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Mirella Cáceres
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Las jornadas extenuantes bajo el sol y una deficiente rehidratación
están detrás del notable incremento de personas con daños
en el riñón.
Al menos, ésa es una de las conclusiones de un estudio de campo
realizado en varias comunidades de Jiquilisco (Usulután) y Sesori
(San Miguel) en 2004, y cuyos resultados se conocieron el año pasado.
El estudio, auspiciado por el Fondo Social deEmergencia de Salud de Jiquilisco,
nació a raíz de la inquietud de los casos, hasta dos nuevos
por semana, en varias comunidades costeras de Jiquilisco.
Unos años antes, los nefrólogos del Hospital Rosales habían
dibujado el perfil del paciente con insuficiencia renal crónica:
sexo masculino, mayor de 50 años, agricultor, consumidor en exceso
de bebidas alcohólicas y, una persona, por su trabajo en el campo,
expuesta a los pesticidas.
Los dos grupos estudiados cumplían casi a cabalidad el perfil diseñado;
los resultados, sin embargo, demostraron realidades opuestas.
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| Agricultor de Sesori. Los hombres tienen menos
riesgo de contraer la enfermedad renal; el clima es más fresco
que en el sur y el trabajador pierde menos agua. |
De las 291 muestras de proteinuria, una proteína de la orina que
se asocia al daño renal, realizadas en Jiquilisco, 133 resultaron
positivas, el 45.7 por ciento. En Sesori, ocho personas dieron también
positivo, el 12.9 por ciento de las 62 estudiadas.
Ramón García Trabanino, nefrólogo que dirigió
el estudio junto a líderes comunales, aclara que los agricultores
de Jiquilisco se exponen a temperaturas hasta de 55 grados y casi no beben
agua durante el trabajo. “Los hemos pesado, antes y después
de la faena, y pierden entre diez y 15 libras de fluidos corporales, beben
poca agua y muchas veces contaminada”, afirma el especialista.
En Sesori, donde los trabajadores tienen los mismos hábitos que
al sur de Usulután, el calor no es tan extremo; por lo tanto, el
trabajador no pierde tanto líquido aunque trabaja la misma cantidad
de horas. El lugar se escogió precisamente porque se encuentra
a más de 500 metros sobre el nivel del mar, en principio, la principal
diferencia entre los grupos de trabajadores seleccionados.
Este tipo de hallazgos, aunque no son definitivos porque la muestra escogida
es pequeña, dejaría de lado algunas sospechas iniciales
como que la exposición a los pesticidas es un factor determinante
para contraer la enfermedad.
Los riñones necesitan el agua para filtrar y eliminar los desechos
de la sangre. Cada día producen de dos a tres litros de orina.
Cuando el agua escasea en el cuerpo, baja la presión arterial,
un escenario que puede dañar órganos como el riñón.
Otra de las enseñanzas que dejó el informe es lo barato
que resulta prevenir o, al menos, evitar que alguien llegue al estadío
grave. Con siete dólares por persona, incluidos dos del tratamiento,
se puede detectar el inicio de esta patología.
“Es un tratamiento bien sencillo: beber un litro por hora trabajada;
no cigarro, licor o automedicación. Les damos un protector renal
(medicamento para regular la tensión). No es una cura, pero evita
que la enfermedad progrese rápidamente y llegue a diálisis”,
explica García Trabanino.
En una segunda parte del trabajo se hizo otra prueba, la medición
de creatinina, desecho que proviene del metabolismo muscular, a 80 de
133 trabajadores de Jiquilisco con algún daño renal. Más
de una tercera parte, 37 en total, resultó que padecían
insuficiencia renal crónica y sólo uno era consciente del
mal que padecía. Aspectos que abonan a una enfermedad, invisible
para las estadísticas oficiales.

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