Punto de vista
El corazón de la cebolla

No es utópico lo que escribo, no es idealista. Los valores tumbaron muros y derrocaron regímenes que no creían en ellos.

Publicada 25 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

La historia tiene capas. Es como una cebolla cuyo centro está rodeado de entretelas. Se pueden ir quitando, una a una. Todas son cebolla, pero ninguna tiene sentido si no existe el núcleo central.

Leía hace unos días un libro muy interesante. “Política sin Dios”, se titula. El autor hace un análisis --profundo y agudo-- de la Europa que se ha negado a reconocer las raíces cristianas de la que es deudora. Se ocupa del Estado laico y escéptico en boga, y lo contrasta con los valores cristianos que lo conformaron desde su origen.

Cuando, ya bien entrado en el libro, estudia el fenómeno que en Polonia hizo tambalear primero, y luego caer por tierra al régimen comunista: el famoso sindicato de los trabajadores polacos, llamado Solidaridad, vino a mi mente la delicada situación que atravesamos con respecto a la delincuencia.

¿Qué tiene que ver la Polonia comunista de los años ochenta con El Salvador de principios del Siglo XXI? ¿Qué paralelismo se puede encontrar entre una pacífica revuelta contra un gobierno totalitarista, y la deseada solución que nos libere del secuestro en que nos tiene la delincuencia?

Weigel transcribe las reflexiones de un amigo suyo polaco, mientras analiza la situación y explica que con una mirada más o menos superficial de las cosas, la caída del régimen podría explicarse por la incapacidad de la economía comunista para mantenerse en pie, la torpeza del gobierno para manejar la situación, la presencia de una generación de polacos deseosos de mantener el statu quo pero incapaces de sacar el ejército a las calles, el apoyo internacional que recibió Solidaridad, la posibilidad de contar en Roma (Juan Pablo II) con un megáfono de alcance universal para denunciar los atropellos, etc.

Sin embargo, continúa, ninguna de esas explicaciones daría razón de lo que en realidad sólo pueden saber los que estaban allí. Ninguna refleja el dramático sentido de liberación que todos experimentaban, ni la determinación de vivir “como si” ya los polacos fueran libres, aun cuando el colapso del régimen oficial era prácticamente inimaginable.

La respuesta, se encuentra al ir quitando las capas más exteriores de la cebolla de la historia, hasta llegar al cogollo, donde está celada por las explicaciones obvias que, paradójicamente, impiden ver las razones verdaderas.

El quid del asunto se encuentra en los valores cristianos que sostenían la cultura y el ánimo de los polacos: la honestidad que se opuso a la omnipresente mentira comunista, el coraje que enfrentó la brutalidad, la fraternidad que encaró la práctica marxista de dividir para gobernar. Solidaridad creó una nueva cultura, dio paso a un nuevo talante ciudadano. El resto, en boca de Weigel, “es historia”.

Algo de eso nos pasa aquí. Querer vencer la delincuencia sólo basándose en la tríada captura-juicio-condena, funcionará --sin duda-- en el corto plazo. Pero, en el mediano término, sólo los valores posibilitarán que salgamos adelante.

Me atrevo a citar los mismos que identifica Weigel: honestidad, coraje, fraternidad, solidaridad. Ante un enemigo común lo primero que debe hacerse es reflexionar sobre la capacidad para enfrentarlo. Los legisladores, los jueces y los policías tienen su parte. Pero también los ciudadanos tenemos la propia.

Ojalá que esta crisis que nos exaspera, sirva para plantearnos más en serio el papel de los tres pilares en los que descansa la educación ciudadana: la familia, la iglesia y la escuela.

Ya hemos dado lecciones al mundo de cómo se puede terminar una guerra fratricida por medio de la decisión de dialogar. Ahora nos toca darnos lecciones a nosotros mismos de cómo ir a fondo y enfrentar los problemas desde la raíz.

Juan Pablo II escribió que muchos en Europa atravesaban por una era de “soledad y vacío interior”, y explicó cómo la pacífica revolución polaca mostró --primero en el este de Europa, y luego en Occidente--, que “nosotros” somos alguien, que “nosotros” somos capaces de un interior renacimiento espiritual, moral y político (en ese orden).

No es utópico lo que escribo, no es idealista. Los valores tumbaron muros y derrocaron regímenes que no creían en ellos. No nos quedemos en la superficie, hace falta ir a fondo. Sólo así, esta etapa de crisis social que nos abruma, será --dentro de poco tiempo--, “sólo historia”.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy. carlos@mayora.org