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Tema del momento
Nicaragua, en oportunidad
Las perspectivas de una Nicaragua previsible no están sólo asociadas con la posible conducta de un gobierno del FSLN, sino con las garantías que, con imperfecciones y dificultades, ofrece el balance de poderes que resultó de la elección
Publicada 15 de noviembre de 2006, El Diario de
Hoy
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| Joaquín Villalobos*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
Oxford, Inglaterra. El silencio de Viernes Santo que dominó las calles de Managua ahora que Daniel Or-tega ganó las elecciones fue similar al que se vivió en 1991 cuando las perdió.
Hay razones justificadas para el miedo y la incertidumbre, sin embargo la elección de un gobierno sandinista podría convertir a Nica-ragua en un país previsible y viable. Ortega puede hacer un gobierno bueno o regular, pero con sólo no hacer nada de lo que sus opositores temen, Nicaragua cerraría su ciclo de madurez política y se pondría en el camino de una gobernabilidad duradera.
Esto que parece difícil y sencillo a la vez, tendría una repercusión muy positiva para todos los nicaragüenses, sobre todo para los más pobres. Después de Ortega ya no hay nada que temer y en ese contexto la agenda del país podría volverse más constructiva e incluso producir cambios en la cultura política.
Las posibilidades de que el FSLN haga un gobierno similar al de los 80 son muy remotas, y más bien está obligado a actuar en dirección contraria. Con el 62% de los votantes en su contra, con la enorme dependencia de Nicaragua de la comunidad internacional, con la urgencia de que los capitales no huyan, sino que inviertan; con las grandes expectativas sociales de sus seguidores, con nuevas elecciones en cinco años y con la necesidad de tener unas relaciones normales con Estados Unidos, es difícil pensar que harían un gobierno políticamente suicida. Sobre todo después de haber implementado exitosamente una estrategia para ganar una elección que tenían perdida.
En ese sentido gran parte de los temores actuales no son por riesgos de cambios radicales, sino por la sofisticada capacidad de manipulación política que han ganado. Esto les ha permitido controlar instituciones y tener más poder real del visible, pero manteniendo todas las formalidades en orden.
En sentido ético, el pacto Ortega-Alemán es casi una operación mafiosa, pero en sentido político es perfecta, hicieron alianzas con quien fuera necesario, dividieron a sus adversarios, obtuvieron una legislación que les permitió ganar siendo minoría, mantuvieron una retórica de izquierda en medio de movimientos evidentes hacia la derecha y manejaron un discurso de reconciliación en medio de una intensa campaña de miedo en su contra, esto último sin quejarse, ni salirse de su guión.
Llevaron el plan de imagen a extremos tan absurdos como aprobar la penalización del aborto terapéutico para neutralizar los ataques de la Iglesia Católica. Todo lo anterior deja claro que en esta corriente del sandinismo, la ideología le hace los mandados a la visión de poder. Gobernar es su meta fundamental, precisamente lo que todos los políticos ambicionan.
Pero las perspectivas de una Nicaragua previsible no están sólo asociadas con la posible conducta de un gobierno del FSLN, sino con las garantías que, con imperfecciones y dificultades, ofrece el balance de poderes que resultó de la elección. Si las reformas que el pacto aprobó para reducir poderes al actual presidente son aceptadas y puestas en marcha por Daniel Ortega, Nicaragua comenzaría a convertirse en un gobierno parlamentario.
La cultura política nicaragüense está marcada por el caudillismo propio de una sociedad rural y esto debe tenerse muy seriamente en cuenta, sin embargo algunas medidas que resultaron de acuerdos mafiosos podrían transformarse en pasos a la modernidad.
Hace veinte años los organismos financieros establecieron la moda de que la política no importaba, que lo fundamental era la estabilidad macroeconómica. Venezuela, Argentina y Perú vivieron fracasos terribles por olvidarse de la política.
Lo que pueda ocurrir en Nicaragua con el reciente resultado electoral restablece a la política como el factor decisivo de la democracia para la viabilidad económica. Nicaragua pasa a convertirse ahora en un gran experimento y los análisis hechos con resentimiento sólo servirán para cerrarle espacios a la necesidad estructural de dar el beneficio de la duda, no a Ortega, sino a un contexto político que obliga a conductas diferentes.
Nadie podía ser más temido que Ortega. En Nicaragua hubo una revolución, una contrarrevolución y una guerra con los Estados Unidos, por lo tanto el retorno del sandinismo supera en preocupación a lo que Chávez pueda representar. Pero precisamente por eso su importancia.
Los países pueden, por razones históricas concretas, tener fuerzas políticas rectoras dominantes en la construcción de su democracia, como Liberación en Costa Rica o el PRI en México. Sin embargo, la idea de que el progreso resulta de caminar sólo sobre la derecha o sólo sobre la izquierda es una estupidez, como lo es también el monopolio del poder.
En Nicaragua nadie tiene todo el poder y no hay forma de excluir a nadie. La política es victorias y derrotas, es negociación constante, es el arte de la paz y la convivencia, por ello el progreso sólo puede resultar de la pluralidad, de la tolerancia, del balance de poderes y de una interacción entre la competencia política con la capacidad de concertar de los actores estratégicos.
*Columnista de El Diario de Hoy.

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