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La cola infinita

Desesperación y ventas antes de entrar al estadio.


Publicada 8 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Cola y espera muy larga.

Carmen Molina Tamacas
El Diario de Hoy
vida
@elsalvador.com

Sombrillas a tres dólares. Capas. Bolsas plásticas. Todo para no mojarse.

Pañoletas a dos coras. Camisetas a cinco dólares. Discos y DVD -los últimos-, pósters y fotos a dólar. Todos los recuerdos habidos y por haber.

Yuquitas, papitas, chicharrones. Panes a cora. Cómo aguantar hambre.

Binoculares, también a dólar. “Con estos se ve mejor”, confesó el vendedor, al percatarse que los que le ofreció a una joven pareja no funcionaban.

La cola para ingresar al estadio, como la canción de la diva latina, fue una tortura. A las 8:00 de la noche, nadie entendía porqué el acceso preferencial abrió tarde. El río de impaciencia se extendió alrededor del estadio.

Lluvia y oscuridad. Y riesgos: los buses se avalanzaron sobre el público. Gritos y pánico en más de una oportunidad.

“¡No vamos a entrar!”. Desesperada, la mayoría optó por colarse. Despacito. Donde está oscuro. En ese hueco. Topaditos a la pared para que los policías no los pillaran.

¿Dónde esconder la cámara? Dijeron que decomisaban las pilas. ¿Sombrillas? Prohibido.
Salir de allí fue más complicado. Pero todos coreaban “my hips don’t lie”. A medianoche, todo era sonrisas y resaca.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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