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Carlos
Mayora Re*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
La historia tiene capas. Es como una cebolla cuyo centro está
rodeado de entretelas. Se pueden ir quitando, una a una. Todas son cebolla,
pero ninguna tiene sentido si no existe el núcleo central.
Leía hace unos días un libro muy interesante. “Política
sin Dios”, se titula. El autor hace un análisis --profundo
y agudo-- de la Europa que se ha negado a reconocer las raíces
cristianas de la que es deudora. Se ocupa del Estado laico y escéptico
en boga, y lo contrasta con los valores cristianos que lo conformaron
desde su origen.
Cuando, ya bien entrado en el libro, estudia el fenómeno que en
Polonia hizo tambalear primero, y luego caer por tierra al régimen
comunista: el famoso sindicato de los trabajadores polacos, llamado Solidaridad,
vino a mi mente la delicada situación que atravesamos con respecto
a la delincuencia.
¿Qué tiene que ver la Polonia comunista de los años
ochenta con El Salvador de principios del Siglo XXI? ¿Qué
paralelismo se puede encontrar entre una pacífica revuelta contra
un gobierno totalitarista, y la deseada solución que nos libere
del secuestro en que nos tiene la delincuencia?
Weigel transcribe las reflexiones de un amigo suyo polaco, mientras analiza
la situación y explica que con una mirada más o menos superficial
de las cosas, la caída del régimen podría explicarse
por la incapacidad de la economía comunista para mantenerse en
pie, la torpeza del gobierno para manejar la situación, la presencia
de una generación de polacos deseosos de mantener el statu quo
pero incapaces de sacar el ejército a las calles, el apoyo internacional
que recibió Solidaridad, la posibilidad de contar en Roma (Juan
Pablo II) con un megáfono de alcance universal para denunciar los
atropellos, etc.
Sin embargo, continúa, ninguna de esas explicaciones daría
razón de lo que en realidad sólo pueden saber los que estaban
allí. Ninguna refleja el dramático sentido de liberación
que todos experimentaban, ni la determinación de vivir “como
si” ya los polacos fueran libres, aun cuando el colapso del régimen
oficial era prácticamente inimaginable.
La respuesta, se encuentra al ir quitando las capas más exteriores
de la cebolla de la historia, hasta llegar al cogollo, donde está
celada por las explicaciones obvias que, paradójicamente, impiden
ver las razones verdaderas.
El quid del asunto se encuentra en los valores cristianos que sostenían
la cultura y el ánimo de los polacos: la honestidad que se opuso
a la omnipresente mentira comunista, el coraje que enfrentó la
brutalidad, la fraternidad que encaró la práctica marxista
de dividir para gobernar. Solidaridad creó una nueva cultura, dio
paso a un nuevo talante ciudadano. El resto, en boca de Weigel, “es
historia”.
Algo de eso nos pasa aquí. Querer vencer la delincuencia sólo
basándose en la tríada captura-juicio-condena, funcionará
--sin duda-- en el corto plazo. Pero, en el mediano término, sólo
los valores posibilitarán que salgamos adelante.
Me atrevo a citar los mismos que identifica Weigel: honestidad, coraje,
fraternidad, solidaridad. Ante un enemigo común lo primero que
debe hacerse es reflexionar sobre la capacidad para enfrentarlo. Los legisladores,
los jueces y los policías tienen su parte. Pero también
los ciudadanos tenemos la propia.
Ojalá que esta crisis que nos exaspera, sirva para plantearnos
más en serio el papel de los tres pilares en los que descansa la
educación ciudadana: la familia, la iglesia y la escuela.
Ya hemos dado lecciones al mundo de cómo se puede terminar una
guerra fratricida por medio de la decisión de dialogar. Ahora nos
toca darnos lecciones a nosotros mismos de cómo ir a fondo y enfrentar
los problemas desde la raíz.
Juan Pablo II escribió que muchos en Europa atravesaban por una
era de “soledad y vacío interior”, y explicó
cómo la pacífica revolución polaca mostró
--primero en el este de Europa, y luego en Occidente--, que “nosotros”
somos alguien, que “nosotros” somos capaces de un interior
renacimiento espiritual, moral y político (en ese orden).
No es utópico lo que escribo, no es idealista. Los valores tumbaron
muros y derrocaron regímenes que no creían en ellos. No
nos quedemos en la superficie, hace falta ir a fondo. Sólo así,
esta etapa de crisis social que nos abruma, será --dentro de poco
tiempo--, “sólo historia”.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista
de El Diario de Hoy. carlos@mayora.org

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