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Epidemia ignorada

Letal. La insuficiencia renal crónica mata a más hombres que el sida y, en zonas del litoral, más que la violencia social y los accidentes; eso sí lo hace de forma más lenta y fuera de las estadísticas oficiales. Morir en casa por falta de tratamiento es ya una costumbre en un sistema público que hace tiempo dijo “basta”.


Publicada 11 de noviembre de 2006 , El Diario de Hoy

Afectados. La sala del Médico Quirúrgico para la hemodiálisis está siempre al tope de pacientes. Foto EDH
Mirella Cáceres/J.R./Corresponsales
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Si se sumaran las muertes por el sida, el dengue y la gastroenteritis aguda -la diarrea-, tres de las principales infecciones endémicas y con más espacio mediático, el resultado no alcanzaría los decesos por culpa de la Insuficiencia Renal Crónica (IRC), es decir, la falla general de los riñones en una persona.

En las estadísticas de Salud Pública de 2004, esta patología aparece como la segunda causa de muerte en hombres, la enfermedad más letal, sólo superada por los traumatismos, una variable donde caben las lesiones por accidentes de tráfico, laborales y violencia social.

En un sondeo realizado en la decena de hospitales públicos, el Seguro Social y privados que brindan el tratamiento a estos pacientes se observa que a diario se presentan entre seis y siete casos nuevos. Basta recordar que el sida, siempre según datos oficiales, infecta a cinco al día.

Sólo las estadísticas oficiales, por cierto, bastante alejadas de la realidad a la hora de medir el impacto social de ambas enfermedades, echan por tierra los cálculos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). El organismo internacional establece 130 casos de insuficiencia renal crónica por millón de habitantes.

Disciplina. María Eufemia de Castro, en una de sus sesiones de hemodiálisis en el Médico Quirúrgico. Foto EDH

El Salvador multiplica casi por tres el estándar internacional. Lejos del millar de enfermos que le correspondería, los datos oficiales, es decir, las personas diagnosticadas al año superan las 2,500.

En algunas zonas, esta situación epidémica nacional, como algunos especialistas no dudan en definir, alcanza cotas como las del sida en el África Subsahariana. Sudáfrica, el país del mundo con mayor número de casos, tenía una población de 44 millones en 2003, de los cuales más de cinco millones, uno de cada diez, estaba enfermo de sida.

En Jiquilisco, en el sur de Usulután, amén de las comparaciones, los casos de insuficiencia renal crónica son mucho más elevados, 1,114 por cien mil, que los estándares internacionales.

En un estudio llevado a cabo en esa zona por el nefrólogo Ramón García Trabanino entre 291 varones, el 35 por ciento del total de 832 de ocho comunidades de la franja costera, se descubrió que 133 (el 45,7 por ciento) tenían proteinuria (uno de cada seis varones), una proteína que aparece en la orina cuando el riñón está enfermo.

En una prueba posterior, esta vez para medir la creatinina, realizada a 80 de ellos (no había recursos para todos) se diagnosticó insuficiencia renal crónica a 37, el 12,7 por ciento de los seleccionados. Como explica Trabanino, la prevalencia hubiese sido más alta de haberse realizado a todos, incluso a la población femenina de la zona.

“Después del estudio, todos los varones de la costa con proteinuria o diagnóstico preliminar de IRC fueron remitidos al segundo nivel del sistema de salud; ninguno pudo recibir atención nefrológica adecuada ni acceder a los programas de diálisis en caso necesario”, reza el informe en las conclusiones. Ante este panorama, el estudio advierte que este enfermedad puede poblar de viudas y huérfanos la zona costera.

Limpieza. Esteban Mejía muestra el catéter para drenar las toxinas acumuladas. Lo hace en su casa. Foto EDH

Para Julio Miranda, líder local del Cantón Tierra Blanca de Jiquilisco, esa falta de cupo en el Hospital de San Miguel y de especialistas en las unidades de salud hacen que muchos enfermos estén sin tratamientos. “Hay un joven de 23 años al que le dijeron que debía esperar a que muriera un paciente para incorporarlo a él.

Así, ha tenido que vender hasta su casa para costear un tratamiento privado. Ya pusimos la denuncia en la Procuraduría de Derechos Humanos”, apunta Miranda. Parece que las coincidencias con la pandemia del sida no terminan. Años atrás, asociaciones como Atlacatl, que abogan por el enfermo con VIH/Sida, demandaron al Estado por falta de acceso a medicamentos.

Dos sesiones de hemodiálisis cada semana y dos aplicaciones de eritropoyetina (una hormona contra la anemia) cuestan $400 en el sector privado, tres y cuatro veces más de lo que gana un agricultor cada mes.

La detección temprana, tal y como se hizo en el trabajo con la prueba de la proteína, podría detener el curso de la enfermedad, evitar que el enfermo llegue a la fase crónica y mejorar su calidad de vida.

Salud, bien gracias

El eco del estudio en Salud Pública ha sido nulo y las consecuencias saltan a la vista. “Cada año presentaba un informe sobre el estudio de detección, prevención e intervención a bajo costo que hacemos en Jiquislico a Salud para hacer algo por prevenir esta epidemia, pero no ha habido respuestas”, dice Trabanino, quien en medio de la epidemia tiene todas las puertas cerradas. “Ni siquiera la OPS nos ha ayudado”, acota.

