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De mis recuerdos
La extraña mujer del río Sapo

La historia de la mujer del río Sapo y de la fiera se enredaron a tal punto, que ya no se sabía si es que eran dos cosas distintas o era el mismo ser del demonio que cambiaba de cuerpo a su antojo.

Publicada 16 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Muchos combatientes juraban haberla visto en las noches de luna llena, en las riveras del río Sapo, cerca del paso que divide la Guacamaya y el Zapotal en Morazán. Contaban que era de mediana estatura, de pechos enormes y erectos, caderas de guitarra, cabello largo y revuelto, mirada de loca y risa estridente. Decían que sus apariciones eran fugaces. Que pasaba rápido, sólo vestida con calzón, por lo pachito del río para esconderse luego en la maleza.

Era noviembre de 1982. El verano comenzaba a instalarse con su cargamento de esperanza en plena guerra. Por esos días en que se hablaba de la extraña mujer del río comenzaron a aparecer varias reses muertas a dentelladas de animal fiero. Los logísticos de la guerrilla, preocupados, porque aquellas vacas eran la reserva estratégica de comida, comenzaron a cazar a la fiera.

Se decía que era un puma o un tigrillo, casi tigre, que había llegado desde las montañas selváticas de la vecina Honduras. Lo cierto es que las huellas de las garras y los colmillos en las reses daban escalofríos. Varias escuadras guerrilleras, que coordinaban operaciones por radio, le pusieron emboscadas, minas y trampas pero el escurridizo animal no caía.

La historia de la mujer del río Sapo y de la fiera se enredaron a tal punto, que ya no se sabía si es que eran dos cosas distintas o era el mismo ser del demonio que cambiaba de cuerpo a su antojo. Por fortuna la Fuerza Ar-mada se había lanzado a proteger las carreteras y las fincas de café para contrarrestar los sabotajes. El norte de Morazán estaba sin guerra. La mayoría de combatientes evitaba pasar por las noches por el río Sapo.

Las semanas comenzaron a pasar. Las reses muertas seguían apareciendo y los pocos bravos que se aventuraron de noche por el Sapo, juraban haber escuchado las risas descontroladas de una mujer. La leyenda de la Siguanaba cobró credenciales de realidad mágica. A medio verano desapareció, así como llegó, la fiera. Y con los operativos contrainsurgentes y la llegada del invierno, no se volvió a oír de la misteriosa mujer del río.

Casi dos años después, un grupo de las fuerzas especiales atrapó por casualidad a la misteriosa mujer del río Sapo. La agarraron desprevenida pero según sus propios testimonios, no fue nada fácil someterla. Se resistió con gritos, uñas, patadas y mordiscos y con fuerza de varios machos juntos. La llevaron a una clínica guerrillera donde Eduardo, el médico, la calmó a punta de pastillas y ternura.

El pelo alborotado, los dientes ennegrecidos, las manos y los pies callosos, la piel entera llena costras y cicatrices, la mirada perdida, el gesto asustadizo y los gruñidos que salían de sus labios le daban un aire de fiera resignada ante el embate de los incansables perseguidores. Muchos de los primeros que la vieron encomendaron sus almas al Señor. Otros aseguraban que el puma y la mujer era el mismo maléfico ser.

Tras varios días de cuidados médicos, alimentación y baños la extraña mujer del río Sapo se fue transformando en una hermosa campesina de unos 24 años. El cabello limpio, cuidadosamente, sedoso y medio castaño peinado hacia atrás dejaba ver un rostro trigueño de ojos claros, nariz recta y boca bonita.

Su cuerpo era parecido al de las mujeres campesinas originarias de la zona de Arambala. Pechos generosos, tobillos gruesos y caderas grandes. Comenzó a hablar en cristiano también. Y contó. Contó que en diciembre de 1981 los soldados hicieron una matazón en el Mozote, Los Toriles, La Joya y otros caseríos. Ella, que vio la sangre de niños, mujeres y hombres correr, huyó despavorida y se “encharraló” en las orillas del río.

Pasó casi tres años huyendo de una tropa que se fue a los pocos días de haber llegado. Comió raíces, hojas, cangrejos de agua dulce y jutes. Dormía debajo de los árboles más frondosos para medio cubrirse de la lluvia, se le deshizo la ropa con el tiempo, soñaba con la matazón y nunca habló con nadie. Era una sobreviviente.

En la clínica guerrillera recuperó el juicio, el habla y la belleza. Tras muchas noches de abstinencia pasional, no dudó en darle el sí, a un avispado guerrillero que nunca creyó en la Siguanaba. La embarazó. La mandaron al refugio de Colo-moncagua en Honduras, donde le nació un niño que no era para nada el Cipitillo.

*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

 

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