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| Afectados. La sala del Médico Quirúrgico
para la hemodiálisis está siempre al tope de pacientes.
Foto EDH |
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Mirella Cáceres/J.R./Corresponsales
El
Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Si se sumaran las muertes por el sida, el dengue y la gastroenteritis
aguda -la diarrea-, tres de las principales infecciones endémicas
y con más espacio mediático, el resultado no alcanzaría
los decesos por culpa de la Insuficiencia Renal Crónica (IRC),
es decir, la falla general de los riñones en una persona.
En las estadísticas de Salud Pública de 2004, esta patología
aparece como la segunda causa de muerte en hombres, la enfermedad más
letal, sólo superada por los traumatismos, una variable donde caben
las lesiones por accidentes de tráfico, laborales y violencia social.
En un sondeo realizado en la decena de hospitales públicos, el
Seguro Social y privados que brindan el tratamiento a estos pacientes
se observa que a diario se presentan entre seis y siete casos nuevos.
Basta recordar que el sida, siempre según datos oficiales, infecta
a cinco al día.
Sólo las estadísticas oficiales, por cierto, bastante alejadas
de la realidad a la hora de medir el impacto social de ambas enfermedades,
echan por tierra los cálculos de la Organización Mundial
de la Salud (OMS). El organismo internacional establece 130 casos de insuficiencia
renal crónica por millón de habitantes.
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| Disciplina. María Eufemia de Castro, en
una de sus sesiones de hemodiálisis en el Médico Quirúrgico.
Foto EDH |
El Salvador multiplica casi por tres el estándar internacional.
Lejos del millar de enfermos que le correspondería, los datos oficiales,
es decir, las personas diagnosticadas al año superan las 2,500.
En algunas zonas, esta situación epidémica nacional, como
algunos especialistas no dudan en definir, alcanza cotas como las del
sida en el África Subsahariana. Sudáfrica, el país
del mundo con mayor número de casos, tenía una población
de 44 millones en 2003, de los cuales más de cinco millones, uno
de cada diez, estaba enfermo de sida.
En Jiquilisco, en el sur de Usulután, amén de las comparaciones,
los casos de insuficiencia renal crónica son mucho más elevados,
1,114 por cien mil, que los estándares internacionales.
En un estudio llevado a cabo en esa zona por el nefrólogo Ramón
García Trabanino entre 291 varones, el 35 por ciento del total
de 832 de ocho comunidades de la franja costera, se descubrió que
133 (el 45,7 por ciento) tenían proteinuria (uno de cada seis varones),
una proteína que aparece en la orina cuando el riñón
está enfermo.
En una prueba posterior, esta vez para medir la creatinina, realizada
a 80 de ellos (no había recursos para todos) se diagnosticó
insuficiencia renal crónica a 37, el 12,7 por ciento de los seleccionados.
Como explica Trabanino, la prevalencia hubiese sido más alta de
haberse realizado a todos, incluso a la población femenina de la
zona.
“Después del estudio, todos los varones de la costa con proteinuria
o diagnóstico preliminar de IRC fueron remitidos al segundo nivel
del sistema de salud; ninguno pudo recibir atención nefrológica
adecuada ni acceder a los programas de diálisis en caso necesario”,
reza el informe en las conclusiones. Ante este panorama, el estudio advierte
que este enfermedad puede poblar de viudas y huérfanos la zona
costera.
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| Limpieza. Esteban Mejía muestra el catéter
para drenar las toxinas acumuladas. Lo hace en su casa. Foto
EDH |
Para Julio Miranda, líder local del Cantón Tierra Blanca
de Jiquilisco, esa falta de cupo en el Hospital de San Miguel y de especialistas
en las unidades de salud hacen que muchos enfermos estén sin tratamientos.
“Hay un joven de 23 años al que le dijeron que debía
esperar a que muriera un paciente para incorporarlo a él.
Así, ha tenido que vender hasta su casa para costear un tratamiento
privado. Ya pusimos la denuncia en la Procuraduría de Derechos
Humanos”, apunta Miranda. Parece que las coincidencias con la pandemia
del sida no terminan. Años atrás, asociaciones como Atlacatl,
que abogan por el enfermo con VIH/Sida, demandaron al Estado por falta
de acceso a medicamentos.
Dos sesiones de hemodiálisis cada semana y dos aplicaciones de
eritropoyetina (una hormona contra la anemia) cuestan $400 en el sector
privado, tres y cuatro veces más de lo que gana un agricultor cada
mes.
La detección temprana, tal y como se hizo en el trabajo con la
prueba de la proteína, podría detener el curso de la enfermedad,
evitar que el enfermo llegue a la fase crónica y mejorar su calidad
de vida.
Salud, bien gracias
El eco del estudio en Salud Pública ha sido nulo y las consecuencias
saltan a la vista. “Cada año presentaba un informe sobre
el estudio de detección, prevención e intervención
a bajo costo que hacemos en Jiquislico a Salud para hacer algo por prevenir
esta epidemia, pero no ha habido respuestas”, dice Trabanino, quien
en medio de la epidemia tiene todas las puertas cerradas. “Ni siquiera
la OPS nos ha ayudado”, acota.
Los centros públicos y del Seguro Social, donde se dan dos alternativas
de tratamiento, diálisis peritoneal y hemodiálisis, están
a tope.
