x x

elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Comentando
Estructura familiar y delincuencia

Si la civilización cristiano-occidental se fue levantando y alcanzó un espléndido desarrollo se lo debe en gran medida a haber vivido dentro de las leyes morales del cristianismo

Publicada 13 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Luis Fernández Cuervo*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Pensar a fondo en el problema de nuestra alta delincuencia es llegar al fondo de los males de nuestra estructura familiar. En toda enfermedad, además de las soluciones que la curan, están las soluciones que previenen o erradican la causa que la produce. Por tanto, de nada serviría que desaparecieran los actuales delincuentes, de la vía pública o de la vida, si lo que sigue produciéndolos es nuestra sociedad y, dentro de ella, muy en especial nuestra estructura familiar.

El imperio Romano sucumbió, entre otras razones, por su decadencia moral. Muchas de sus aberraciones morales, ahora se predican y se difunden aquí a través de potentes medios de comunicación, como señales de progreso. La verdad es diferente. Por lo demás ya varios columnistas hemos señalado con abundancia quiénes y cómo difunden ese falso progreso sexual y familiar.

Si la civilización cristiano-occidental se fue levantando y alcanzó un espléndido desarrollo se lo debe en gran medida a haber vivido dentro de las leyes morales del cristianismo, que incluyen la solidez y fecundidad de su estructura familiar. Por lo demás, el matrimonio monógamo, heterosexual, con fidelidad, perpetuidad y abierto a la fecundidad natural, ha sido la base mayoritaria de otras muchas culturas. Una buena parte de la decadencia del islamismo es su poligamia y el papel tan minusvalorado que la mujer tuvo y sigue teniendo en esa cultura. Pero el Islam mantiene fuertes vínculos familiares -legales y morales-, que lo hacen actualmente, en ese aspecto, más sólido que la debilitada estructura sexual y matrimonial en Occidente.

¿Y nosotros? En teoría somos una cultura cristiana, pero no se extiende ese presunto cristianismo a lo que se refiera a moral sexual ni a matrimonial. Los economistas verdaderos -no los falsos de la Cultura de la Muerte- concuerdan siempre en que una población creciente es condición para el desarrollo económico. Pero también señalan que la cantidad no basta: la calidad es más importante. Hijos regados por cualquier sitio, de padres desconocidos, ausentes, irresponsables o violadores de sus propios hijos, desde luego que no son factor de desarrollo, ni económico, ni moral ni cultural, ni nada. En cambio son la principal raíz de la delincuencia. Esa es una de las más graves lacras de nuestra sociedad. Y en esto si que la causa no está en el gobierno, ni en éste ni en cualquier otro gobierno.

El gobierno no es la causa pero sí puede y debe contribuir al remedio. Ya lo escribí antes. Aquellas parejas, estables por años, que han criado y educado a más de tres hijos, deberían ser reconocidas como beneficiosas para el país y deberían ser gratificadas económicamente. De una familia numerosa, puede salir un delincuente, claro, pero no es lo corriente. En EE.UU. varias asociaciones particulares han demostrado con estadísticas competentes, fiables, que la delincuencia juvenil se origina mayoritariamente en hogares desechos. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre el bien o el mal que el divorcio produce en los padres, la experiencia muestra que siempre es perjudicial sobre los hijos.

La debilidad de nuestra estructura matrimonial no es algo de hoy. Es de siempre, con altibajos. Lo malo es que ahora se fomenta. Gran parte es culpa de los medios de comunicación y su débil auto censura. Una alabanza directa, explícita, de inmoralidad es rara en ellos. Pero en cambio sí se fomenta de manera indirecta, cuando se presenta como éxito la frivolidad, el placer, dando tanto realce a las parejas de escándalo; cuando el cine, la TV, la literatura, nos presentan como “natural” lo que sólo es “corriente”; cuando se llama “novio” o “novia” -palabra de por sí muy digna- a cualquier enganche sentimental o sexual, por lo general efímero, de personajes de la farándula.

Decir o escribir, hoy día, que el derecho a la unión sexual es un derecho propio y exclusivo del matrimonio, mueve a risa a la mayoría. ¿Quién se atreve a sostenerlo? Y sin embargo es verdad. El sexo fuera del matrimonio tiene su vocablo preciso: fornicación, definido como pecado en la ley mosaica, que también es ley para todo cristiano. Pero esas dos palabras -fornicación y pecado- desaparecieron hace tiempo de los manuales de educación sexual habituales.

No se puede prohibir ni el divorcio, ni lo que la gente haga en su intimidad. Ni siquiera que existan algunos centros y espectáculos de dudosa moralidad. Tampoco se puede, ni se debe prohibir la prostitución. Pero una cosa es permitir y otra distinta fomentar.

Se debe fomentar lo que es beneficioso en ética racional, en lo que es moral según siglos de experiencia y que coincide con las enseñanzas morales del cristianismo. Se debe fomentar el matrimonio heterosexual, que es el único y verdadero matrimonio. Se deben estimular y facilitar las familias numerosas, con el derecho a casas con más habitaciones-dormitorio de lo habitual, con rebajas en la escolaridad y en los impuestos, con asignaciones familiares por hijos, etc. El gobierno tiene en todo esto una gran responsabilidad, pero no es exclusiva. Depende de todos que saquemos adelante un país con una salud familiar y publica, cada vez más pujante.

Dr. en Medicina y Columnista de El Diario de Hoy. lfcuervo@telemovil.net


 

elsalvador.com WWW