| Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Gran parte de la vida la dedicamos a hacer planes, que muchas veces no se van a cumplir, pero representan proyectos, ilusiones o sueños. Comenzamos a hacerlos desde antes de que los hijos nazcan y los vamos modificando con el tiempo.
Sin embargo, muchas veces estos planes, que a nosotros nos parecen muy buenos, no siempre coinciden con los planes de Dios, cuyos caminos son diferentes a los de los hombres. Es cuando se manifiesta la voluntad de Dios que casi siempre cuesta entender, algunas personas llegan a aceptar y las almas privilegiadas, logran amar.
La familia de Enrique García Prieto Orellana pertenece a este grupo, ya que con la muerte de su hijo han dado ejemplo de reciedumbre, fortaleza y conformidad. Han sido modelo de entrega incondicional a los planes divinos, a veces duros y dolorosos, al decir, con el alma inundada de dolor: “Señor,Tú nos lo diste prestado para que en él grabáramos tu imagen. Hoy nos lo has pedido y te lo entregamos sabiendo que hicimos bien nuestra tarea y que como los jardineros cortan las flores, así Tú te lo llevaste contigo en su mejor momento”.
Quique fue un estudiante alegre, que disfrutó la compañía de sus compañeros e hizo de su casa el eje donde todos convergían. Sus padres, Enrique y María Elena, fueron generosos abriendo sus corazones y su hogar, a aquel grupo de adolescentes bulliciosos, que se unían entusiasmados a las actividades de los García Prieto: trasladarse a San Isidro durante la temporada de café; seguir de cerca las actividades del equipo local de fútbol; seguir con emoción o angustia los altibajos del Águila. Y por supuesto comer y dormir y divertirse, mientras los años iban pasando hasta llegar al momento de la graduación.
El carácter disciplinado de Quique le permitió completar sus estudios universitarios en el exterior e iniciar su vida profesional poniendo en práctica las virtudes humanas que le habían sido inculcadas en el colegio, y que también se vivían en el ámbito familiar. Espíritu de servicio, profundo amor al prójimo, gran sentido de responsabilidad social, consecuencia de una sólida formación doctrinal religiosa, que le hacía un católico practicante y consecuente con sus creencias. No era extraño encontrarle con sus padres y hermanas, asistiendo a la misa dominical y muchas veces en los jueves eucarísticos.
Y aquel 30 de agosto, cuando de camino hacia su trabajo en Metapán, ocurrió el accidente que terminó con su vida, sus padres y sus hermanas nos enseñaron cómo en medio del dolor, puede verse la mano amorosa de Dios, y que si es Su voluntad todo es para bien. Como lo dicen los versos de José María Pemán: “Bendito seas Señor, por tu infinita bondad, porque entregas con amor, sobre espinas de dolor, rosas de conformidad./ Por tu bondad y tu amor, porque lo mandas y quieres, porque es tuyo mi dolor, bendita sea, Señor, la mano con que me hieres”.
Esta semana, los periódicos informaron que el Dr. Enrique García Prieto, en su calidad de presidente de la Fundación Real Madrid, salía para España acompañando a un grupo de niños salvadoreños, pertenecientes a una escuela de fútbol, en un recorrido por la capital española, que incluye visita al Estadio Santiago Bernabeu, santuario mítico para los amantes del fútbol y la asistencia a importantes encuentros deportivos.
Un sueño hecho realidad para estos muchachitos, que tal vez nunca hubieran pensado que algo así sería posible. El principio de un futuro mejor, que les traerá esperanzas y posibilidades a las que no habrían tenido acceso, si no existieran personas que como los García Prieto son capaces de retorcerse el corazón, olvidándose de su propio dolor, para pensar en los demás y seguir haciendo el bien.
Como un recuerdo a la querida memoria de Quique, al que vi crecer y valorar su extraordinaria calidad humana, vaya este testimonio agradecido para Henry, María Elena, María Elenita y Johanna, una familia modelo que ha sido un faro de luz y esperanza en nuestra sociedad.
*Columnista de El Diario de Hoy.

|