| Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
La historia que narraré a continuación es verídica. Puedo dar fe de la honestidad de quienes me la han contado y no creo exagerar si digo que es el mejor testimonio que conozco sobre el amor a la vida.
El escenario es un hospital pediátrico, al que de emergencia acude una joven recién casada en labores de parto. La atiende de inmediato su ginecólogo, un médico muy conocido por su ética profesional y por haber convertido su especialidad en una verdadera vocación de servicio.
Pero aunque la primeriza madre sabe que está en buenas manos, el cuadro que presenta el embarazo no es precisamente el mejor. El bebé, a punto de nacer, exhibe claras dificultades para abrirse paso dentro del útero. El doctor palpa y se alarma: el niño viene en una posición muy peligrosa, con la “cara al sol”. Si no consigue darse vuelta en el interior del seno materno, el alumbramiento podría acabar con su vida.
La madre es informada del riesgo y toma una decisión valiente: no quiere somníferos. Aunque el dolor se vuelva insoportable, sabe que necesita estar lúcida para ayudar a su médico a traer al mundo al fruto de sus entrañas. Así comienza una angustiosa batalla por la vida del bebé, que dentro del útero obliga al ginecólogo a maniobras que resultan inusualmente esforzadas para un parto y atrozmente sufridas para una madre sin experiencia previa.
Las horas se suceden, entre los gritos de la joven y los infructuosos empeños del equipo de obstetricia del hospital. Los resultados no cambian a pesar de todo. La chica, con una determinación poco habitual para alguien que apenas sobrepasa los veinte años, insiste en no ser sedada. El dolor le rompe en dos el cuerpo, pero sabe que su alma quedaría irremediablemente destrozada si no colabora hasta el fin con la llegada de su hijo.
Veinticuatro horas dura aquella desesperante situación; veinticuatro horas en las que el médico, convencido como está de su compromiso con la vida, no se aparta ni un instante de aquella madre luchadora. Las enfermeras cambian turnos, rendidas de cansancio. El doctor les pide que llamen a sus reemplazos, pero él mismo renuncia a ser sustituido. Su joven paciente sólo confía en él y no está dispuesto a dejarla sola en aquel trance.
Finalmente, tras una jornada completa de enfrentamiento con la muerte, tanto la valerosa madre como el esforzado ginecólogo reciben la mejor de las recompensas: el llanto tosigoso de un recién nacido que les debe la vida. Sanguinolento, desdentado y muy calvo, el bebé es envuelto por el galeno en paños muy blancos antes de ser colocado, como un trofeo, en brazos de su extenuada progenitora. Ella, con lágrimas en los ojos, hace una pregunta que se le sale del corazón: “¿Está sanito, doctor?”. La respuesta le dibuja por fin una sonrisa en los labios: “Más sano que usted y yo, gracias a Dios”.
Más de treinta años han pasado desde aquel día. Los protagonistas de esta historia de amor y coraje todavía viven. El ginecólogo ya no ejerce, pero durante muchos años de brillante carrera se dedicó en cuerpo y alma a defender la vida desde su concepción. Se llama Carlos Ma-yora Escobar, y de vez en cuando me lo encuentro en misa, de la mano de su amada esposa, siempre modesto y gentil.
La madre es la heroína de mi vida, la mujer más valiente que he conocido: Paulina Aguilar de Her-nández, la autora de mis días. Acostumbrada desde siempre a luchar, ha sido la suya una existencia consagrada al trabajo y a su familia. Conocida por sus contemporáneos como la mejor tenista salvadoreña de todos los tiempos, ahora se dedica a convocar poetas desde el más pequeño país de la América continental, organizando un festival que cada año convierte a San Salvador en la capital mundial de la poesía.
Quien estas líneas escribe es, por lo tanto, el tercer protagonista de la historia que he relatado, y el único que se siente responsable de ofrecer testimonio público de un acontecimiento que, en mi humilde opinión, constituye una prueba de amor en medio de las circunstancias más adversas.
De hecho, cuando alguna vez he llegado a sentirme triste o desalentado, he repasado en mi mente los detalles del día de mi nacimiento y de inmediato ha recobrado las energías. Si mi madre y el doctor Mayora lucharon tanto por traerme a este mundo, mi deuda con ellos incluye la íntima responsabilidad de ser mejor cada día, por encima de mis innumerables defectos y debilidades.
Dios quiso, hace más de treinta y dos años, que mi primera experiencia con el amor la tuviera yo, literalmente, en una pugna por mi propia sobrevivencia, aunque no tuviera plena conciencia de ello. Quiso la Providencia poner a prueba el valor de mi madre arriesgando por un día entero, y en el crucial momento del parto, a su primogénito. Y quiso nuestro Señor que en ese instante nos asistiera el profesionalismo y el vitalismo comprometido de un médico excepcional.
Que a nadie extrañe, pues, que mi fe en Dios sea tan grande y que mi convicción por la vida y por sus instrumentos sea tan fuerte. A mí no me cabe duda que los milagros existen y que tienen lugar cotidianamente en los hospitales y clínicas de maternidad de todo el planeta. Si esto no fuera así, la vida no sería el don más preciado que tenemos… y yo no estaría escribiendo hoy este artículo.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

|