elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

[En el corredor de la muerte]
Raúl Cruz León, a siete años de su condena

Han transcurrido más de 3 mil 300 días desde que Raúl Ernesto Cruz León fue detenido en Cuba, acusado de colocar bombas y provocar la muerte de una persona. La última imagen de él corresponde al juicio ocurrido en 1999, cuando fue declarado culpable y condenado a muerte. Siete años después, él ha logrado sobrellevar la soledad, leer y estudiar mucho, al punto de aprender otros idiomas. Esto se sabe, ahora, de su puño y letra


Publicada 5 de noviembre de 2006 , El Diario de Hoy

Condenado
Raúl Ernesto Cruz León
Salvadoreño, hijo de José Cruz y Esther León.
Edad 35 años.
Oficio
Era empleado de una compañía de montaje de espectáculos internacionales.
Residencia

Domicilio en el país en Residencial Guadalupe, Polígono Dos, Antiguo Cuscatlán, La Libertad.
Acusación
El 4 de septiembre de 1997, fue capturado por las autoridades cubanas, acusado de haber colocado explosivos en hoteles. Foto EDH
Óscar Iraheta/Óscar Tenorio
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com

Raúl Ernesto Cruz León, ahora de 35 años, disfruta mucho de ver televisión y de leer.

Aunque su pasatiempo favorito es dormir, ya que dispone de todo el tiempo, porque está confinado en una prisión de Cuba, condenado a muerte por las bombas que colocó –y que provocaron la muerte de un italiano– en La Habana, en septiembre de 1997.

Aunque una condena a muerte socava los pilares emocionales de cualquier ser humano, al punto de hundirse en una perenne angustia e incertidumbre, la vida de Cruz León transcurre entre la tranquilidad y la esperanza. Eso parece.

Hasta diciembre de 2004, él estaba internado en la penitenciaria de Guanajay – catalogada de máxima seguridad–, ubicada en la provincia de Pinar del Río, a 45 kilómetros al occidente de la capital cubana. En ese recinto están detenidas unas 700 personas, tanto delincuentes comunes como presos políticos adversos al sistema comunista.

Una parte de su tiempo, Cruz León se lo dedica a sus “nueve hijos” –como él les llama–: seis gatos y tres pericos, que lo acompañan en la prisión. Siempre está pendiente de alimentarlos, bañarlos, acicalarlos y de jugar con ellos, en un afán por llenar un vacío emocional en medio de la soledad.

Vida doméstica aparte, Cruz León también dedica buena parte del día a cultivar su espíritu y su mente. Lee mucho en la biblioteca de la cárcel, aunque se desconoce qué autores y qué temáticas lo entretienen y cautivan.

En El Salvador, él era un bachiller que sólo estudió seis meses en la Escuela Militar, de la que se retiró por problemas de salud. Luego, se inscribió en la Universidad Militar.
Hoy, en la cárcel, tanto es su interés por las letras y el conocimiento, que Cruz León estudia portugués y francés, aunque de manera autodidacta. Pese a que no los habla, confiesa que sí sabe leer y escribir esos idiomas.

Todo lo anterior se desprende de las cartas que Cruz León ha enviado en los últimos años a Roxana Velásquez, una amiga que vive en San Salvador, con quien se conoció a través de las fotografías y las anécdotas de terceros.

Roxana es amiga de Yanira, hermana de Cruz León. Una vez que Yanira viajó a Cuba a visitar a su hermano, le mostró una fotografía de Roxana, de quien le comentó sus virtudes.

“Es un buen amigo. A pesar de lo que pasó y de lo que está viviendo, no ha perdido el amor para todas las personas que están con él.” Foto EDH

Desde entonces, Raúl la consideró su amiga e iniciaron la relación por medio de las epístolas y las tarjetas para ocasiones especiales.

Aunque los condenados a muerte padecen toda clase de restricciones, debido a la gravedad del delito cometido y a la sanción recibida, Raúl puede enviar y recibir correspondencia a sus familiares y amigos.

Esto se lo debe, en gran medida, a la gestión que hizo, ante las autoridades cubanas la ex Procuradora para la Defensa de los Derechos Humanos, Victoria Marina de Avilés, hoy magistrada de la Corte Suprema de Justicia.

Los mensajes

En las cartas recibidas por “Tazita”, como Cruz León llama a Roxana, quien tiene 17 años, él deja entrever que es una persona transformada, creyente de Dios, a quien constantemente se encomienda, con la esperanza, implícita, de que su vida sea perdonada.

Esa última decisión, de evitar que lo paren frente al pelotón de fusilamiento, está en manos del Consejo de Estado, que es presidido por Fidel Castro, quien convalece de una operación intestinal desde hace tres meses.

Aunque Cruz León también gozaría de “una moratoria” en el cumplimiento de las ejecuciones pendientes que inició en 2000. Desde entonces, no han ejecutado a ninguno de los 49 presos que están en la lista de espera.

Cruz León fue condenado a muerte en marzo de 1999, luego de comparecer en un juicio que se realizó en una fortaleza colonial, La Cabaña, ubicada en la zona de La Habana Vieja. Mucho antes de que el Tribunal Provincial Popular resolviera, el mismo Raúl se declaró culpable.

