| Marvin
Galeas*
El Diario de Hoy
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Muchos combatientes juraban haberla visto en las noches de luna llena,
en las riveras del río Sapo, cerca del paso que divide la Guacamaya
y el Zapotal en Morazán. Contaban que era de mediana estatura,
de pechos enormes y erectos, caderas de guitarra, cabello largo y revuelto,
mirada de loca y risa estridente. Decían que sus apariciones eran
fugaces. Que pasaba rápido, sólo vestida con calzón,
por lo pachito del río para esconderse luego en la maleza.
Era noviembre de 1982. El verano comenzaba a instalarse con su cargamento
de esperanza en plena guerra. Por esos días en que se hablaba de
la extraña mujer del río comenzaron a aparecer varias reses
muertas a dentelladas de animal fiero. Los logísticos de la guerrilla,
preocupados, porque aquellas vacas eran la reserva estratégica
de comida, comenzaron a cazar a la fiera.
Se decía que era un puma o un tigrillo, casi tigre, que había
llegado desde las montañas selváticas de la vecina Honduras.
Lo cierto es que las huellas de las garras y los colmillos en las reses
daban escalofríos. Varias escuadras guerrilleras, que coordinaban
operaciones por radio, le pusieron emboscadas, minas y trampas pero el
escurridizo animal no caía.
La historia de la mujer del río Sapo y de la fiera se enredaron
a tal punto, que ya no se sabía si es que eran dos cosas distintas
o era el mismo ser del demonio que cambiaba de cuerpo a su antojo. Por
fortuna la Fuerza Ar-mada se había lanzado a proteger las carreteras
y las fincas de café para contrarrestar los sabotajes. El norte
de Morazán estaba sin guerra. La mayoría de combatientes
evitaba pasar por las noches por el río Sapo.
Las semanas comenzaron a pasar. Las reses muertas seguían apareciendo
y los pocos bravos que se aventuraron de noche por el Sapo, juraban haber
escuchado las risas descontroladas de una mujer. La leyenda de la Siguanaba
cobró credenciales de realidad mágica. A medio verano desapareció,
así como llegó, la fiera. Y con los operativos contrainsurgentes
y la llegada del invierno, no se volvió a oír de la misteriosa
mujer del río.
Casi dos años después, un grupo de las fuerzas especiales
atrapó por casualidad a la misteriosa mujer del río Sapo.
La agarraron desprevenida pero según sus propios testimonios, no
fue nada fácil someterla. Se resistió con gritos, uñas,
patadas y mordiscos y con fuerza de varios machos juntos. La llevaron
a una clínica guerrillera donde Eduardo, el médico, la calmó
a punta de pastillas y ternura.
El pelo alborotado, los dientes ennegrecidos, las manos y los pies callosos,
la piel entera llena costras y cicatrices, la mirada perdida, el gesto
asustadizo y los gruñidos que salían de sus labios le daban
un aire de fiera resignada ante el embate de los incansables perseguidores.
Muchos de los primeros que la vieron encomendaron sus almas al Señor.
Otros aseguraban que el puma y la mujer era el mismo maléfico ser.
Tras varios días de cuidados médicos, alimentación
y baños la extraña mujer del río Sapo se fue transformando
en una hermosa campesina de unos 24 años. El cabello limpio, cuidadosamente,
sedoso y medio castaño peinado hacia atrás dejaba ver un
rostro trigueño de ojos claros, nariz recta y boca bonita.
Su cuerpo era parecido al de las mujeres campesinas originarias de la
zona de Arambala. Pechos generosos, tobillos gruesos y caderas grandes.
Comenzó a hablar en cristiano también. Y contó. Contó
que en diciembre de 1981 los soldados hicieron una matazón en el
Mozote, Los Toriles, La Joya y otros caseríos. Ella, que vio la
sangre de niños, mujeres y hombres correr, huyó despavorida
y se “encharraló” en las orillas del río.
Pasó casi tres años huyendo de una tropa que se fue a los
pocos días de haber llegado. Comió raíces, hojas,
cangrejos de agua dulce y jutes. Dormía debajo de los árboles
más frondosos para medio cubrirse de la lluvia, se le deshizo la
ropa con el tiempo, soñaba con la matazón y nunca habló
con nadie. Era una sobreviviente.
En la clínica guerrillera recuperó el juicio, el habla y
la belleza. Tras muchas noches de abstinencia pasional, no dudó
en darle el sí, a un avispado guerrillero que nunca creyó
en la Siguanaba. La embarazó. La mandaron al refugio de Colo-moncagua
en Honduras, donde le nació un niño que no era para nada
el Cipitillo.
*Columnista de El Diario de Hoy. marvingaleas@cinco.com.sv

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