Sólo en el Hospital Rosales, 400 pacientes están diálisis;
84 de ellos se reparten las 16 máquinas de hemodiálisis.
El resto sigue el tratamiento en diálisis peritoneal. Hace un mes,
el centro habilitó un servicio con 22 camas más para estos
procedimientos que se alargan varias horas cada una de las dos sesiones
que se da por semana. Aún así, los enfermos esperan hasta
cinco días para tener cupo.
“Algunas personas se van, es inhumano y lo reconocemos; hemos hecho
las gestiones para paliar esto, pero entendemos que las necesidades de
Salud son múltiples”, asevera Ricardo Leiva, jefe de Nefrología.
Coincide con su colega en que el país está ante una epidemia,
de una magnitud poco conocida. Se estima que de los 30 pacientes nuevos
al mes, unos cinco siguen en diálisis. “Presupongo que esos
25 mueren por lo grave de la enfermedad”, acota Leiva. Al año,
unas 400 personas llegan a “desaparecer” sin pena ni gloria,
sin hacer ruido en las estadísticas.
Por citar otro centro, el Hospital de San Miguel diagnostica, al menos,
dos casos nuevos diarios. ¿Y Santa Ana con dos casos cada tres
días? ¿Cuántos cientos, miles como el conocido de
Miranda, quedan fuera? No hay razón para pensar que en estos centros,
la realidad del Rosales se invierta. Incluso en el ISSS, donde cuentan
con mejores prestaciones como la diálisis ambulatoria y donde se
invierten $9 millones anuales, el programa más caro con el de Oncología,
se puede garantizar una atención general.
La tercera opción, el trasplante de riñón, queda
al alcance de unos pocos. El ISSS opera uno por semana, una cantidad pequeña
comparado con los 60 casos nuevos cada mes.
Ahora bien, hay una proporción todavía mayor de enfermos
que ni siquiera llega a un hospital y que espera la muerte en su casa.
Jiquilisco ejemplifica de nuevo la tragedia que representa esa enfermedad.
En el primer semestre de 2006, 88 personas habían muerto por IRC
en esa zona.
De todas ellas, según Trabanino, sólo 20 llegaron al tratamiento.
“El resto prefirió la muerte a la diálisis”,
dice el especialista. La falta de máquinas de hemodiálisis,
apenas 50 entre los tres principales centros de atención, “condena”
a los enfermos a la diálisis peritoneal, un tratamiento más
duro por medio del cual a través de un catéter se introduce
una solución en el abdomen que limpia las impurezas del cuerpo.
Salud Pública sólo registra aquellas muertes, las de esos
cinco de los que habla el Dr. Leiva, que se tratan en los hospitales.
Las otras 25 y, quizás, esos 60 u 80 que al mes nunca llegan a
un tratamiento no se toman en cuenta. Aún así, el país
está ante un mal que mata más, entre los hombres, que el
cáncer, las enfermedades cerebrovasculares y de corazón.
Veinte años conectada a un riñón artificial
María Eufemia Altamirano de Castro tiene una definición
bastante particular de lo que significa ser un paciente con insuficiencia
renal crónica: “Uno es como un carro que hay que llevarlo
al taller periódicamente para que funcione bien”.
Gracias a esas visitas “al taller”, María Eufemia le
planta cara a la enfermedad desde hace veinte años. Acudir a las
hemodiálisis, dos veces por semana, con puntualidad suiza no significa
una pena o sacrificio para ella; más bien se ha convertido en un
estilo de vida, una disciplina impuesta para no dejar de asistir a ese
“taller” llamado Hospital Médico Quirúrgico.
Como un cambio de aceite, las máquinas le ayuden a botar las toxinas
que acumula y que sus riñones ya no pueden expulsar.
Conectada al aparato, una especie de riñón artificial, María
agredece su vida al tratamiento. No parece extrañar las tardes
de ejercicio, junto a su esposo en la pista del Estadio Flor Blanca, las
cuales interrumpió un día de 1986.
“Corrí en la pista por dos años, pero un día
empecé a sentir debilidad y tuve una hemorragia en la frente que
me brotaba al ritmo del pulso, me llevaron de emergencia al hospital y
allí empezaron a hacerme muchos exámenes”, recuerda
la señora de 46 años.
Recuerda los consejos del nefrólogo Benjamín Ruiz Rodas
y su puesta en práctica, como una dieta especial, le permite hablar
hoy, 20 años después, sin miedo alguno de una de las enfermedades
que más muertes causa en el país.
Su vida ha cambiado, pero no tanto. Trabaja como auditora particular en
su casa y sigue al pie de la letra cada tratamiento médico.
Tres alternativas a la disfunción renal
Cuando el riñón no filtra las tóxinas, el enfermo
entra en tratamientos sustitutorios
Insuficiencia
La Insuficiencia Renal Crónica es un proceso de deterioro del riñón
que, muchas veces, lleva a un estado terminal. El órgano trabaja
por debajo del 10%.
Diálisis
El paciente sobrevive gracias a tratamientos como diálisis peritoneal,
hemodiálisis y el trasplante de riñón. Los tres son
alternativas costosas.
Causas
La diabetes está detrás de muchos de los casos que se presentan
en el mundo. En el país, además, se investiga alta incidencia
en los agricultores.
Exámenes
Una simple prueba de orina puede revelar proteínas que indiquen
fallas en el sistema urinario. También la presión sanguínea
está anormal.

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