Comentando
Daniel Ortega y la muerte de la utopía

No fue la guerra de la Contra y de Reagan lo que sacó a Ortega del gobierno. Fue la mayoría de los nicaragüenses con su voto en las elecciones de enero de 1990.

Publicada 23 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

(Primera parte)
La vida da vueltas. Daniel Ortega será otra vez presidente de Nicaragua. La mayoría de nicaragüenses, más del 65%, votó en su contra. No importa. Él será presidente constitucional y esa mayoría tendrá que soplárselo por lo menos la próxima media docena de años.

El resultado electoral de Nicaragua me hizo recordar, como en un vídeo clip con música de Carlos Mejía Godoy, densos episodios vividos en esa entrañable tierra de poetas. Meditar en esos recuerdos me ha sido mucho más útil que analizar cifras y estrategias de campaña para entender la victoria de Ortega y poner en perspectiva lo que se viene.

La noche del 27 de diciembre de 1974, un comando sandinista tomó por asalto la casa de José María Castillo, donde se habían reunido muchos allegados e incluso familiares del dictador Somoza. Los guerrilleros, además de una cuantiosa suma de dinero, demandaban la libertad de varios prisioneros, entre ellos Daniel Ortega Saavedra, quien tenía ya siete años de estar preso.

A Somoza no le quedó más remedio que ceder en todo. Tras esa operación los guerrilleros sandinistas se hicieron famosos en todo el mundo. Yo tenía entonces 16 años, ya había estado un par de veces en una Nicaragua de aduanas tristes y lugares llenos de guardias malencarados. Los sandinistas me cayeron bien. Eran los románticos muchachos que luchaban contra el odioso dictador.

Le cayeron bien a medio mundo. Era una guerrilla donde había desde gente muy humilde hasta muchachos y muchachas de prominentes familias. En el mismo comando que asaltó la casa figuraban por ejemplo Javier Carrión, Joaquín Cuadra, Roger Deshon, Omar Halleslevens y Eduardo Contreras. La misma Marisol Castillo, hija de José María Castillo, quien murió en el asalto a su casa, se unió poco después al Frente Sandinista.

La mañana del 22 de agosto de 1978, otro comando sandinista ejecutó la espectacular toma del Palacio Nacional con todo y diputados adentro. La imagen victoriosa de Edén Pastora, el legendario comandante Cero, con el pañuelo rojo y negro al cuello, la boina, la metralleta en la mano y las granadas colgado del pecho eran la viva imagen de la rebeldía contra los opresores y de la luchas por un mundo mejor.

La alegría traspasó las fronteras de Nicaragua cuando un año después Somoza fue derrocado y un gobierno revolucionario llegó anunciando la libertad y los ríos de leche y miel. Y comenzó la cosa: reforma agraria, campañas de alfabetización, grandes concentraciones en la plaza de la revolución, la alegría colectiva. La utopía hecha realidad. Duró poco. Muy poco. Unos cuantos meses después de instaurada, la junta de gobierno pluralista se fue desgajando hasta quedar sólo los sandinistas.

La antigua policía política del dictador fue sustituida por la seguridad del estado del gobierno revolucionario. Un cambio de nombre, pero igual de represiva. Los medios de comunicación fueron asediados, los disidentes encarcelados, golpeados, humillados. Y aquellos muchachos rebeldes de los setentas se convirtieron en el poder en “prepotentes faraones” como reconoce Tomás Borge.

El autoritarismo, la exclusión, el militarismo, una economía enloquecida fueron las características de ese gobierno. Si bien es cierto que el gobierno de Reagan apoyó la insurgencia antisandinista, eran nicaragüenses, campesinos en su mayoría, los que empuñaron las armas en contra del gobierno que encabezaba Daniel Ortega.

Los nueve nueve miembros de la Dirección Nacional del Frente Sandinista, gobernaron como un Somoza. De la utopía sólo quedaban los recuerdos de las hazañas de Ricardo Morales, Leonel Rugamas, Claudia Chamorro, Arlen Siu y otros muchachos muertos en combate. Los ríos de leche y miel prometidos en vibrantes discursos se convirtieron en realidad en ríos de sangre de millares de nicaragüenses en las montañas.

Pero no fue la guerra de la Contra y de Reagan lo que sacó a Ortega del gobierno. Fue la mayoría de los nicaragüenses con su voto en las elecciones de enero de 1990. La utopía se había derrumbado. Lo paradójico es que en aquella histórica derrota, Ortega obtuvo más votos que en su victoria de este año.

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv