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Desde Washington
Dios escondido, Dios deseado

El Siglo XXI es mucho más creyente que el pasado Siglo XX. Hay nostalgia de Dios. Muchos le buscan por diferentes caminos

Publicada 27 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

(Primera parte)
Vivimos momentos donde a escala mundial parece triunfar la negación de Dios, el ateísmo. No un ateísmo abiertamente agresivo, como el de algunos ilustrados del Siglo XVIII, algunos feroces anticlericales del Siglo XIX o el impuesto en la Rusia soviética con todo el aparato opresivo del Estado. No. Ese tipo de ateísmo ahora es minoritario y vergonzante, no suele dar la cara. Aprendió las técnicas del marketing y de la publicidad y se esconde sobre imágenes de mejor aspecto.

Hay otro tipo de actitud ante Dios que casi no puede llamarse ateísmo porque no niega la existencia de Dios. Son gente que se mueve en un terreno práctico. Si existe o no existe Dios consideran que es algo irrelevante. No les interesa. Prescinden de él. Dicen que no lo necesitan para nada en su vida. Están bien así, tal como están. Les va bien así…, mientras les va bien, claro, mientras la salud física y económica es boyante, mientras gozan de placeres, de cierto status y confortable bienestar.

Otros, ponen a Dios entre paréntesis. Creen, más o menos, en Dios; algunos incluso se declaran cristianos pero no practicantes. Inmersos en lo inmediato, al ritmo trepidante que impone la vida actual, donde no caben espacios de verdadero silencio, no tienen tiempo --ni muchas ganas-- para pensar en Dios y menos aún par dedicarle algo de sus actividades. Por eso cuando se quedan solos, por algunos momentos, huyen del silencio, que es la puerta de la meditación y de la oración, y se apresuran a encender la televisión, la radio o un CD que mate el silencio. Toda una gran parte de nuestro mundo civilizado tiene horror al silencio.

Hay otros ateos que refuerzan sus creencias negativas --el ateísmo es eso, una creencia, una fe negativa-- con gran aparato bibliográfico. Ellos se autoestiman como gente culta. Han leído mucho. Están bien arropados por los apóstoles de la increencia, desde Voltaire y algún otro enciclopedista, hasta el altivo Sarama-go, pasando por el tremendo Bertrand Russell, que creyó haber demostrado la no existencia de Dios.

Y sin embargo Dios vuelve a aparecer en nuestro tiempo por muchos sitios, personas y razones. El Siglo XXI es mucho más creyente que el pasado Siglo XX. Hay nostalgia de Dios. Muchos le buscan por diferentes caminos. La mayoría de esos caminos no llevan a Él. Algunos son caminos demasiado cómodos y vagos. Comprome-ten a muy poco o a nada. Y Dios llega a través de la cruz.

Se va echando en falta a Dios, porque la actual cultura atea ha producido frutos muy amargos de profunda infelicidad. Detrás de los modelos aparentemente logrados que nos presentan --exitosos en belleza, fama, dinero, lujos, etc.-- y sin contar todos los estragos que el sexo “seguro” y libertario produce, se esconde la realidad irrefutable de un auge de vidas conflictivas, violentas, un creciente consumo de drogas, un aumento, a escala mundial, de suicidios de gente joven, cada vez más joven. La cultura atea no frena el desarrollo económico ni el bienestar material; lo que frena y en los casos más agudos pulveriza, es la necesidad más profunda de todo ser humano: la felicidad. Ninguna persona feliz se droga ni se suicida. Tampoco, si cree de verdad en Jesucristo.

La ciencia, que algunos vieron en el Siglo XVIII como la enterradora del cristianismo, ahora va reforzando cada vez más una de las pruebas que Santo Tomás de Aquino daba para conocer a Dios a través de la razón: El orden del Universo. Si existe un orden es porque hay un ordenador. Es una ironía de la historia que fuera precisamente un sacerdote católico, Georges Lemaître, el descubridor de la teoría del Big-Bang y que el principio antrópico que el astrofísico Brandon Carter enunciara --con gran escándalo y protestas de los científicos ateos- allá en 1974-- se haya ido robusteciendo desde entonces.

En su forma más débil, ese principio hoy es admitido, incluso por los científicos no creyentes. Surge al comprobar que desde el Big Bang hasta la aparición de los humanos, se han tenido que cumplir una serie de leyes, recorriendo un camino estrechísimo, donde el más mínimo fallo o desviación no habría hecho posible que hoy existiéramos. Es decir, “todo parece que ha sido programado y ejecutado para que al final de ese largo recorrido pudiera aparecer el “anthropos”, el hombre”. Atribuir todo lo que existe, con sus intrincadas muestras de inteligencia y poder, a la casualidad, al azar, a la materia --que ni piensa ni tiene vida-- o a una fuerza ciega y no a una potente inteligencia y poder, es una explicación muy endeble. Las ciencias naturales se mueven en un orden donde no son competentes para resolver problemas de metafísica o de teología. Pero sí llegan hasta el borde del misterio.

*Dr. en Medicina y columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net

 

 

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