Los centros públicos y del Seguro Social, donde se dan dos alternativas de tratamiento, diálisis peritoneal y hemodiálisis, están a tope.

Sólo en el Hospital Rosales, 400 pacientes están diálisis; 84 de ellos se reparten las 16 máquinas de hemodiálisis. El resto sigue el tratamiento en diálisis peritoneal. Hace un mes, el centro habilitó un servicio con 22 camas más para estos procedimientos que se alargan varias horas cada una de las dos sesiones que se da por semana. Aún así, los enfermos esperan hasta cinco días para tener cupo.

“Algunas personas se van, es inhumano y lo reconocemos; hemos hecho las gestiones para paliar esto, pero entendemos que las necesidades de Salud son múltiples”, asevera Ricardo Leiva, jefe de Nefrología.

Coincide con su colega en que el país está ante una epidemia, de una magnitud poco conocida. Se estima que de los 30 pacientes nuevos al mes, unos cinco siguen en diálisis. “Presupongo que esos 25 mueren por lo grave de la enfermedad”, acota Leiva. Al año, unas 400 personas llegan a “desaparecer” sin pena ni gloria, sin hacer ruido en las estadísticas.

Por citar otro centro, el Hospital de San Miguel diagnostica, al menos, dos casos nuevos diarios. ¿Y Santa Ana con dos casos cada tres días? ¿Cuántos cientos, miles como el conocido de Miranda, quedan fuera? No hay razón para pensar que en estos centros, la realidad del Rosales se invierta. Incluso en el ISSS, donde cuentan con mejores prestaciones como la diálisis ambulatoria y donde se invierten $9 millones anuales, el programa más caro con el de Oncología, se puede garantizar una atención general.

La tercera opción, el trasplante de riñón, queda al alcance de unos pocos. El ISSS opera uno por semana, una cantidad pequeña comparado con los 60 casos nuevos cada mes.

Ahora bien, hay una proporción todavía mayor de enfermos que ni siquiera llega a un hospital y que espera la muerte en su casa. Jiquilisco ejemplifica de nuevo la tragedia que representa esa enfermedad. En el primer semestre de 2006, 88 personas habían muerto por IRC en esa zona.

De todas ellas, según Trabanino, sólo 20 llegaron al tratamiento. “El resto prefirió la muerte a la diálisis”, dice el especialista. La falta de máquinas de hemodiálisis, apenas 50 entre los tres principales centros de atención, “condena” a los enfermos a la diálisis peritoneal, un tratamiento más duro por medio del cual a través de un catéter se introduce una solución en el abdomen que limpia las impurezas del cuerpo.

Salud Pública sólo registra aquellas muertes, las de esos cinco de los que habla el Dr. Leiva, que se tratan en los hospitales. Las otras 25 y, quizás, esos 60 u 80 que al mes nunca llegan a un tratamiento no se toman en cuenta. Aún así, el país está ante un mal que mata más, entre los hombres, que el cáncer, las enfermedades cerebrovasculares y de corazón.

Veinte años conectada a un riñón artificial

María Eufemia Altamirano de Castro tiene una definición bastante particular de lo que significa ser un paciente con insuficiencia renal crónica: “Uno es como un carro que hay que llevarlo al taller periódicamente para que funcione bien”.

Gracias a esas visitas “al taller”, María Eufemia le planta cara a la enfermedad desde hace veinte años. Acudir a las hemodiálisis, dos veces por semana, con puntualidad suiza no significa una pena o sacrificio para ella; más bien se ha convertido en un estilo de vida, una disciplina impuesta para no dejar de asistir a ese “taller” llamado Hospital Médico Quirúrgico.

Como un cambio de aceite, las máquinas le ayuden a botar las toxinas que acumula y que sus riñones ya no pueden expulsar.

Conectada al aparato, una especie de riñón artificial, María agredece su vida al tratamiento. No parece extrañar las tardes de ejercicio, junto a su esposo en la pista del Estadio Flor Blanca, las cuales interrumpió un día de 1986.

“Corrí en la pista por dos años, pero un día empecé a sentir debilidad y tuve una hemorragia en la frente que me brotaba al ritmo del pulso, me llevaron de emergencia al hospital y allí empezaron a hacerme muchos exámenes”, recuerda la señora de 46 años.

Recuerda los consejos del nefrólogo Benjamín Ruiz Rodas y su puesta en práctica, como una dieta especial, le permite hablar hoy, 20 años después, sin miedo alguno de una de las enfermedades que más muertes causa en el país.

Su vida ha cambiado, pero no tanto. Trabaja como auditora particular en su casa y sigue al pie de la letra cada tratamiento médico.


Tres alternativas a la disfunción renal

Cuando el riñón no filtra las tóxinas, el enfermo entra en tratamientos sustitutorios

Insuficiencia
La Insuficiencia Renal Crónica es un proceso de deterioro del riñón que, muchas veces, lleva a un estado terminal. El órgano trabaja por debajo del 10%.

Diálisis
El paciente sobrevive gracias a tratamientos como diálisis peritoneal, hemodiálisis y el trasplante de riñón. Los tres son alternativas costosas.

Causas
La diabetes está detrás de muchos de los casos que se presentan en el mundo. En el país, además, se investiga alta incidencia en los agricultores.

Exámenes
Una simple prueba de orina puede revelar proteínas que indiquen fallas en el sistema urinario. También la presión sanguínea está anormal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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