| Alejandro
Alle*
El Diario de Hoy
editorial@ elsalvador.com
La semana pasada asistí a varias conferencias del “Con-greso
centroamericano de análisis económico del Derecho”,
organizado por la ESEN, cuyo oportuno espíritu fue enfatizar en
que la Economía y el Derecho deben empezar, de una vez por todas,
a caminar de la mano.
Claro, como Brad Pitt y Jennifer “Friends” Aniston antes de
que apareciera Angelina “Tomb Raider” Jolie (Buen cambio,
Brad).
Aunque en verdad, entre la Economía y el Derecho nunca se interpuso
nadie, pues apenas se conocen, quizá por la ignorancia (¿O
por la arrogancia?) de quienes ejercen tales ciencias, usualmente sin
entender el funcionamiento de la otra.
Es que a juzgar por lo que se observa a diario en muchos países,
hay demasiados abogados que desconocen los efectos económicos de
la legislación que aplican.
Y son legión los economistas que, enfrascados en sus “infalibles”
recetas de complejas fórmulas ¿seudoingenieriles?, subestiman
la importancia del marco legal vigente, para luego afirmar con cara de
sorpresa que “los principios económicos que funcionan en
Suiza o en Hong Kong, no aplican por estas tierras”. ¿Será
la gente? Falso. ¿O serán las normas adecuadas y los incentivos
correctos? Obvio.
Para que se produzca la mejor asignación posible de los siempre
escasos recursos disponibles, y se reduzca la pobreza (Todos hablan. ¿Vio?),
la Economía y el Derecho tienen que estar alineados (Pero no alienados.
¿Eh?).
De lo contrario, la incorrecta aplicación del Derecho seguirá
estorbando e impidiendo el desarrollo. Cualquier parecido con Latinoamérica
no es pura coincidencia.
Para ilustrar el tema es útil referirse a “la tragedia de
los comunes” y a “la tragedia de los anti comunes”,
presentadas ambas en el citado Congreso; de la tragedia de la Aniston
nadie habló, pero usted puede verla en Entertainment Television.
La “tragedia de los comunes” es una metáfora que explica
por qué la gente tiende a sobreutilizar los recursos “compartidos”,
en los cuales ni los derechos de propiedad ni los costos de utilización
están correctamente asignados, pues tales recursos “son de
todos y no son de nadie”.
El primero en publicar sobre ello, en un artículo de la revista
Science de 1968, fue el biólogo Garrett Hardin quien tomó
la expresión “tragedia de los comunes” de un libro
del sociólogo William Forster Lloyd, de 1833.
El cazador de ballenas que no paga costo alguno por hacerlo se planteará:
“¿Por qué voy a dejar de capturarlas, si de todos
modos vendrá alguien más y lo hará?”.
Otros ejemplos son la caza de animales salvajes en la selva, la contaminación
del aire, y la utilización de recursos naturales de uso “gratuito”,
cuya problemática llevó a plantear soluciones de “administración”,
pública o privada, tales como la regulación estatal, la
privatización o la concesión.
Claro que cuando cualquiera de estas soluciones se implementa mal, cosa
que ocurre con demasiada frecuencia, aparece la “tragedia de los
anti comunes”, que es la contra cara de la anterior que deriva en
la subutilización de los recursos cuyo uso se quiere regular.
Esta última “tragedia”, descrita en 1998 por Michael
Heller, de la Universidad de Columbia, Nueva York, es la metáfora
que nos dice que un recurso tenderá a ser subutilizado cuando existen
múltiples dueños, cada uno de los cuales tiene el derecho
de excluir a los demás de su efectivo uso.
En verdad, el problema no sólo consiste en la existencia de “demasiados
dueños”, sino en la proliferación de entes burocráticos,
con poder de otorgar o vetar permisos de funcionamiento, y que terminan
siendo una “efectiva” máquina de impedir.
Heller cita la enorme cantidad de locales vacíos que hay en ciertas
ciudades del mundo, cuya utilización es impedida por la burocracia,
generando ¿o degenerando? en la aparición de miles de kioscos
callejeros. Son cosas que, como usted bien sabe, se pueden ver sin necesidad
de viajar muy lejos. ¿Cierto? ¡Oops!
Ocurre que “El espíritu de las leyes”, acerca de lo
cual escribió Montesquieu, tiene una enorme influencia en el mundo
económico o material. Quizá en eso pensaba Sting al componer
“Es-píritus en el mundo material”, de The Police.
Finalmente, siendo ésta mi columna número 100, quiero expresar
mi gratitud a usted lector, por leer mis artículos y a El Diario
de Hoy, por darme semanalmente el privilegio de publicarlos. Muchas gracias.
Hasta la próxima.
(*) Ingeniero. Master en Economía (ESEADE,
Buenos Aires). Columnista de El Diario de Hoy. alejandro_alle@yahoo.com

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