| Evangelina del Pilar de Sol*
El Diario de Hoy
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Ser de derecha o sea anticomunista, no significa “ser los buenos de la película”. Por creer esto erróneamente y con profunda ceguera, en El Salvador estamos caminando peligrosamente, con una venda en los ojos, directo al abismo.
El gane de la presidencia del comunista Daniel Ortega en Ni-caragua, debe alertarnos a poner nuestra barba en remojo.
Ese señor asegura haber cambiado. Bueno, eso está por verse, y si ha cambiado, pues enhorabuena para el pobre pueblo nicaragüense, que no merece seguir sufriendo. Nosotros dudamos de tal cambio, empero, desafortunadamente, ese electo presidente, a más de la tercera parte de ese pueblo sí lo convenció.
A quienes lo eligieron no les importó recordar el pasado de opresión al que fueron sometidos bajo la bota comunista. No les importaron tampoco las acusaciones de corrupción contra él, ni que condujera al país al total caos económico en que quedó después de su mandato. No fueron asimismo importantes, las acusaciones de su hijastra de haberla violado sexualmente desde los doce años, ni el racionamiento de las necesidades básicas, como la comida, vestuario, gasolina y medicinas, ni las privaciones de libertad que vivieron durante 11 años de su nefasto gobierno.
¿Qué pasó con este pueblo? Sencillo tenía hambre y sintió no tener nada quçe perder al elegirlo.
La total miseria que el mismo Ortega dejara en el pasado y que doña Violeta Chamorro quiso erradicar, resultó imposible. Posteriormente, ésta fue agravada por la corrupción de Alemán, quien heredó al actual presidente Bolaños, un país en completa bancarrota, por lo que los nicaragüenses se cansaron de esperar infructuosamente que se cumplieran las promesas de la derecha, que nunca fructificaron.
Por naturaleza, votar para elegir un gobierno implica el interés justo de todo votante en cuanto a su bienestar personal y familiar. Para esto buscará un candidato que él crea que posee las cualidades necesarias para proporcionarle lo anterior. En estos países en que usualmente al ciudadano se le dificulta vislumbrar la luz al final del túnel de la justicia, el no alcanzar bienestar con un gobierno, lógicamente lo llevará a buscarlo, en un cambio radical con otro.
En nuestro país la economía es muy superior a la de Nicaragua y por todos lados se observa un vertiginoso crecimiento, pues el empresario salvadoreño se ha distinguido siempre por su tenacidad en el trabajo, lo que nos ha hecho llegar a ser uno de los países más progresistas del Istmo, en cuanto a modernización. Pero aunque esta situación es sumamente loable, el problema se deriva en la existencia de la extrema pobreza y de las estructuras económicas injustas que originan grandes desigualdades, sobre todo cuando, erróneamente, políticas gubernamentales protegen y privilegian grandes monopolios, como sucediera en Nicaragua, con grave menoscabo de la ciudadanía en general.
Por otro lado, el empresario que utiliza a su empleado como un objeto para su provecho y no le compensa con justicia, está labrando el camino para que éste, con su voto, se convierta en un enemigo potencial del sistema democrático. Una auténtica democracia sólo es posible si existe una recta concepción de la persona humana.
Lo grave para El Salvador es que, comparándolo con Nicara-gua, podría decirse que nuestros problemas son muy superiores a los de aquella nación, pues además de la extrema pobreza que ambos países padecen --pobreza que el egoísmo humano no quiso ver en Nicaragua y que ocasionara la reconquista del poder por Ortega--, aquí enfrentamos una violencia delincuencial sin control que no tiene Nicaragua, pues Ortega, anteriormente, como presidente tirano del sistema comunista, a nadie concedía derechos humanos, ni menos a los que le causaban problemas como los delincuentes, erradicándolos de raíz, y como el ejército siempre estuvo en su poder, el orden publico se siguió manteniendo mediante --lo que realmente es--, una verdadera mano dura.
En cambio aquí la vida del salvadoreño está en poder de la delincuencia generalizada, protegida por jueces corruptos o comunistas, que se aprovechan de su investidura llevando agua a su pozo para crear más caos delincuencial en su beneficio, para próximas elecciones.
Recordemos que en nuestra política sólo tenemos dos opciones. Veamos a Nicaragua y aprendamos la lección.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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