuales destacan los relativos a mercado y libre competencia, protección del consumidor, evasión fiscal, construcciones no autorizadas, perjuicios al medio ambiente y salud pública, prevaricato, peculado, malversación, enriquecimiento ilícito, lavado de dinero, etc. Del total del articulado que define delitos, un 25% se refiere a cuello blanco. ¡Tantos crímenes en el papel!, pero ¿por qué ningún criminal condenado? Trataré de explicarlo mediante el siguiente perfil del sujeto, elaborado con datos de expertos:
1. Honorabilidad: Su nivel socioeconómico, profesional u oficial proyecta una imagen de adaptación, integridad y respetabilidad que no encaja en el estereotipo de delincuente común. Ello lo hace digno de confianza y aprecio general. 2. Inteligencia: Conoce tan bien su “negocio” que juega malabares con el mismo. Sabe cómo violar la ley sin ser descubierto. 3. Amoralidad: Su elevada autoestima, egoísmo y vanidad le han cauterizado el alma. Presa de un desmedido afán de lucro, vector del consumismo, ha trastocado los valores, colocando el utilitarismo material como patrón de vida. Carente de espiritualidad y sentido solidario, a veces se disfraza de mecenas y filántropo. 4. Poder: Ha tejido una telaraña de relaciones de influencias tan fuerte, que tocarlo significa “llevarse de encuentro” a otros socios o aliados, razón por la cual éstos son sus naturales puntos de apoyo y defensores obligados. Tal es la personalidad de este sociable antisocial insaciable, quien luce pulcro cuello blanco, pero esconde un alma negra.
Siete factores ambientales robustecen la conducta del criminal:
1. Indiferencia o tolerancia social debido a 3 razones: a) muchos admiran con morbo el liderazgo del transgresor; b) con frecuencia el asunto se diluye en “intereses difusos”; es decir, es virtualmente imposible o muy difícil aislar víctimas u ofendidos; c) los bajos promedios de educación y cultura de la población, dificultan a ésta comprender que el agravio es infinitamente superior al causado por cualquier delito común. 2. Escudo legal: La “personería” jurídica pone a cubierto a la personal natural, de modo que la posible multa puede ser absorbida por aquélla y viene a ser como “licencia” para seguir delinquiendo. 3. Prisión indisuasiva: La reclusión más larga es teóricamente de 15 años, sólo para el lavado de dinero y activos; los demás tienen sanciones menores. El riesgo de la cárcel en modo alguno disuade, pues en términos de costo/beneficio el malhechos sale ganando ampliamente. 4. Pena sin sentido: La Constitu-ción (Art. 27) y la Ley Penitenciaria (Art. 2) se proponen “...corregir a los delincuentes, formarles hábitos de trabajo, procurando su readaptación...” y su “... armónica integración a la vida social”, finalidades carentes de sentido para individuos muy trabajadores, integrados y adaptados al medio.
5. Prevención fallida: Toda política criminal preventiva nada tiene qué ver con quienes por su inteligencia y poder, son inalcanzables por cualquier control social; más bien ellos son agentes de control y manipulación de las políticas: 6. Chivo expiatorio: Con todo, si el escándalo amenaza, los poderosos hacen 2 cosas paralelas: a) emprenden una campaña “anticorrupción”; b) entregan un “chivo expiatorio”, quien más tarde es restablecido en libertad y “bien compuesto”. 7. Impuni-dad: Todo ello se derrama pesadamente sobre el sistema de justicia (PNC, FGR, OJ), de por sí débil y en lucha desigual para batir la vorágine criminal más devastadora de la historia. Así la impunidad campea incólume.
Minimizar el fenómeno (que no erradicarlo, por imposible) sólo podrá lograrse mediante una revolución espiritual, que restaure la escala de valores a las 6 categorías que el filósofo Max Scheller jerarquiza así: espirituales, éticos, estéticos, intelectuales, vitales y útiles. El motor del cambio está escondido en la almendra del alma colectiva. Debemos transfundir sangre del Espíritu a esta sociedad civil que hoy por hoy parece desfallecer.
*Doctor en Derecho.

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