| Carlos Sandoval*
El Diario de Hoy
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A pesar de que la corrupción política ha alcanzado en los últimos meses niveles escandalosos y alarmantes, no hay propuestas destinadas a prevenirla y castigarla. Por el contrario, parece que se le ve como algo natural y familiar. Es una institución.
Entre los casos delictivos de mayor bulto están los de dos diputados y un ex director de ANDA, enjuiciados por corruptelas “supuestas” --según las nuevas normas moralinas de algunos periodistas-- en perjuicio del tesoro público. Afortunadamente los medios de comunicación han venido dando a conocer estos casos bochornosos y deshonrosos, que han colocado a El Salvador en el quinto deshonroso lugar de la corrupción política en América Latina.
Debido a que existe cierta confusión conceptual en relación a este delito es necesario hacer una breve aclaración. El diputado Gerson Martínez, del FMLN, por ejemplo, a su regreso de una reunión en la ONU, Nueva York, dijo que hay tres clases de corrupción política: la burocrática, la de negocios y la política. Esta división tripartita es falsa porque se trata de una sola: la política.
La corrupción burocrática es la misma que la política y la de los negocios no es política, sino privada. La corrupción política se caracteriza por violentar las normas de la administración pública y, por eso mismo, sólo lo pueden cometer funcionarios y empleados públicos. Es decir, que este tipo de delito lo cometen únicamente personas que ocupan un cargo en el gobierno del Estado.
La corrupción política, según Norberto Bobbio, se divide en tres tipos: cohecho o soborno, peculado o apropiación del tesoro público para uso privado y nepotismo o concesión de empleos dentro de la administración pública, con base a la relación de parentesco y no de mérito. No sabría decir el motivo por el cual el diputado Martínez, a quien admiro por su gran capacidad analítica, no menciona el delito de nepotismo.
Tal vez sea porque lo desconoce --lo que no lo exime de culpa-- o porque su partido, el FMLN, está involucrado en dicho delito, al igual que el PCN y ARENA --lo que lo convierte en cómplice--. Es decir, que por cualquiera de los dos motivos es culpable, de acuerdo al dilema de los cuernos. Es necesario hacer ver que la corrupción política es mucho más peligrosa que los delitos comunes --extorsión, robo, narcotráfico, lavado de dinero, amenazas, etc.-- porque desprestigia al poder público, atenta contra la gobernabilidad democrática y socava normas éticas y jurídicas.
Otro término que se usa en forma ambigua es el de delito. Delito significa, gramaticalmente, culpa, quebrantamiento de la ley. Y, en sentido jurídico, acción u omisión antijurídica, imputable y culpable, sancionada por la ley. Delito y crimen son términos equivalentes, pero se distinguen en que el vocablo delito es genérico y crimen es específico, ya que se refiere a un delito más grave o daño contra las personas. En forma técnica delito es, según el penalista español Luis Jiménez de Asúa, el acto típicamente antijurídico, culpable, imputable a un ser humano y sometido a una sanción penal.
En El Salvador la corrupción política se ve como algo habitual de la sociedad. Tal vez porque pensamos que la ambición por la riqueza fácil y rápida es parte esencial de la naturaleza humana. Al político, por ejemplo, que no se aprovecha del tesoro público, se le califica de “pendejo”, tonto, dejado y, en cambio, al que se sirve del erario para su uso privado se le considera “listo”, vivo, osado.
Los tontos son los deshonestos y los audaces los honestos. Por ello se puede decir que padecemos de anomia, una frase inventada por Durkheim para significar ausencia de normas éticas y jurídicas. Por la anomia que padecemos no distinguimos el mal del bien, lo noble de lo indigno, lo lícito de lo ilícito, lo decente de lo corrompido. Vivimos la cultura de la corrupción. Tal vez por esto dijo Benavente que en esta vida lo que cuenta no son los amores, sino los intereses creados.
Es curioso que los personajes más devotos de la cultura de la corrupción, los que tienen más intereses creados, sean los que el pueblo elige en consultas populares, para que los represente en el Gobierno. Por eso lo que más les preocupa a los políticos no es que los insulten, sino que los descubran como gorrones del tesoro público.
*Lic. en Filosofía. carlos_sando1@yahoo.com

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