Parado frente a los jueces que conformaban el tribunal, Cruz León relató, por medio de una carta que leyó, cómo fue reclutado en San Salvador en 1995 por el dueño de un alquiler de autos, quien le propuso colocar las bombas en sitios turísticos de La Habana.

Desde el reclusorio, Raúl Cruz León elabora las portadas de las tarjetas y redacta las cartas, que luego envía a sus familiares y amigos Foto EDH

Por cada explosivo detonado, le pagarían 15 mil colones (mil 714 dólares). Para ese entonces, debido a su afición al mundo militar y a la corta experiencia adquirida en la Escuela Militar, Cruz León trabajaba en una empresa de espectáculos como escolta de los artistas que se presentaban en El Salvador. Aceptó la oferta porque, en el fondo, tenía muchas deudas que pagar.

El dueño de la renta de autos fue identificado por el mismo Cruz León como Francisco Chávez Abarca, quien a la vez fue vinculado por las autoridades cubanas con Luis Posada Carriles, el veterano anticastrista, quien actualmente está detenido en los Estados Unidos, luego de una larga travesía entre prisiones y acusaciones de atentados contra intereses cubanos y contra el mismo Fidel Castro.

Un día antes de partir hacia Cuba, en julio de 1997, prosiguió Cruz León, Chávez le proporcionó las piezas de las bombas, que incluían los detonadores y los explosivos, del tipo C-4, y le explicó cómo activarlos. Al llegar a su objetivo, Raúl inició el reguero de explosiones. A los pocos días, regresó a El Salvador.

En septiembre de 1997, retornó a Cuba con el mismo fin, pero fue detenido dos días antes de salir de la isla, luego de provocar la explosión y la muerte del italiano Fabio di Celmo, en el hotel Capri, que funciona en la zona de El Vedado, en el actual centro de La Habana. En teoría, los ataques sólo tenían como objetivo provocar pánico y llamar la atención internacional, y no muertes, como ocurrió.

Por actos similares fue detenido en junio de 1998 en La Habana otro salvadoreño, Otto Rodríguez Llerena, quien también había sido reclutado en San Salvador por “Ignacio Medina”, que era una identidad que utilizaba Posada Carriles.

Fue enjuiciado en marzo de 1999 y fue acusado de colocar una bomba en agosto de 1997 en el hotel Meliá-Cohiba, considerado “la insignia del turismo cubano”, y de tenencia de explosivos.
Contra él fueron presentadas diferentes evidencias, como los explosivos que intentó ingresar a La Habana, ocultos en el equipaje.

Luego de varios días de deliberaciones, Rodríguez Llerena enfrentó el mismo veredicto: “culpable” y fue condenado a muerte.

La incriminación


Ante el testimonio autoincriminatorio de Cruz León durante el juicio, el fiscal lo detuvo y le preguntó: ¿es usted terrorista? –“Sí, señor, yo cargo con esa vergüenza”–, respondió el acusado, mientras su mirada se clavaba en el suelo e intentaba contener el miedo que lo afectaba.

Minutos antes, había realizado su confesión más dramática: “Asumo la responsabilidad de los hechos y mi vergüenza. Quiero hacer público mi arrepentimiento; sé que no soy un hombre inocente y me considero arrepentido por mi estado de conciencia... sólo estoy aquí ante ustedes, para abogar por lo único que me queda (la vida)...”.

Detrás de él, permanecían su madre y su hermana, Esther y Yanira, también compungidas por lo que ocurría. Ellas, quienes habían pedido clemencia a las autoridades, eran asistidas y consoladas por un sacerdote, quien les brindó hospedaje durante el tiempo que ellas permanecieron en Cuba.

Ese nueve de marzo de 1999 fue la última vez que se le vio a Cruz León, vestido con su traje de reo, color celeste, en buen estado de salud (más repuesto físicamente, en comparación de cuando fue detenido), aunque visiblemente afectado por lo que ocurría y por lo que le deparaba.

Desde entonces, han transcurrido siete años, tiempo en el que se ha hecho amigo de Elizabeth, quien desde San Salvador reflexiona acerca de su amistad y de la imagen que se ha hecho de Cruz León: “es un buen amigo. A pesar de todo lo que le pasó y lo que está viviendo, no ha perdido el amor por todas las personas que están con él”.

Si pudiera, confiesa Elizabeth, viajaría a Cuba para conocer a Raúl, tal como es en persona; y terminar de sellar la amistad que los ha unido en la distancia y en la imaginación.
Por medio de las cartas que escribe Cruz León, por la caligrafía sosegada y sin dificultades, realizada sin prisas, y por las oraciones coherentes, puede inferirse la tranquilidad en la que permanece.

En la correspondencia, él también reflexiona acerca del valor de la amistad, de aquellos a quienes él consideraba sus amigos y lo abandonaron en los peores momentos, cuando fue detenido y enjuiciado en La Habana; y de aquellos que aún se comunican con él, a pesar del tiempo transcurrido y del mar Caribe que los separa.

Aunque es obvio, Raúl no se refiere en ningún momento al régimen, a las condiciones de la prisión ni mucho menos a las posibilidades, aunque efímeras, de que sea perdonado. Prefiere referirse a la lectura, al buen sueño, a la televisión y a sus seis gatos y tres pericos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

elsalvador.com WWW