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Conversando sobre política
La derecha y Ortega

El éxito de la derecha en El Salvador se llama renovación; ésta permite que afloren nuevos liderazgos, nuevas políticas públicas, nueva conciencia social empresarial, nuevos políticos

Publicada 8 de noviembre de 2006, El Diario de Hoy

Luis Mario Rodríguez R.*
El Diario de Hoy

editorial@ elsalvador.com

Días antes de la celebración de los comicios electorales en Nicaragua, la Cámara de Comercio e Industria de esa nación centroamericana, firmaba un “pacto de gobernabilidad” con el candidato presidencial Daniel Ortega; “tenemos que aceptar la voluntad del pueblo nicaragüense; vamos a continuar con el que sea electo; Nicaragua no puede detenerse”. Esas declaraciones tenían como telón de fondo el retiro de depósitos bancarios, que según la prensa internacional alcanzaban los setenta millones de dólares.

Al momento de escribir esta columna aún no se confirma quién es el Presidente Electo de Nicaragua; no obstante, de mantenerse la tendencia que fue pública desde el domingo por la noche, todo apunta a que el sandinista y ex Presidente Daniel Ortega, retomará el poder después de más de veinte años de haberlo ostentado en un país entonces en guerra.

Asimismo, es público que la división de la derecha fue el motivo principal que favoreció el voto para el FSLN; basta sumar los porcentajes que de acuerdo a los datos preliminares han obtenido los dos partidos de derecha, para comprobar que si las fisuras entre dichos institutos políticos no hubieran existido, la victoria de su candidato se habría obtenido fácilmente.

Los motivos de esa división pueden ser diversos; lo cierto es que esas diferencias les arrebató el poder. Los análisis aún empiezan, pero sin duda uno importante es la actitud que la derecha salvadoreña debe adoptar frente a la realidad nicaragüense.

En un reciente conversatorio organizado por un periódico electrónico en el que tuve la oportunidad de reflexionar sobre la derecha en El Salvador, junto al ex Presidente Calderón Sol, Alfredo Mena Lagos y César Funes, coincidimos en el valor que tanto la derecha empresarial como la derecha política le han dado a la unidad, en el marco de la celebración de los distintos eventos electorales; cabe aclarar que no se trata de unidad ideológica - aunque obviamente existe, quizás con sus matices de moderado a ortodoxo - sino unidad respecto del sistema de libertades.

No se trata de proteger el “status quo”, ese que manteniendo pétreos los cimientos del mercado, impide corregir aquellas deficiencias que sacan a flote las debilidades del sistema; se trata de una unidad que reconoce en el momento justo y oportuno cuándo hay que dar un giro de timón, en lo político, en lo económico y en lo social. La derecha política ha sabido elegir a sus líderes y renovar sus cuadros, de manera pública y sin ambages, como la sustitución total del llamado “COENA de empresarios”, hasta la elección de un líder joven y con carisma, que actualmente ocupa la Presidencia de la República.

La derecha económica, si bien a través de las gremiales empresariales o en otras ocasiones, a través de grupos específicos, ha aceptado la transformación del Estado, donde cada vez más, sin llegar al intervencionismo keynesiano, se ha debido dotar a los entes reguladores de herramientas legales para hacer valer los derechos de los consumidores y prevalecer los principios de libre competencia; sin mencionar otros aspectos, como las distintas reformas fiscales y la adopción de convenios internacionales relacionados con el respeto a los derechos de los trabajadores.

La declaración de la gremial empresarial que aglutina a comerciantes e industriales en Nicaragua y su contraste con la fuga de capitales, es un reflejo de la falta de consenso sobre un proyecto de nación entre los integrantes del espectro de la derecha en el eje de las ideologías políticas.

Quizás este ha sido precisamente el éxito del proyecto de la derecha salvadoreña: se tiene rumbo, se conocen y aceptan las políticas de Estado y se reconocen, aunque con cierta desconfianza, las transformaciones que los distintos gobiernos en los últimos diecisiete años, han debido hacer en las áreas que ya mencionamos párrafos atrás.

El éxito de la derecha en El Salvador se llama renovación; ésta permite que afloren nuevos liderazgos, nuevas políticas públicas, nueva conciencia social empresarial, nuevos políticos. Esa misma renovación ha permitido que la derecha acepte las “banderas” que tradicionalmente ha reivindicado la izquierda.

Paradójicamente puede pensarse que en la medida que la renovación siga constituyendo el eje central de la derecha económica y la derecha política, la izquierda salvadoreña tendrá también incentivos para transformarse, aceptando que las políticas públicas y sobre todo, las políticas de Estado, no tienen propietario y que los únicos que pueden exigirlas son los ciudadanos, independientemente quien las haya propuesto.

En política nadie tiene el monopolio del poder; se lo lleva, dicen los teóricos, el más creativo y el más astuto; aquel que es capaz de aglutinar el mayor número de adeptos y de obtener el favor de los distintos sectores de la sociedad en el momento justo. Si en ese marco de expectativas, las fuerzas están consolidadas, la victoria es segura y los planes de gobierno se pueden desarrollar con mayor legitimidad.

Es cierto que para aglutinar a todos los que comparten un mismo segmento ideológico hay que abrir espacios, incentivar el debate, oxigenar al partido, aceptar las críticas y si es posible, incluir a representantes de las distintas corrientes en el proyecto político; pero eso, frente a perder el sistema, no es más que un ejercicio democrático que fortalece a la derecha, o a la izquierda en su caso, haciendo que el ciudadano, gobernado como siempre, sea el único triunfador. Aprendamos la lección de Nicaragua.

*Secretario de Asuntos Jurídicos de la Presidencia.

 

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