| Carlos
Sandoval*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Fue tan acertado, realista y sentencioso el análisis y diagnóstico
sobre la situación social del país que hizo el embajador
Douglas Barclay en Fusades, hace casi un mes, que todavía es tema
obligado en entrevistas televisadas, artículos periodísticos,
charlas de café, tertulias de familia y paliques de saunas. Causó
estupor.
En mi caso --y posiblemente en muchos otros--- el asunto es más
grave, pues además del estupor, me causó resquemor. Pues
no puedo explicarme el motivo por el cual en nuestro medio aldeano la
verdad de un discurso no depende de su argumentación lógica
ni de la seriedad intelectual, sino de quién lo dice, cómo
lo dice, por qué lo dice y para que lo dice.
O como expresa el dicho popular de que las cosas se toman de donde vienen.
Es un fenómeno que lo deberían explicar los psicólogos
sociales o los filólogos, pues alguien de estos especialistas dijo
que el hombre es la más mísera de las criaturas, pero tiene
el privilegio del lenguaje.
Luego de este introito quiero decir que el embajador Barclay dejó
la impronta de su apellido en nuestra historia política, haciendo
a un lado la rancia diplomacia. Siempre será necesario repetir
las premisas de su sermoneo: 1) La responsabilidad prioritaria, ineludible,
de cualquier gobierno democrático es garantizar la seguridad a
las personas con la fuerza del Estado de Derecho; 2) El Gobierno no ha
presentado hasta la fecha un proyecto de seguridad unificado, completo
e integral para combatir la epidemia delincuencial; 3) El rezago del sistema
de justicia ha ocasionado la impunidad de los delincuentes; 4) La incertidumbre
jurídica afecta el desarrollo económico del país
y 5) Los funcionarios (y empleados) públicos corruptos deben ser
encarcelados y sometidos a la justicia.
La primera premisa es sumamente grave, molesta, dura porque entre todas
las actividades que tiene un gobierno --que son muchas y variadas-- hay
tareas que son prioritarias, forzosas e imprescindibles. Y si el político,
gobernante, no cumple con su responsabilidad histórica, aunque
cumpla con las demás tareas, el balance de su gobierno será
negativo. En este momento, ahora y aquí, el problema fundamental
es prevenir eficazmente la delincuencia, combatir a las organizaciones
criminales y evitar la impunidad de los delincuentes. Es decir, que sobre
cualquier otro valor está el valor la vida y la seguridad de las
personas.
Pero, lamentablemente las autoridades no lo entienden así y, por
eso mismo, se regocijan con el regalo multimillonario de la Cuenta del
Milenio para la producción, abrir chorritos de agua y construir
carreteras. Ha sido tanto el entusiasmo que no se reparó en la
apostilla de John Hewco: Si hay corrupción, no hay más ayuda;
advertencia que tiene como trasfondo los recientes y escandalosos casos
de corrupción política.
No quiero decir que las obras de infraestructura no sean importantes,
sino simplemente que debido a la crisis de violencia, crímenes,
robos, allanamiento de moradas, extorsiones, narcotráfico y blanqueado
de dinero, se hace necesario una reestructuración a fondo del sistema
de seguridad pública, de la función fiscalizadora y de la
contraloría y auditoría. Por ello, en lugar de más
recomendaciones y parches sujetos con alfiler, la población demanda
soluciones científicas, eficaces y expeditas (no hay que esperar
más muertos como dice el editorialista del Diario) que garanticen
su vida y su seguridad. Estamos igual que en Guanajato en donde la vida
no vale nada.
Si un plan de seguridad no es posible, por lo menos se debería
cambiar a muchos ministros del área de seguridad, que harían
un mejor papel en una agencia de relaciones públicas o en una radio
de “disc jockey”, que en el círculo cerrado de consejeros
presidenciales. De haber contado los últimos gobiernos con expertos
en seguridad la delincuencia jamás hubiera alcanzado las dimensiones
monstruosas que tiene en la actualidad.
La población siente que la violencia no es de burbujas sino de
costra ferruginosa, algo muy difícil de erradicar debido al largo
tiempo enquistada en el tejido social. Y lo más grave es que la
criminalidad se va transformando y van apareciendo nuevas formas y diversas
modalidades de crimen. Por ello también la criminología
va cambiando de enfoque y de metodología.
Una de las causas del aumento de la delincuencia es la explosión
demográfica, un tema tabú en nuestro medio. Sin embargo,
la delincuencia aumenta en relación directa con la población.
Además existe el fenómeno de la migración de campesinos
a las ciudades, lo que provoca hacinamientos proclives al delito. Otro
factor criminógeno es el aumento de la población de menores
de edad sin familia, lo que propicia la delincuencia juvenil.
*Columnista de El Diario de Hoy. carlos_sando1@yahoo.com

|