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Vivencias
Gerardito Villeda Kattán, el niño mártir

Pero por encima de la congoja, de la frustración, de la impotencia ante la irreversible tragedia, el autor del poemario también expresa esperanza por un mundo mejor.

Publicada 18 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Rolando Monterrosa*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Miguel Ángel Villeda ha escrito un poemario que pronto será puesto a disposición del público. Está dedicado a su hijo Gerardito Villeda Kattán que el fatídico 21 de junio de 2001, fue secuestrado y posteriormente muerto a tiros durante un operativo policial de rescate. Tenía nueve años.

El libro se titula: “Un ángel llamado Gerardito”. Contiene versos de rima elemental algunos y libres otros; han sido gestados por un autodidacta literario que de la fría expresión matemática que le impone su código lingüístico como ingeniero, ha pasado a la etérea dimensión de lo abstracto; ha experimentado algo así como el tránsito del agua que hierve en el caldero, para convertirse en vapor que se eleva al firmamento. Sólo que el fuego que mueve a Miguel es mucho más ardiente y doloroso que el de la hoguera: las llamas arden en su corazón y éste, como las entrañas de Prometeo devoradas eternamente por el ave rapaz, no se consume nunca sino que se renueva a diario con terrible sufrimiento.

A través de la lectura de los versos el lector se dará cuenta que Miguel intuye que el lenguaje poético es esencialmente libre, que puede dar a lo que se dice mayor significación y trascendencia al imprimir a las palabras nuevo valor y calidad expresivos.Se percibe en las expresiones de Miguel el fluir de todo tipo de emociones, entre las que destaca el amor, el primero y más poderoso sentimiento; el amor en todas sus variables, desde aquella que deriva de la sensualidad, del eros, hasta la más sublime, la espiritual, que se reconoce desde tiempo inmemorial como el principal motor de la expresión poética. Es como si esta emoción fuese capaz de desencadenar las más íntimas y sensibles fibras del hombre para dar a las simples palabras un nuevo ordenamiento, una novedosa interrelación que genera diferentes y más ricos significados.

Esto es válido tanto para los poetas consagrados, de todos los tiempos, como para el estudiante adolescente que garrapatea una sencilla rima en el cuaderno de su compañera de clase. En todos ellos actuó como chispa primigenia el amor, ese gran dictador de la mano que escribe, de la voz que se alza, del gesto vehemente, del acorde musical que expresa profunda humanidad. Cada uno lo hará con un tono, un acento distinto al de los demás.

El poemario de Miguel está escrito con esa clase de amor, con versos de rasgos sencillos pero inigualables, originales y, sobre todo, auténticos. Van dedicados a su hijo, al emblemático niño mártir de la violencia, la inocente víctima de la irracional crueldad que segó brutalmente su vida, lo que causó enorme pena a la familia y conmovió a la sociedad.

Los versos de Miguel, escritos con mano y sentimiento espontáneos, llevan al lector por un sinuoso sendero en el que se aprecia a veces el tierno cuadro del padre que recuerda y siente la tibieza del cuerpo de su hijo, la seda de sus cabellos y goza la sonrisa de su inocencia; más adelante el lector se encontrará frente a un hombre arrodillado que, al borde de la blasfemia, clama al cielo por justicia; en la próxima curva del camino se descubre la hermosa placidez de un lago de resignación, para luego encontrarse de nuevo con un coloso rugiente y atormentado.

Estamos frente a un estallido de indignación, la de un solo hombre, la que se esperaría de todo un pueblo, como bien lo apuntaba recientemente el embajador Dou-glas Barclay. Es el grito de protesta, el reclamo de un padre contra los criminales y los cómplices de éstos, no sólo contra aquellos que les acompañan en el crimen, sino también contra quienes les encubren, les justifican, les dan abrigo y les absuelven.

Pero por encima de la congoja, de la frustración, de la impotencia ante la irreversible tragedia, el autor del poemario también expresa esperanza por un mundo mejor y, lo que es más importante aún, deposita su confianza en Dios para reconvertirse: “Ahora te entrego en vida mi alma y hazme de nuevo volver a confiar...”

*Periodista. rolando@elsalvador.com

 

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